Capítulo 12: Vulnerable

1249 Words
—Ya tengo todo lo que necesito de tu rostro para hacer el boceto. Puedes irte —habló el pintor y volvió a sonar como si el minuto que se había sentido eterno, mientras acariciaba y besaba con sus manos cada porción de mi rostro, no hubiera sido más que solo un requerimiento necesario para su trabajo. —Perdona, ¿qué? —pregunté perpleja cuando Marco se apartó de mí y regresó a su cuadro de tonos escarlata y marrón. No me salían las palabras para expresar otra cosa que no fuera pura decepción ante su poco deseo de mí. El pintor ni siquiera se dignó a mirarme cuando me dio la media explicación desabrida para su modo de actuar. —Todo lo que necesitaba era sentir tus fracciones para decidir la textura de la pintura que usaré en tu retrato —dijo encogiéndose de hombros. Yo, de mala gana, bufé sin ninguna intención de esconder mis malas pulgas ante lo que consideré una broma de muy mal gusto de su parte. —No quiero imaginar entonces lo que harás si se trata de una escultura. —Supongo que ese trato no es para ti entonces —respondió él atigrando los ojos y sonriendo con algo de lascivia en su rostro. Hice una mueca hastiada y volteé los ojos en blanco ante su estúpido comentario. Por más que Marco pareciera que me hacía sentir mariposas en el estómago con cada una de sus miradas, no era menos cierto que no dejaba de ser un hombre. Afortunadamente, la llamada de Rafael entró a tiempo para liberarme de la incómoda posición en la que Marco me había dejado, al desear casi en una súplica un beso suyo. El asunto con el menor de los Piccolomini no me llevó demasiado tiempo, pero, aun así, tomó bastante del resto de mi tarde. —¿Nos vemos esta noche en el Obsidian? —me preguntó mientras se despedía de mí con un beso en la mejilla. —No estoy del todo segura —comencé a excusarme, pero cuando caí en cuenta que esa noche sería igual a las anteriores, en las que sería incapaz de pegar ojo hasta bien entrada la madrugada y no podría alejar mi cabeza y mi pensamiento de Marco, cambié de opinión—. ¿Sabes qué? Nos vemos a las 11. Mi agenda me permitió alistarme a tiempo para estar en el club a la hora acordada, pero mi objetivo esa noche fue ineficiente a desastrosos niveles. Nada más crucé el umbral del cordón escarlata que rodeaba la sección VIP del segundo piso, pude ver a Marco Novona, apoyado en la baranda de acrílico que servía como un balcón transparente para el deleite de todos los que observaban desde abajo y con un trago en mano mientras observaba como yo hacía mi entrada triunfal en el club. Respiré profundo y él me siguió con la mirada, degustando cada uno de mis saludos hacia los conocidos y desconocidos que se arremolinaban a mi alrededor y se apresuraban a halagarme por mi exitoso club nocturno. —Estamos trabajando en una lujosa expansión —aseguré cuando una de las celebridades más asiduas de mi club (y mis drogas), me preguntó en qué se concentraban mis esfuerzos recientemente. —¿Otro club? —se apresuró a especular con un vívido brillo en los ojos. —No —sonreí como si se tratara de una junta de negocios—. Una galería de arte, para exponer los nuevos talentos que están firmando con nosotros. —Eres toda una visionaria, Salvatore —sonrió la mujer bajando un trago de su Dry Martini—. Quizás sus talentos sean más efectivos como empresaria que como abogada. Aunque no puedo negar que gracias a ti me he librado de varias multas y noches en la cárcel. —Sé lo que hago, Bianca —me despedí dándole un beso en cada mejilla y seguí mi camino hacia Rafael, quien me esperaba en uno de los sofás carmín con un negroni en la mano que me extendió tan pronto llegué a él. —¿Bianca necesita otra fianza por conducir bajo el efecto de drogas? —me preguntó el chico. —No, solo estaba dando algo de publicidad a la galería —respondí y fui directo al grano—. ¿Qué hace él aquí? —pregunté mirando directamente al pintor que se disponía a aceptar la invitación de una chica a la pista de baile. —Marco me llamó esta tarde y me preguntó por cómo reservar una mesa en el VIP para esta noche. Me dijo que la necesitaba, pero que era para él solo —me explicó Rafael. —¿Él sabía que nosotros íbamos a estar aquí? —Sí —asintió el pelirrojo perdiendo mi atención por un momento—. Cuando me llamó, le dejé saber que nosotros estaríamos en el VIP está noche. Le dije que no era necesario que pagara la reserva, que mientras trabajara para la familia Piccolomini, podía gozar de todos los privilegios, pero insistió en pagar su parte. Terminé arrugando la nariz de forma involuntaria. ¿Cuál era el interés del pintor en ir a aquella disco? ¿Serían las drogas? Aunque no había visto ningún indicio en su apartamento de que Marco Novona tuviera un apetito por el GB54, cuando se trataba de los artistas una nunca podía estar muy segura de como conseguía su inspiración. De cualquier forma, él se limitó a bailar y beber a una distancia considerable de nosotros hasta que Rafael insistió que se acercara para hablar de algún tema relacionado con una facultad de la RUFA. Marco sabía que yo no quería que nadie supiera del encargo que le había hecho en privado, aun así, le dejé bien claro con una mirada cruda que debía recordar mantener el secreto hasta de Rafael, a quien consideraba mi único amigo. —¿Estás trabajando en algo en específico ahora, Novona? —inquirió Rafael y yo sentí palidecer, aunque no lo exterioricé en un solo gesto. —Sí —asintió el del cabello oscuro con una tranquilidad alarmante—. Comenzaré a trabajar en una escultura para mi proyecto final de posgrado, pero la modelo no estaba muy de acuerdo con mis métodos de moldear su cuerpo. —¿Cuáles métodos son esos? —rió Rafael y Marco continuó con su broma, destinada únicamente a sacarme de los cabales a mí. —Necesito tocar su rostro —dijo él y sus ojos verdes brillaron con cierta maldad—. Sentir la textura de la piel es un paso escencial para crear una obra de arte. —Supongo que será más incómodo para la modelo si se trata de una escultura de cuerpo completo y no un busto —piqué yo, molesta por su descaro, y Rafael estaba extasiado con mi tono inquieto—. Por supuesto que la pobre modelo debe considerar tal práctica una verdadera tortura. Imagino que DaVinci no se pasó una tarde "sintiendo" la cara de la Giocconda. Y ni hablar de Miguel Ángel y su David. —Hubiera sido un espectáculo por el que yo hubiera pagado dinero para ver —bromeó mi amigo, ya bastante subido en el alcohol. —Es mi forma —se encogió de hombros, Marcos, y luego, volviéndose a mí, continuó—. Pero no tienes que preocuparte por la incomodidad de la modelo. Ella estaba boqueado como un pecesito para que yo le diera un beso.
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