Por un momento, algo dentro de mí comenzó a hervir. No sabía si era la naturalidad con la que Marco hablaba con Rafael y la poca importancia que me daba, o el desconmesurado descaro con el que había notado que, efectivamente, esa tarde yo hubiera querido que él me besara, y lo poco que le importó aquello.
—¿Por qué no la besaste? —inquirió Rafael, curioso, y agradecí que hiciera esa pregunta, para no verme en la obligación de hacerla yo, o en la duda del porqué se había detenido—. Tiene que haber una razón.
Solo esperaba el silencio de Marco mientras me resguardaba en un trago del negroni en mi mano, pero para mi sorpresa, el pintor accedió a responder con lo que parecía algo de sinceridad.
—Las cosas no siempre son tan simples, Rafael —sonrió Marco encogiéndose de hombros y me dirigió una mirada cómplice, para luego alejarse de nosotros.
—Parece que a nuestro pintor le gustan las cosas complicadas —rió Rafa y me guiño un ojo—. Creo que todavía tienes algunas posibilidades con él.
—¿Quién dice que yo quiero estar con Marco? —pregunté a la defensiva, lo que me hizo ser más obvia aún.
Rafael rió y me apuntó al pintor al otro lado de la barra, quien era incapaz de dejar de mirar en nuestra dirección, a pesar de que obviamente, se obligaba a hacerlo.
A medida que la noche se fue convirtiendo en madrugada, el desenfreno de mis miembros del club se iba haciendo más notorio. Todos bailaban como una masa de cuerpos sudados y deseosos de crear una conexión real con sus iguales más cercanos.
Rafael ya se había rendido y había dejado la fiesta con una queja en el rostro. "Estoy muy viejo para esto" me dijo cuando se despidió de mí, en el momento en el que el DJ había decidido que era tiempo para avivar la pista de baile con música techno.
Siendo solo yo y Marco, sin ojos más allá que estuvieran pendientes de cada uno de mis movimientos, me dirigí a dónde él estaba, apoyado en la baranda de acrílico con la mirada perdida en la multitud de abajo. Me quedé a su lado en silencio, hasta que él fue el primero en hablar.
—Parece que todos se están divirtiendo. Que están pasando un buen rato —dijo, y al volver la mirada a mí, algo volvió a ser crudo— ¿Cuántos crees que están drogados?
La moral de Marco Novona no era tan volátil cómo sus deseos.
—¿Qué tanto te importa si consumen o no? Son lo bastante mayores como para decidir lo que quieren hacer con su vida.
—Pero eso no quiere decir que tengas que ir tú a ofrecerles una falsa felicidad momentánea.
—¿Acaso fuiste adicto en algún momento de tu vida, Marco? —pregunté, impulsada por mi deseo de no quedarme callada, aunque luego me arrepentí de haberlo hecho.
—En un momento, sí —se sinceró él—. Estaba sumido en un vacío del que no podía salir. Acababa de perderlo todo, y estaba en una edad bastante impresionable. Tenía solo 16 años.
Quise decirle que no era necesario que me contara nada de su vida, pero no me salieron las palabras.
—Así que sí. Detesto las drogas. Me convienten en una persona que no soy y a la que temo.
En parte, me sentía un tanto identificada con sus palabras. Yo tomaba el GB54 para olvidarme de todo lo que perdí y todo lo que había hecho. Había comprendido a corta edad que olvidar siempre era mejor. Era la oportunidad de un nuevo inicio.
—Yo le doy una opción a las personas —dije—. Una que me gustaría que no tomaran. Pero soy quien soy y eso nunca va a cambiar.
—Tú no sabes quién eres —se apresuró a decir Marco tomándome por el brazo con fuerza y al ver mi sorpresa, me dejó ir—. Lo siento —se disculpó—. Mejor me voy a casa.
—Pareces ebrio —dije al ver la súbita reacción del chico—. Te llevaré a casa.
—No es necesario...
—No es una sugerencia, Marco —hablé con mi tono más autoritario y él volvió a relajar el rostro. Parecía que verme así era como único él estaba más seguro de que yo estaba a la defensiva—. No vas a conducir así.
—Aún me necesitas, ¿no es cierto? —sonrió él con un rastro de amargura en las comisuras de los labios.
Tal y como yo lo creía, él estaba ebrio. De ninguna otra forma me hubiera permitido verlo mostrarse tan vulnerable ante mí.
El chófer de mi auto esperaba afuera del club. El chico acababa de terminar de fumar un cigarrillo cuando me vio salir en compañía del pintor, quien iba caminando detrás de mí con cierto aire ausente.
—¿A su loft, señorita Salvatore? —me preguntó mirando a Marco.
—No —negué buscando un cigarrillo en mi bolso para fumarlo mientras el chófer buscaba el auto—. Pasaremos primero a dejar al pintor en su apartamento.
Marco observó con sobrada atención como yo encendía el cigarrillo e inhalaba dos incómodas bocanadas de nicotina. Fumar siempre me había parecido horrible, pero en aquel momento estaba nerviosa y por más que mi cuerpo me pidiera suprimir mis miedos, me era imposible. Además, luego de la incómoda plática con el chico, no me apetecía volver a tomar una pastilla de GB54 en su presencia.
De camino a su apartamento, Marco se alejó de mí en el asiento trasero y se dedicó a observar el movido paisaje de la madrugada romana, mientras yo intentaba a duras penas no mirarlo a él. A pesar de mis intentos, cuando supe que estábamos cerca de llegar a su edificio, me atreví a preguntarle lo que había deseado desde que Rafael había dejado volar aquella incómoda pregunta en el club.
—En verdad, ¿por qué no me besaste esta tarde?
Marco volvió su mirada hacia mí con lentitud. Posó sus ojos verdes en mis labios y se quedó ahí colgado durante unos cortos instantes.
—Si sabías que yo quería que lo hicieras —presioné—. ¿Por qué no me besaste?
—Porque es peligroso.
Lo comprendía. Yo no era la típica mujer que inspiraba vulnerabilidad y mi presencia era un reto para cualquiera. Luego de lo que él me había visto hacer durante la reunión familiar de los Piccolomini, solo un hombre sin ninguna moral o sentido común se hubiera lanzado directo a mí. Él sabía que caminaba a mi alrededor en puntillas de pie, como si estuviera cruzando un camino de cristales rotos.
—No es por las razones que crees —agregó luego de un prolongado silencio—. Tú me tienes a tu lado para que yo cumpla con un propósito. Quizás yo tenga otro completamente diferente para ti.
Sus palabras me dejaron con un sabor desconocido en la boca.
—¿Acaso tienes miedo de enamorarte de mí? —pregunté ladeando la cabeza, pero incapaz de separar mis ojos de los suyos.
—Tengo miedo de que tú te llegues a enamorar de mí —dijo Marco acercándose peligrosamente a mi boca—. Si lo haces, me olvidarás.
Incluso, a tan corta distancia de mí, aquel chico aún se cohibía de tomar lo que realmente quería.
—Entre nosotros no tiene por qué haber amor —le asegure, sabiendo que quizás me iba a ser imposible cumplir aquella promesa—. Y nunca te voy a olvidar, Marco.