Capítulo 14: Todo lo que Quieras

1281 Words
El chofer fue lo suficientemente prudente como para dejarnos a solo unos pasos del edificio de Marco. El pintor no estaba tan ebrio como yo supuse, pero aun así había algo dentro de mí que me urgía a no dejarlo ir esa noche. No era que Marco quisiera marcharse de mi lado tampoco. Él tenía mi mano entre las suyas y no la había soltado desde que se entrelazaron nuestros dedos en el asiento trasero del auto que nos llevó a su casa. Nada más que un simple roce de sus palmas fue todo lo necesario para que yo me deshiciera en un temblor que amenazó por extenderse por todo mi cuerpo. Nos adentramos en su apartamento a media luz. La lámpara de luz caliente junto al sofá era la única que quedaba encendida y bajo ella, un boceto a grafito a medio hacer de las fracciones de mi rostro esperaba junto a un cenicero con un cigarro apagado. Si la luz hubiera llegado a su cara, hubiera podido ver a la perfección como las mejillas de Marco se enrojecían por la vergüenza. —Estaba trabajando antes de salir —se apresuró a excusarse mientras se adelantó a voltear el cuaderno de los bocetos contra el asiento del sofá. Yo sonreí al ver su reacción y me alivió saber que no era la única con un creciente nerviosismo en aquella ecuación de dos. —Por supuesto —agregué pasando las puntas de mis dedos por los bordes de los lienzos inacabados que esperaban cerca de la puerta—. Nunca dudé de tu profesional. Marco se irguió otra vez y caminó hacia mí con un aire altanero, y, aun así, vulnerable. Había algo en sus ojos verdes que me gritaba que él había esperado mucho más tiempo que yo a que estuviéramos finalmente solos en una habitación, y sin peligro de que uno de los dos arremetiera contra el otro en un repentino ataque de verdades innecesarias. —¿Dudaste de otras cosas? —presionó él ladeando su cabeza y cruzándose de brazos. —De muchas cosas —asentí—. Como por ejemplo de qué tan borracho pretendiste estar para que yo acabara en tu apartamento. Marco dejó escapar una armoniosa carcajada y atigró los ojos regalándome una mirada ladina. —Yo no hice ningún movimiento engañoso —asintió—. Tú fuiste la que supuso que no puedo tolerar el alcohol. —Hay demasiadas cosas que no sé de ti —dije imitando su postura y cruzándome de brazos. —Como por ejemplo... —presionó él caminando a mi alrededor y haciendo que cada centímetro de mi cuerpo se tensara en un delicioso escalofrío. Marco ni siquiera tenía que tocarme para que un centenar de mariposas revolotearan en mi estómago. —¿Cómo es posible que una consigliere no sepa todo acerca de la vida de las pobres almas que trabajan para ella? —continuaba jugando Marco—. Ahora estoy tentado a pensar que Alicia Salvatore es pésima en su trabajo. Yo solo podía reír mientras él se paseaba a mi alrededor; cada vez más cerca de mí. —Prefiero descubrir cosas en el camino a tener todo planificado a punta de lápiz. —Ambos sabemos que eso no es verdad —me encaró el pintor tan cerca de mí que podía sentir el olor suave de su colonia impregnada en su piel. Me había atrapado en una mentira blanca, aunque aquello solo confirmaba lo mucho que él se había dedicado a estudiarme. Quizás había algo más en Marco que solo un deseo s****l o una conexión medianamente real. Quizás aquel pintor sí llevaba tiempo observándome realmente, y en ese caso, tenía que ser yo la que tomara la delantera y estuviera un paso delante de sus intenciones. —Si tanto sabes de mí, haz lo que quiero que hagas —le reté y él aceptó el juego con gusto. —¿Qué quieres?— preguntó el pintor acercándose a mi cuello y moldeándolo con una de sus manos. —Quiero que admitas tus deseos —respondí dejándome llevar por su roce, su olor y por el beso que acababa de posar en mi hombro—. O que admitas lo que realmente eres. —Soy un idiota, Alicia —me dijo subiendo sus labios por mi cuello y entrelazando sus manos en mi cabello. —Lo eres —asentí dejándome llevar por su envolvente roce. —Quizás —me dijo en un susurro en mi oído y atrapándome en un abrazo—, pero un idiota que te quiere solo para él —continuó llevando sus manos a mi cintura y me lancé a devorar aquellos labios suyos que me volvían loca. Él correspondió a mi beso de manera salvaje. Besaba como un dios y con una destreza que mi lengua desconocía. Aun así, en cada roce, sentía un millar de sensaciones que desconocía y un temblor que me estremecía hasta la médula. —Si alguien más vuelve tocarte, lo mataré con mis propias manos —me habló separándose de mí un minuto inundado por un deseo que no podía reprimir por más tiempo. —¿Cuánto tiempo llevas observándome, Marco? —presioné, pero sus manos revoloteando en mi cuerpo me hacían imposible no desvanecerme en jadeos. —Lo suficiente como para saber que ninguno de los tipos con lo que te has acostado van a saber complacerte como yo. —¿Eres algún tipo de stalker, Marco? —Por favor —me dijo atrapándome entre sus brazos y presionando mi cuerpo contra el suyo hasta que pudiera sentir lo ardiente de su piel al tacto—. Tú sabías que alguien te estaba observando mientras te acostabas con aquel tipo en el VIP. Con solo un leve movimiento de su pulgar, el pintor me urgió a entregarle la totalidad de mi cuello para que lo degustara con su lengua y yo no hice más que obedecer a su orden silenciosa. Yo sabía que tenía ojos sobre mí cada vez que me entregaba a alguno de los chicos que llamaban mi atención en el Obsidian, pero saber que aquel pintor ya me había visto complacer a un hombre solo me hizo hervir más entre sus manos. Marco me apoyó contra la pared mientras mis manos recorrían todo su cuerpo. Su piel era tersa y exquisita al tacto. Él hacía lo mismo conmigo y sus manos se aferraban a mi cabello cada vez que mi boca bajaba a su cuello. Sus manos se centraron en mi cintura y las mías bajaron hasta su tonificado torso. Le quité la camisa de golpe y la tiré al suelo con una descomunal hambre de su piel. El cuerpo de Marco era tan perfecto como su rostro. Su piel, blanca y perlada por el sudor y la excitación, olía a bosque mojado por el rocío de la mañana. Los tatuajes de sus brazos se encontraban con los intrincados diseños de los de su espalda y en el pecho, una pequeña cicatriz sobre su corazón me hizo caer en lo musculoso que era aquel chico como para tratarse solo de un artista. Sus pectorales, fuertes y palpitando por su agitada respiración, topaban con unos abdominales tonificados y perfectos. Su espalda, lo suficientemente ancha como para que mis dedos no se aburrieran de ella hasta develar cada línea y secreto de sus tatuajes y sus brazos, con la fuerza suficiente como para suspenderme en el aire y doblegarme a cada uno de sus movimientos. —¿Quién eres, Marco? —inquirí rompiendo un beso y haciendo que él gruñera ante la interrumpción. —Yo seré lo que tú quieres que yo sea para ti.
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