Un viernes me desperté para ir a inscribirme a la facultad, documentación que hubiese sido más rápida si solo me inscribía mi viejo. Pero como no podía ser así, porque los directivos de la facultad consideraban que para inscribirse en la universidad uno tenía que ser lo suficientemente adulto para poder ir e inscribirse solo como reflejo de esmero, dedicación y madurez. Madurez que consistía en rellenar unas hojas con todos tus datos personales (datos que mi viejo pudo haber llenado, y que yo seguía sin entender porque tuve que levantarme a las 8:00 am para eso) y sin embargo, lo entendí. Accedí a ir. Papá pensó que sería mucho mejor si tomábamos un bondi que nos dejara a unas cuadras de mi facultad. Y yo accedí, porque en parte no tenía ganas de caminar con horas de sueño encima, y porqu

