Capítulo P.O.V. 1.3 Irina

925 Words
La muerte llegó con el sigilo de un susurro, deslizándose sobre mí como un velo de seda. El dolor que sentí por el impacto duró solo unos segundos mientras mi vida desfilaba ante mis ojos y, sin embargo, la paz no lograba envolverme. Tenía miedo y mucha angustia. Un recuerdo en específico vino a mí y se aferró pesadamente en lo que quedaba de mi alma. *** Era mi primer día en la preparatoria. Crucé el umbral del aula con nerviosismo, sintiendo las miradas fugaces de los demás estudiantes. Afuera, la lluvia repiqueteaba contra las ventanas polvorientas, tiñendo la luz con un matiz grisáceo y pesado. Busqué con la mirada un lugar donde sentarme y fue entonces cuando lo vi. Alec, en el verano había sido compañero de Victoria en un campamento para atletas de alto rendimiento, su sonrisa parecía amistosa, me hizo señas para que me sentara a su lado en la primera fila. Me acerqué y tomé asiento junto a él, sintiendo un alivio momentáneo al encontrar una cara amable entre extraños. Pero entonces, sin poder evitarlo, mi mirada se desvió hacia el rincón más alejado del aula. Ahí estaba él. Un joven de presencia inquietante, apartado de todos, como si el resto de la clase no existiera para él. Su postura era impecable, con la espalda recta y los dedos cruzados sobre el escritorio, como si cada movimiento estuviera cuidadosamente calculado. Su cabello n***o, liso y perfecto, parecía desafiar cualquier desorden. Su piel era pálida, impecable, sin el menor rastro de imperfección. Pero fueron sus ojos los que hicieron que el aire se estancara en mi pecho. Oscuros. Infinitos. —Mejor no le prestes mucha atención —susurró Alec, sacándome de mi trance—. Es mi hermano adoptivo, Dimitri. Es… raro. No voltee de nuevo. Algo en su presencia me inquietaba. Me atraía y me repelía a la vez. Como un imán de polos opuestos luchando por mantenerse en equilibrio. No entendía qué era, pero sentía que, si lo miraba demasiado tiempo, algo dentro de mí terminaría de fragmentar mí alma. *** De repente, volví en mí. El recuerdo se desvaneció como niebla disipándose con el sol y me pregunte. ¿Por qué, en el momento final de mi vida, ese recuerdo había regresado con tal intensidad? Abrí los ojos y el mundo que me rodeaba era distinto. Ya no había oscuridad ni vacío. Estaba en una habitación. Pude ver las paredes, la tenue luz de una lámpara encendida en la mesita de noche, la opulencia de los muebles que decoraban el espacio. Quise moverme, pero algo me detuvo. Fue entonces cuando noté lo imposible: no tenía un cuerpo físico. Y, sin embargo, ahí estaba, consciente, y viendo. No entendía qué estaba pasando hasta que mi mirada se desvió a la cama. Sobre las finas sábanas descansaba mi cuerpo inerte. El aire pareció detenerse a mi alrededor. No respiraba, no tenía latidos, pero podía observar el entorno. Una inquietante sensación de irrealidad me envolvió. Frente a mi estaba mi cadáver. El miedo creció, como una sombra que se expandía sin control. Cuando grite confirme que ningún sonido salía realmente de mi boca y que no podía huir de aquel lugar. Solo podía observar, atrapada entre la vida y algo más… algo que aún no comprendía. Observe entonces con más detalle mi cadáver. Mi piel estaba más pálida que nunca, parecía de mármol, con un tono casi azulado por el frío de la habitación. De pronto la puerta se abrió y la figura que al principio no pude reconocer bien pronto cobro forma y sin lugar a duda supe que era Dimitri, el hermano adoptivo de Alec. Sus ojos eran completamente negros y su cuerpo estaba marcada por símbolos que parecían moverse por sí solos mientras dos alas negras sobresalían de forma majestuosa sobre su espalda, por alguna razón, sin embargo, no tuve miedo. Después de todo ya estaba muerta y no creía que el fuera capaz de ver mi espíritu. Levanto mi cadáver, abrazándolo con devoción y envolviéndonos a ambos con sus alas. Sus dedos trazaban líneas invisibles en mi mejilla y bajaban por mi cuello con una ternura macabra, como si intentara memorizar cada contorno de mi carne sin vida. Su aliento rápidamente se convirtió en un susurro gélido mientras murmuraba palabras inteligibles contra mi piel inerte. Para él, era obvio que mi cuerpo era sagrado, porque sostenía mi carne inerte con gran fervor y conforme paso el tiempo sus susurros continuaron, su toque no se detuvo, como si intentara revivir lo que ya estaba perdido. Como si mi carne sin vida fuera la única realidad que le importaba. El pánico se transformó en desesperación. ¿Qué era este lugar? ¿Quién era realmente Dimitri? Y lo más importante… ¿qué había sido de mí? Pronto descubrí que esas preguntas no tenían relevancia porque por desde la ventana veía como pasaban los días, las semanas y los cambios de estaciones sin que mi espíritu pudiera avanzar o comunicarse con Dimitri. Lo único que hacía tolerable aquel letargo y mi existencia era su presencia constante por las noches donde solía leerme y acariciarme el cabello con delicadeza antes de dormirse abrazándome. Algunas noches entre sueños sus labios se atrevían a rozar los míos de forma posesiva y era cuando no podía quitarme del pensamiento como desearía ser capaz de sentir sus brazos estrechándome, sus alas envolviéndonos y sus labios consumiendo mi cuerpo. Deseaba en silencio que pudiera verme, pero había comprendido que aquello era imposible. Hasta que abruptamente la rutina cambio.
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