7. ¿Habría hecho las cosas de otra manera?
Michelle
Antes de terminar de contar mi relato, el sonido de mi teléfono interrumpe la conversación.
Miro la pantalla y una leve sonrisa se dibuja en mi rostro al reconocer el nombre que aparece.
—Debo contestar, discúlpame, Bianca.
Ella asiente con comprensión mientras me levanto para escuchar mejor.
—¿Hola? —saludo, llevando el teléfono al oído.
Del otro lado de la línea, una voz entusiasta me responde.
—¡Hola, Michez! Habla Dylan. Solo quería avisarte que conseguí vuelos… bueno, mejor dicho, mi asistente consiguió vuelos para regresar esta noche, así que puedo esperarte mañana en la oficina. ¿Te parece bien?
Siento una mezcla de emociones al escuchar sus palabras. Por un lado, la posibilidad de tener trabajo al día siguiente me llena de alivio, pero, por otro, un nudo se forma en mi pecho al recordar que al igual que Dylan también regresan Ryan y Candace.
—Sí, claro, me parece perfecto. Solo dime la hora y ahí estaré.
—A las nueve —responde con evidente entusiasmo, incluso más que el mío—. Nos vemos mañana.
—Nos vemos.
Cuelgo la llamada, pero la chispa que iluminaba este momento se ha desvanecido. Regreso a la mesa con una sensación extraña, la necesidad de marcharme se apodera de mí.
—Bianca, era el hombre que me va a dar trabajo. Debo irme. ¿Te molesta?
—Claro que no —responde con una sonrisa comprensiva mientras recoge sus cosas—, pero me dejas con la intriga de saber todos los detalles. Espero que tengamos otra oportunidad para charlar.
Tras pagar la cuenta, nos dirigimos a la salida. Nos despedimos con un abrazo y luego me encamino a mi auto. Apenas cierro la puerta, dejo escapar un suspiro pesado y apoyo la cabeza en el volante.
Ha llegado el momento.
Las preguntas que tanto me han atormentado vuelven a llenar mi mente. ¿Qué dirán cuando vean que me fui? ¿Se preguntarán el por qué de mi ausencia? ¿O, por el contrario, estarán felices de que me haya ido?
Sea cual sea la respuesta, lo hecho, hecho está. No hay marcha atrás.
Cada día me convenzo más de que tomé la mejor decisión.
Enciendo el motor y me dirijo a casa de mis padres. En dos días espero estar completamente mudada, así que aprovecharé cada instante con ellos antes de emprender este nuevo camino.
*****
Aquella noche, mis padres prepararon una cena especial, como si quisieran devolverme, al menos por unas horas, la calidez de los días pasados. Antes de sentarnos a la mesa, me preguntaron si deseaba salir un rato, dar un paseo o ir a algún sitio, pero la verdad es que no tenía ánimos. Aún no. Tal vez en unos días, o quizás semanas, logre recuperar a la Michelle de antes, pero por ahora, mi corazón pesa demasiado.
Así que nos quedamos en casa y cenamos como en los viejos tiempos, como cuando aún vivía con ellos y la vida parecía más sencilla. Papá hablaba de su trabajo con esa mezcla de entusiasmo y cansancio que siempre lo ha caracterizado, mientras mamá se quejaba del precio de todo, como si el mundo hubiera decidido encarecerse solo para fastidiarla.
Y aunque mi mente sigue atrapada en la tormenta, me doy cuenta de que hay algo reconfortante en esa rutina. En la familiaridad de sus voces, en la calidez de la comida servida con amor. Por un instante, casi puedo olvidar mi tristeza. Casi.
*****
Esa noche, no puedo dormir. El solo hecho de pensar que muy pronto tendría que enfrentarme a Ryan hace que un nudo se forme en mi estómago. Me giro de lado y, casi sin darme cuenta, acaricio el espacio vacío a mi lado en la cama, como si él aún estuviera ahí. Diez años durmiendo junto a alguien dejan huella, y esa sensación de vacío no desaparecerá de la noche a la mañana. Pero sé que con paciencia, todo se puede superar.
Tomo el teléfono para ver la hora: ya ha pasado la medianoche. No hay ningún mensaje de regreso de Candace. Me pregunto si siempre será así, si seguirá negándose a verme, a responderme, a siquiera reconocerme. Tal vez sí. Tal vez para ella yo soy una sombra del pasado que prefiere ignorar.
O quizás simplemente estén aprovechando sus últimos momentos juntos como “familia”. Ja. Qué buen chiste.
Cierro los ojos, aunque mi mente se resiste a la calma. Sin querer, los recuerdos me arrastran al día en que supe que estaba embarazada. Tenía solo diecinueve años, acababa de empezar la universidad y, de pronto, mi mundo cambió por completo. La noticia me tomó por sorpresa, pero la emoción de saber que en mi vientre crecía un hijo mío y de Ryan compensó cualquier miedo, cualquier duda.
No supe en qué momento el sueño me venció, ni cómo mi mente decidió revivir ese instante en mis sueños. La pregunta se filtra entre la bruma del descanso:
¿Habría hecho las cosas de otra manera?
Flashback
—¿Alguna vez dejarás de mirarme así?
Los ojos de Abdiel escudriñan mi rostro con una mezcla de frustración y decepción. Sé que esperaba con ansias mi recuperación, contando los días para volver a las prácticas de patinaje.
—¿Lo sabe tu familia? ¿Lo sabe siquiera ese idiota que no te cuidó?
Las palabras de Abdiel caen como un golpe seco. Tiene razón. Fue una completa inconsciencia de mi parte no insistir en que Ryan usara protección, y peor aún, que a él ni siquiera pareciera importarle. Tal pareciera que buscara precisamente esto, dejarme con las consecuencias.
—No, nadie lo sabe. Solo tú —respondo con voz apagada—. Y te pido que guardes el secreto.
Él niega con la cabeza, cruzándose de brazos.
—Me siento frustrado. Hemos patinado juntos durante años y ahora me dejas a la deriva. Encontrar a otra patinadora que pueda complementarme será casi imposible. Sé que nuestra oportunidad en esta competencia está perdida, pero… para los Juegos de Invierno hubiéramos tenido una verdadera posibilidad.
Lo miro en silencio, sintiendo cómo la culpa me oprime el pecho. Tal vez tenga razón. Tal vez todo esto sea mi culpa.
Recuerdo el accidente como un borrón en mi memoria. Todo ocurrió tan rápido. Un segundo estaba patinando con confianza, el siguiente estaba en el suelo, el dolor abrasador impidiéndome moverme. El equipo médico me atendió de inmediato, pero la lesión en mi espalda fue lo suficientemente delicada como para mantenerme fuera de las pistas por un largo tiempo.
Blake tomó mi lugar en la competencia y, antes de marcharse, rompió con Ryan de manera definitiva. En los últimos meses habían terminado y regresado un par de veces, pero esta vez parecía que era en serio.
No volví a ver a Ryan hasta esa noche, cuando nos invitaron a un pequeño bar. Fue casualidad encontrarlo allí. Entre tragos y besos, terminamos juntos en una habitación de hotel.
Debo admitir que fue un momento hermoso. Él fue dulce, delicado… y eso terminó por doblegarme.
Pero ahora estaba aquí, con la realidad golpeándome de frente. Estaba embarazada. Y no tenía idea de si mi hijo tendría un padre.
—¿Saber qué? —pregunta Ryan, con el ceño fruncido.
Desde aquella noche, habíamos comenzado una relación. No era como lo que tuvo con Blake. Me trataba bien, con dulzura, aunque en el fondo yo sabía que no era amor. Aun así, me aferraba a la idea de que, con el tiempo, los hombres terminaban enamorándose de las mujeres que los amaban.
Abdiel rueda los ojos y nos hace una seña.
—Los dejo solos.
Se retira, y me quedo bajo el escrutinio de Ryan.
—¿Y bien?
Siento su presión, su impaciencia, así que sin más rodeos, suelto la verdad.
—Estoy embarazada. Quiero tenerlo.
Lo veo palidecer ante mis palabras.
Y, en ese instante, todo se vuelve un abismo incierto.
Ryan no dice nada. Sus labios se entreabren, pero ninguna palabra sale de su boca. Solo me mira, su rostro pálido como si hubiera visto un fantasma.
Los segundos se hacen eternos. El aire en la habitación se vuelve espeso.
—¿Vas a decir algo? —Mi voz apenas es un susurro, pero lleva consigo una súplica silenciosa.
Ryan parpadea varias veces, como si estuviera tratando de procesarlo todo. Pasa una mano por su cabello y suelta un suspiro tembloroso.
—¿Estás segura?
Mi mandíbula se tensa.
—No es algo que pueda tomarse a la ligera. Sí, estoy segura.
Ryan se cubre la cara con las manos y permanece así por un momento, como si quisiera esconderse del mundo, como si esperara despertar de una pesadilla.
—Esto… esto cambia todo. —Su voz suena rasposa.
—Lo sé.
Levanta la mirada y por primera vez noto el miedo en sus ojos. No la confusión, no la sorpresa. Miedo.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta, con un tono que no logro descifrar del todo.
—Voy a tenerlo —repito con firmeza, más para convencerme a mí misma que a él.
Ryan se pone de pie, nervioso, caminando de un lado a otro. Luego se detiene frente a mí.
—No sé si estoy listo para esto.
Su confesión me golpea con la fuerza de una avalancha.
—Yo tampoco lo estoy —respondo, sintiendo la amenaza de las lágrimas—. Pero aquí estamos.
Él desvía la mirada, apretando los puños.
—¡Mierda, esto no debía pasar!
Su reacción duele más de lo que quiero admitir. No esperaba que saltara de alegría, pero tampoco que actuara como si esto fuera un desastre.
—No, no debía —admito con frialdad—. Pero pasó.
Ryan me observa, como si estuviera buscando algo en mi rostro, una señal, una alternativa, algo que le dé una salida fácil.
—¿Quieres que me haga cargo? —Su pregunta es torpe, casi como si esperara que yo le diera permiso para irse.
Siento que mi pecho se comprime.
—No necesito que hagas nada que no quieras hacer.
El silencio que sigue es insoportable.
Entonces, sin previo aviso, Ryan toma su chaqueta y camina hacia la puerta.
—Necesito tiempo para pensar —dice antes de salir, sin siquiera mirarme.
La puerta se cierra. Y con ella, siento que algo dentro de mí también se rompe.
Me quedo sentada, en la misma posición, con las manos sobre mi vientre aún plano.
Sola.
Porque en el fondo, supe desde el principio que esto era una posibilidad.
Pero nunca imaginé cuánto dolería.
*****
Sin embargo, al día siguiente, a primera hora, Ryan estaba en la puerta de mi casa.
Mi madre sube a mi cuarto y me despierta con una expresión seria, pero no dice más que lo necesario.
—Te buscan.
Aún adormilada, me levanto y bajo las escaleras sin prisa. Pero en cuanto lo veo sentado en la sala, con las manos juntas entre las piernas y la mirada clavada en el suelo, supe que había tomado una decisión.
Mi corazón latió con fuerza, sin saber qué esperar.
—¿Ryan? —Mi voz sale más insegura de lo que pretendía—. ¿Qué haces aquí tan temprano?
Se pone de pie de inmediato, con la espalda recta y el rostro serio. Sus ojos me escudriñaron con intensidad, como si estuviera asegurándose de algo antes de hablar.
—Quiero hablar con tus padres —dice sin rodeos—. Si estás segura de tener a nuestro bebé, entonces debo hacerme responsable.
Nuestro bebé
No se imaginaba lo hermosas que sonaban esas dos palabras en sus labios.
Por un momento, todo lo demás se desvanece: el miedo, la incertidumbre, la soledad de la noche anterior. Solo queda esa pequeña certeza, ese leve destello de esperanza en medio del caos.
Asiento sin decir una palabra y me giro para ir en busca de mis padres.
Cuando regreso con ellos, noto cómo mi madre frunce el ceño con cautela, mientras mi padre se mantiene inexpresivo, pero con la mirada firme. Sabía que, en cuanto vieron la seriedad en el rostro de Ryan, algo dentro de ellos se puso en alerta.
Mi padre fue el primero en hablar, con su tono grave y medido.
—Buenos días, Ryan. ¿Qué es tan urgente que necesitas hablar con nosotros?
El silencio que sigue fue denso, casi sofocante. Puedo sentir cómo el aire en la habitación se volvía pesado mientras Ryan tragaba saliva y se aclaraba la garganta. Yo, de pie a su lado, con las manos entrelazadas, sentía el pulso acelerado en mis venas. Era como si el destino estuviera escribiéndose en ese instante, justo frente a nosotros.
Ryan levantó la mirada y, con una determinación que no había visto antes en él, comienza a hablar.
—En primer lugar, quiero pedirles una disculpa —dice con una voz firme pero teñida de arrepentimiento—. Sé que esto no es lo que ustedes esperaban, que las cosas no debieron ser así. La culpa es totalmente mía.
Mis padres no dicen nada, pero el ceño fruncido de mi padre y la expresión contenida de mi madre dejaron claro que sus palabras no los tranquilizaban.
Ryan respira hondo y continua:
—Michelle está esperando un hijo mío. Y está decidida a tenerlo.
Mi madre ahoga un pequeño sollozo con su mano, mientras mi padre se pone pálido, como si su mundo se hubiera detenido por un segundo.
—Por eso estoy aquí —agrega Ryan—. Quiero hacer las cosas bien. Vengo a pedir su permiso para casarme con ella.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
El silencio que sigue fue aún más espeso que el anterior. Mi corazón martilleaba en mi pecho mientras observaba las expresiones de mis padres, buscando alguna señal de su reacción.
Mi madre baja la mirada, sus manos tiemblan ligeramente sobre su regazo. Mi padre, en cambio, se mantiene rígido, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en Ryan.
Cuando finalmente habla, su voz suena más dura de lo que esperaba.
—¿Y cómo planeas hacerte responsable? —pregunta, con un tono que no dejaba espacio para respuestas vagas.
Ryan no titubea.
—Con todo lo que tengo. Trabajaré, cuidaré de Michelle y del bebé, haré lo necesario para que no les falte nada.
Por primera vez en mucho tiempo, veo algo diferente en él. No era el hombre despreocupado que había conocido, ni el que se asustó cuando le dije que estaba embarazada. No. Este Ryan hablaba con determinación, con la firmeza de alguien que había tomado una decisión.
Mis padres intercambiaron una mirada. En ese gesto, supe que estaban diciéndose más de lo que yo podía escuchar.
Finalmente, mi madre fue la que rompe el silencio.
—Si esta es la vida que eliges, Michelle… —dice con la voz entrecortada—. Si de verdad lo amas y crees que es lo mejor para ti y para tu hijo… entonces te apoyaremos.
Siento un nudo en la garganta.
—Pero hay condiciones —interviene mi padre, con su tono firme y protector—. No queremos que dejes tus estudios. Y queremos que estén seguros de que esto no es una decisión tomada a la ligera.
Ryan asiente sin dudar.
—Lo entiendo. Y estoy dispuesto a cumplir con lo que sea necesario.
Mis padres nos miran por un largo momento antes de asentir lentamente.
Y así, con esas pocas palabras, mi destino quedó sellado.
Me convertiría en una mujer casada.
Mi hijo tendría un padre y una familia.
Todo cambiaría a partir de ahora.
Y no había marcha atrás.