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2355 Words
MICAELA Estamos en la cafetería que queda más cerca de la playa Crescent Bay Beach. Pues queremos ir a refrescarnos esta tarde, es un sábado por la mañana, pensamos ir todo el día allí, disfrutar de la playa y tener un día de chicas. Estoy con Samantha, ella está visiblemente callada, más de lo normal, cuando ella está en silencio hay que preocuparse porque es difícil saber en qué está pensando. Pedimos dos cafés para desayunar y un par de donas, ella come en silencio y quiero respetar eso. Ha estado así desde que la semana pasada, Thomas subió dos fotos nuestras de nuestro paseo por la playa. Y no sé si le incomoda la situación, o soy yo, o simplemente es ella, y la verdad ya me está preocupando más de lo que me gustaría. Terminamos nuestro desayuno, pago la cuenta, porque la he invitado yo, sí. Le dije que saliéramos juntas y que todo correría por mi cuenta. Ella al principio no aceptó, pero tampoco es que se negó rotundamente, entonces solo tuve que pulir un par de detalles para que ella estuviera de acuerdo. Empezamos a caminar hacia la playa, Crescent Bay Beach está rodeada de acantilados y hermosas formaciones rocosas, una arena suave que nos permite sacarnos los zapatos. Este lugar es un sitio medio escondido, pero sin duda es una joya, es tranquilo y relajante. Empezamos a sacarnos la ropa ya que teníamos el bañador puesto por debajo de la ropa. Nos metimos a la playa y empezamos a jugar. Ahí dentro, sentí como si hubieran pasado décadas, mucho tiempo en el que no disfrutaba de esa manera, empezamos a mojarnos entre nosotras, a disfrutar del agua, con risas y carcajadas recordando experiencias, recuerdos, y sueños. -          ¿Recuerdas cuando te caíste frente a la clase?  -soltó Sam y empezó a reírse a carcajadas. -          Sí, y justamente frente al chico que me gustaba en ese entonces-respondí de la misma manera que ella, a carcajadas. Así pasamos el resto de la mañana, recordando y viviendo, disfrutando y pasándola genial. Llegó la hora del almuerzo, bueno en sí, ya había pasado hace una hora, pero que más da, buscamos un restaurante, había muchos cerca de la playa, Nick's Laguna Beach decía. Un restaurante muy bonito, y muy caro, por cierto, con un estilo rustico mezclado con lo moderno. Tiene una vista impresionante de la playa, y elegí este precisamente porque fue una de las primeras veces que vi a Samantha y a su hermano, cuando solo eran unos niños. Era uno de mis restaurantes favoritos. Pedimos un par de platos, ridículamente caros pero deliciosos, tampoco me iba a quejar de los precios, pero seguramente es algo de lo que Samantha no aceptaría si en caso pagara ella, siempre la he tenido que ver trabajando, porque a sus padres no les alcanza para pagarle todo a ella. Samantha nunca ha aceptado ningún regalo mío, a no ser que sea hecho por mis propias manos o en días festivos como su cumpleaños y navidad. Samantha es de esas personas que les gusta ahorrar para su futuro, es inteligente y modesta, sencilla y amable, pero cuando se molesta, ahí sí que no quieren estar cerca de ella. Terminamos de almorzar, entre risas y carcajadas, no nos importaba que todos nos vieran, porque con ella todo era tan fácil, tan sencillo, tan divertido. Pagué y salimos a caminar un poco. Entre los pequeños caminos de esta playa, senderos y vistas bonitas caminamos y empezamos a recordar. -          Siempre estuvieron enamorados-me dice después de un silencio- ustedes dos, Thomas y tú. No sabía que decir, sentía aún esa incomodidad de hablar de eso, es como raro… parecía que esto ni debería estar pasando. -          No lo sé, supongo...-llegué a responder entre un hilo de voz, tan bajito que seguro ni se hubiera escuchado. -          ¿Crees en el destino? -          No lo sé… no es que tenga mucho conocimiento en el tema… Ella pensó un momento, como si estuviera dudando si acaso podría decirme lo que piensa, colocó sus manos en sus bolsillos traseros mientras caminábamos con los bolsos de playa que teníamos en las manos. -          Yuanfen-dijo un poco dudosa- es una palabra bonita, que con el tiempo entenderás, no te molestes si no te lo digo ahora, pero eso es lo que creo que pasará con ustedes, con Thomas y tú. Luego de eso no volvimos a hablar del tema de su hermano, volvimos a la playa y estuvimos ahí un buen rato. Yo estaba impaciente para ver la puesta de sol, ya con un short corto y una solera que me llegaba hasta el ombligo. Hacía calor. Pero se sentía bien. De pronto a Sam le entró una llamada y se disculpó conmigo por no poder quedarse más tiempo, dijo que unos amigos la recogerían porque tenían una tarea pendiente y ella no lo había recordado, y no permitió que la llevara, me rogó que me quedara un rato más hasta que vea mi parte favorita del día, el atardecer. Bueno, ya que no podía llevarla, me quedé. Me despedí de ella con un beso en la mejilla y un abraso, se volvió a disculpar y le dije que no se preocupara. Poco después el atardecer estaba llegando, con esa luz cálida que se iba volviendo oscura al pasar de los minutos. Me quedé allí, sentada, observando todo aquello, mis emociones se sintieron encontradas y un sentimiento de alegría invadió mi corazón. E incluso la nostalgia. Había traído la libreta, una vez leí que era bueno llevar una libreta y un lapicero a cualquier lado que iba, porque tal vez lo llegaría a necesitar. Entonces empecé a escribir. «Porque el atardecer es lento y rápido a la vez, porque quiero disfrutar más tiempo esa luz, esa agonía, ese brillo. El atardecer dura muy poco porque es único, cada día aparece y todavía es más especial. Pero luego se va en los días turbios o lluviosos. El atardecer me da calma, da paz y tranquilidad. Cuando lo veo siento que puedo pensar por los breves minutos que dura, que puedo pensar si lo tengo allí presente. Pero todo acaba, todo se va, todo protesta a que vuelva. Y espero a que todos los días aparezca para volver a iluminarme y tener esa luz tan cálida. Samantha es como el atardecer, pero a diferencia de él, Sami no se va, siempre está presente, siempre lucha y es constante, admiro todo aquello que pueda darse de Sam, porque aprendí muchas cosas cobre ella, no quiero perderla» Cerré la libreta y guardé el lapicero. El atardecer se había ido. Caminando sentí que algo me faltaba. Y quería descubrir qué era lo que sentía, lo que ocurría, lo que pensaba exactamente. Porque la luz se va, pero hay otras formas de iluminar… --- Una vez en casa pensé en mi relación con Rafael, todo lo que nos había pasado, mis padres lo aceptaban y era encantador cuando estaba con ellos, muchas veces pensé que mi padre podría ser muy amigable solo cuando estaba Rafa, porque a mí no me trataba de la misma forma, la forma en la que tratas a un amigo, de quien disfrutas su compañía… Son las nueve de la noche, estoy sola y me gusta, me gusta este silencio, esta paz que me transmite mi casa, pero muchas veces estar en silencio no me gusta. No me gusta no poder escuchar aunque sea un grito, una llamada o un saludo, siempre estoy sola, siempre. Y no importa todo lo que haga, nunca va a ser suficiente para que mis padres se queden por más tiempo cuando llegan de sus viajes. El sonido de mi celular me anuncia un mensaje, lo veo sin prisas, es de Rafael. R: ¿Podemos hablar? No sabía si contestarle, no sabía muchas cosas, ¿pero estaría bien si le respondo un sí o un no? ¿O simplemente archivo su chat para no volverlo a abrir? ¿Sería demasiada mal educación de mi parte si no respondo? M: claro. Y tuve miedo, porque no sabría lo que haría esta vez, porque él es impredecible e impulsivo. Pero así lo quería, y ese sentimiento no se ha ido del todo. Poco después llama a mi puerta, es él, pero como ya lo dije anteriormente, nunca he dejado que Rafael se asome siquiera en mi casa. Por lo tanto, le indico que caminemos, las calles están poco transitadas a esta hora, podríamos hablar con tranquilidad. -          Lo siento-murmura. Y sinceramente no sé qué decir, no sé qué va a pasar… No me siento cómoda. -          ¿Tuviste alguna razón? ¿Para mentirme de esa manera? ¿Para engañarme? ¿Para herirme?  -dije, y lo hice porque necesitaba respuestas a muchas de las cosas y preguntas que se decían en mi cabeza. -          Micaela yo… -          ¿Qué me vas a decir he? ¿Que lo sientes? ¿Qué te arrepientes? ¿Que estabas equivocado?  -empecé a golpear su pecho, tratando de contener las lágrimas que se estaban formando en mis ojos y me hacían ver todo borroso. El no dijo nada, me mantuvo contra su cuerpo, me abrasó y sentí que todo podía ser como antes, que simplemente el sufrimiento es pasajero, que tal vez podríamos mejorar o convertirnos en algo mejor. Que podríamos volver y fingir que nada pasaba, porque no es fácil soltar, porque no es fácil olvidar a quien marcó tu vida de muchas maneras, y te sentías segura. Porque no me era fácil soltarlo, dejarlo, ser libre… Era presa de mis sentimientos porque por muchas razones lo quería y por muchas lo odiaba. -          ¿Qué es lo que quieres?  -pregunté limpiándome las lágrimas. -          Solo… saber cómo estabas… eso, eso es todo-trató de responder, pero la respuesta me decepcionó un poco. Bueno, me decepcionó mucho, porque yo quería que me hiciera otra pregunta y todo volviera a ser como antes. -          ¿Por qué estas con él? ¿Con Thomas? ¿No es el hermano de tu mejor amiga? Acaso eso no está prohibido? ¿No es como una regla no escita de mejores amigas? ¿Por qué no me dijiste que me engañabas con él? Ahí, justo en la última pregunta el mundo se detuvo. -          Yo no merecía que me engañases con ese tarado…soy, soy mejor que él, soy mejor que toda esta mierda… no sabía que eras una zorra y que me engañabas… -          Que? ¿Piensas que yo te engañaba? ¿Y lo que tú me hiciste a mí? -          Solo fue un beso… solo un beso… no pasó nada más-murmuró. Y se veía molesto, pero no tenía por qué estarlo, yo era la engañada, yo nunca le había sido infiel. -          Vete-me dice- vete de mi vida, vete de todo… Asentí. Con un dolor en el pecho y un nudo en la garganta. Entonces di media vuelta y caminé en dirección a la playa que estaba cerca de mi casa. La playa de Main Beach, es una playa relajante y divertida por todo lo que pasa ahí. Caminé y caminé. No paré hasta que estuve con los pies en el agua. Con el cabello desordenado y el corazón vacío, con la vida que me albergaba, con los sentimientos a flor de piel, con todo lo que causaba, con mi vida y mi tristeza. Grité. Grité todo lo que pude, grité por el dolor, grité por Rafael, grité por Samantha, Thomas, mi familia, mis padres, mi casa, mi soledad, mi silencio. Grité hasta cansarme. Le grité al mar que con sus olas se llevaba mi dolor, que con sus choques contra las rocas descansaba para luego irse de nuevo. Agradecí gritar al mar porque se sintió bien, demasiado bien. Unos brazos rodearon mi cintura, su perfume varonil se impregnaba en mi ropa, yo soltaba lágrimas y me desplomé con el abraso, el me sostuvo, con sus brazos, sujetándome para que yo no cayera. Sentí que estaba con zapatos y pantalones largos, olía demasiado bien y hubiera querido grabarme hasta la última parte de su perfume. Hundió su cabeza en mi cuello y algunos mechones se mezclaron con su rostro por el leve viento que había. Nunca se quejó. Solo se quedó en silencio, muy oportuno y perfecto, lo que necesitaba, silencio. Estuvimos así por mucho tiempo, tanto que me dolieron las piernas y tuve el valor de voltearme. Sus ojos color verde vieron fijamente a los míos color miel. Su vista era impredecible, pero percibí muchos colores con él. Percibí un lugar tranquilo y música a la vez. Una música con la que se pudiera bailar lento que no tendría ganas de parar. Porque Thomas llegó en el momento correcto e incorrecto a la vez. Y me refiero a que quería corresponderle todos esos sentimientos, pero yo estaba sufriendo una infidelidad. Y a la vez era el momento correcto porque sentí que era el lugar tranquilo que necesitaba. Él empezó a tararear una canción. Una que no identifiqué, pero se escuchaba tan bien y esos ojos… esos ojos que me derretían. Y no entendía porqué. Quería entender qué es lo que tenía Thomas que me hacía pensar, que me hacía derretirme, y sentí que no estaba enamorada de él, y muy aparte con el dolor de Rafael. Quiero que Thomas me llegue a explicar lo que me pasa con él. Lo que me pasó siempre, desde que éramos tan solo unos niños. Empezamos a dar vueltas tan lentas con solo el sonido de su voz, era tan relajante, tan perfecto, tan oportuno. Sentía un atardecer en Thomas, tan cálido y bonito. Tan sano y perfecto. La canción que tarareaba terminó, entonces nos quedamos parados uno frente al otro, mis manos estaban alrededor de su cuello. Él tragó saliva. No supe un porqué, pero tuve ganas de besarlo. -          Eres bonita-susurró. Con esa voz ronca y viendo directamente a mis ojos, tan nervioso y relajado a la vez, como si estuviera esperando algo. Entonces me abrasó. Me abrasó tan fuerte que me levantó del suelo y mis pies quedaron elevados de la arena. 
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