La absoluta incredulidad de sus captores ante sus respuestas sarcásticas y desafiantes. El silencio que siguió a mi silencio fue tan espeso que solo se escuchaba el repiquetear constante de la llovizna sobre el metal de las camionetas y el ronroneo moribundo del motor de mi Ford Focus. El sicario con la cicatriz en el labio me mantuvo sujeta del mentón durante unos segundos eternos, analizando cada facción de mi rostro en busca del más mínimo indicio de terror, de temblor en los párpados o de lágrimas contenidas. No encontró nada de eso. Lo único que vio fue una mirada de puro desdén y una sonrisa torcida que bordeaba la insolencia absoluta. —¿Sabe cuál es su principal problema, capitán? —le solté, arrastrando las palabras con una calma que rozaba la psicopatía, a pesar de que la presión

