Luis seguía en la cocina, apoyado contra el fregadero mientras observaba el exterior a través de la ventana. El desayuno estaba listo, pero lo había dejado a un lado, olvidado, porque su mente estaba atrapada en el torbellino que era Dafne Duque. El eco de la noche anterior seguía persiguiéndolo. Recordó el sonido de su voz rasposa mientras cantaba "Rata inmunda, animal rastrero…". La pasión, la rabia, el fuego en cada palabra. Por más que intentara convencerla de lo contrario, esa serenata no había sido solo un espectáculo; había sido una declaración, un grito desesperado que hablaba más de lo que Dafne estaba dispuesta a admitir. Luis pasó una mano por su cabello, dejando escapar un suspiro pesado mientras intentaba ordenar sus pensamientos. —¿Qué demonios me haces, Dafne? —murmuró pa

