++++++++++++++++++ Después de la ducha que me di, sí… no me dormí. Volví a vomitar. Otra vez. Como si mi cuerpo decidiera que era una buena idea vaciarse por completo, por si aún quedaban restos de dignidad. Así que, después de eso, volví a meterme bajo el agua. Una ducha tibia, con el olor del jabón mezclado con ese perfume suave que quedaba impregnado en el baño. El de él. Y cuando salí, con el cabello aún húmedo y enredado, me encontré con una sopa esperándome. Una sopa. Hecha por Francesco. Y no cualquier sopa: esa que huele a hogar, a paciencia y a “te estoy cuidando aunque me estés sacando canas”. Ahora mismo estoy sentada en la banqueta del desayunador, con una cuchara entre los dedos, usando su camiseta enorme que me llega hasta los muslos. Y lo peor, lo peor, no es que e

