SOMETIDA

1066 Words

La corbata seguía tensa, obligándome a mantener la postura, obligándome a sentir cada embestida como un acto de propiedad. Me azotaba, no con la mano, sino con su cuerpo, con la fuerza de su ira y su pasión desmedida. Sentía el ardor de su piel contra la mía, el sudor, la desesperación. —¡Eres mía, Isabella! ¿Entiendes? ¡Mía! —declaró, con una voz que temblaba al borde de las lágrimas o de la rabia más profunda, no lo podía distinguir. —¡Tuya, sí, tuya! ¡Pero cálmate, salvaje! ¡Me vas a matar! —le respondí, con la voz cargada de súplica y de una excitación desbordante. Él pareció escuchar, o al menos el instinto animal de preservación tomó el control. Disminuyó un poco la fuerza, pero no la intensidad ni el ritmo. Sus palabras continuaban, una letanía de miedos: —¡No quiero que ni siqu

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