Cerré los ojos con tanta fuerza que vi chispas detrás de mis párpados. La mandíbula me dolía por la tensión, pero me negué a ceder. Sentir ese dolor punzante, esa resistencia terca de mi propio cuerpo, era un castigo absurdo, por ser tan malditamente curiosa, por haber idealizado este momento basándome en líneas cursis de manga. ¡Maldita sea, esto no es un dibujo! Francesco notó mi esfuerzo. Sus ojos se oscurecieron aún más, y el deseo inicial en ellos fue reemplazado por algo más profundo, una mezcla de culpa repentina y una concentración brutal. Me soltó la cintura y, en un movimiento inesperado, me acunó la nuca con una mano firme. —Relájate —su voz fue un susurro áspero, casi un gruñido. No era una pregunta, era una orden, pero la suavidad de su pulgar acariciando mi cuero cabelludo

