Su tono me da escalofríos. Tiene esa calma calculada, como si todo esto fuera parte de un plan que yo todavía no entiendo. —Dime… ¿no te parezco atractivo? —pregunta, bajito, casi un reto. Yo suelto una risa seca, sin humor. —Ni te me apeteces —le disparo, y levanto la barbilla—. Prefiero esas cosas a estar contigo. ¡Mírate! Ahora todo un Don Juan, engañando a su novia. Eso le hace brillar los ojos, como si mi comentario fuera gasolina sobre un fuego que ya estaba encendido. Él se inclina un poco más hacia mí, todavía sin soltarme. —¿Ahora te preocupa lo que haga o no con la novia que tengo? —contesta, con esa voz lenta y venenosa. Me muerdo la lengua con tanta fuerza que casi me sangra. Mi rostro arde. Lo miro a los ojos, tan cerca que siento su aliento rozarme la cara. —Siii, er

