En eso él me dice, con esa mezcla de burla y seriedad que me pone la piel de gallina: —Dime que esto no son los verdaderos productos que ofreces. Me atraganto con el aire. Por un segundo mi cerebro se congela y la palabra se queda a medio camino entre la lengua y el olvido. —¡Nooo! —escupo, tratando de recuperar el control—. Es mío. Él ladea la cabeza, y sus ojos se clavan en mí como dos punzones de hielo. —Demuéstralo. ¿Demostrar? ¿Qué modo de prueba es ese? Se me escapa una risa nerviosa que suena más a un quejido. —¿Qué? —suelto al borde de la ofensa—. ¿Me estás pidiendo pruebas? ¿En serio? ¿Qué clase de mocoso inocente eres? —lo miro con desprecio, intentando que mi voz no tiemble. Francesco no se inmuta. Sus manos son tranquilas, y en una de ellas aún sostiene el kiwi plástico

