Miedos de Sofía.

775 Words
⸻ Cuando Sofía y Andrés finalmente se despidieron, el ambiente pareció relajarse. Caren miró la hora y suspiró. —Yo me voy —dijo—. Mis padres me esperan. Además, mañana tenemos clase temprano. —Gracias por el tour —respondió Malena con sinceridad—. Lo necesitaba. —Cuando quieras —sonrió Caren, y antes de irse, le lanzó una mirada significativa, como si quisiera decirle ten cuidado sin usar palabras. Ricardo observó cómo Caren se alejaba y luego miró a Malena. —Si quieres… podemos caminar un poco —propuso—. Aún no es tarde. Malena dudó apenas un segundo. Sabía que no había nada de malo en aceptar, pero también sabía que algo se estaba moviendo dentro de ella. —Está bien —respondió finalmente. Salieron del restaurante y comenzaron a caminar por la acera iluminada. La ciudad, de noche, tenía otro rostro: más íntimo, más silencioso. El aire era frío, pero no incómodo. —¿Te gusta Chicago? —preguntó Ricardo. —Todavía me intimida —confesó Malena—, pero empiezo a encontrarle algo bonito. —Es cuestión de tiempo —dijo él—. La ciudad no se muestra de inmediato. Como algunas personas. Malena lo miró de reojo, preguntándose si aquellas palabras eran solo una coincidencia. Hablaron de cosas simples: de la universidad, de lo difícil que era empezar de nuevo, de las expectativas que otros ponen sobre uno. Ricardo no preguntó de más, pero escuchó con atención, y eso la hizo sentirse cómoda… vista. Sin darse cuenta, llegaron al edificio. —Vaya —dijo Malena, sorprendida—. Vivimos en el mismo lugar. Ricardo sonrió. —Parece que el destino insiste. Entraron juntos. El silencio del lobby era distinto al de la calle, más cercano. Subieron al ascensor, esta vez sin nervios exagerados, solo una calma extraña que no necesitaba explicaciones. —Gracias por acompañarme —dijo Malena cuando las puertas se abrieron en su piso. —Siempre —respondió Ricardo, y luego se corrigió—. Quiero decir… fue un gusto. Se miraron por un instante. No hubo contacto, ni promesas, ni palabras de más. Solo una pausa cargada de posibilidades. —Buenas noches, Malena. —Buenas noches, Ricardo. Ella caminó hacia su apartamento con el corazón acelerado. Al cerrar la puerta, apoyó la espalda contra ella y cerró los ojos. No había pasado nada… y, sin embargo, algo acababa de comenzar. Malena cerró la puerta de su apartamento con suavidad y apoyó la espalda contra ella. Llevó una mano a su pecho, intentando calmar un corazón que latía demasiado rápido para alguien que, en teoría, solo había dado un paseo. Se sentó en la cama y dejó que los pensamientos fluyeran sin orden. La forma en que Ricardo la había escuchado, cómo la había defendido sin proponérselo, la naturalidad con la que caminaron juntos… Todo la confundía. —No vine a esto —susurró—. Vine a estudiar. El sonido del teléfono interrumpió su reflexión. Sonrió al ver el nombre de su madre en la pantalla. —Hola, mami. La voz de Luciana Villanueva llegó cargada de cariño y alivio. Detrás, Miguel Ortiz preguntaba si todo estaba bien. —Sí, ya estoy instalada —les contó Malena—. El apartamento es tranquilo, queda cerca de la universidad… hoy fue un día largo, pero bueno. No habló de Ricardo. No habló del ascensor ni del paseo. Solo escuchó, se dejó cuidar a la distancia. —Estamos orgullosos de ti —le dijo su padre—. Descansa. Cuando colgó, Malena se recostó mirando el techo. Pensó que quizá el cansancio la estaba haciendo sentir cosas que no debía. Cerró los ojos con una decisión frágil pero firme: mañana será diferente. ⸻ Muy lejos de esa calma, en otro lugar de la ciudad, Sofía apretaba la mandíbula frente a Ricardo. —¿Vives en el mismo edificio que ella? —preguntó, fingiendo desinterés. —Sí —respondió él sin darle importancia—. Me di cuenta hoy. Sofía sonrió. Una sonrisa tensa, forzada. —No tienes por qué preocuparte —dijo—. Malena no es mi rival. Pero por dentro, algo ardía. Recordó la forma en que Ricardo la había mirado en el restaurante. No fue cortesía. No fue educación. Fue interés. Y eso la enfureció más que cualquier palabra. Sus mejillas se encendieron de coraje, aunque mantuvo la compostura. No importa, se dijo a sí misma. Esto no va a ninguna parte. Y aun así, una verdad incómoda se le clavó en el pecho: por primera vez en mucho tiempo, Sofía sintió miedo de perder algo que nunca había sido suyo.
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