La casa de los padres de Ricardo estaba iluminada con luces cálidas que resaltaban su elegancia. Música suave, risas, copas levantándose y conversaciones cruzadas llenaban el ambiente. Era una celebración íntima, pero claramente distinguida.
Malena bajó del auto con cierta inseguridad. Al hacerlo, sintió varias miradas posarse sobre ella. No por exageración, sino por esa belleza natural que no buscaba atención… y aun así la atraía.
Ricardo caminó a su lado, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para hacerla sentir acompañada.
—Bienvenida —dijo—. Mis padres estarán felices de conocerte.
Al entrar, Malena percibió el contraste: vestidos elegantes, trajes impecables, conversaciones sobre viajes y negocios. Por un instante pensó que no pertenecía a ese lugar. Pero entonces Ricardo la miró, como si sin decirlo le recordara que sí.
Y fue justo en ese momento cuando Sofía los vio entrar juntos.
Se quedó inmóvil por un segundo, con la copa suspendida en el aire. La escena se grabó en su mente con una claridad dolorosa: Malena caminando al lado de Ricardo, serena, auténtica… cómoda. Demasiado cómoda.
Sintió cómo la sangre le subía al rostro.
No es mi rival, se dijo una vez más.
No lo es.
Pero sus ojos la traicionaron. Porque no fue Malena lo que más la hirió…
fue la manera en que Ricardo la miraba.
No era cortesía. No era educación. Era interés sin cuidado. Algo que Sofía había esperado durante años… y que ahora veía entregarse sin esfuerzo.
Apretó la copa con fuerza y forzó una sonrisa cuando alguien se le acercó a hablar. No iba a hacer una escena. No aún.
Tranquila, se dijo. Esto no significa nada.
Pero en el fondo, Sofía lo supo con una certeza que le quemó el pecho:
esa noche, Malena había entrado no solo a una fiesta…
sino al centro exacto de sus celos.
La casa de los padres de Ricardo estaba iluminada con luces cálidas que resaltaban su elegancia. Música suave, risas, copas levantándose y conversaciones cruzadas llenaban el ambiente. Era una celebración íntima, pero claramente distinguida.
Malena bajó del auto con cierta inseguridad. Al hacerlo, sintió varias miradas posarse sobre ella. No por exageración, sino por esa belleza natural que no buscaba atención… y aun así la atraía.
Ricardo caminó a su lado, sin tocarla, pero lo suficientemente cerca como para hacerla sentir acompañada.
—Bienvenida —dijo—. Mis padres estarán felices de conocerte.
Al entrar, Malena percibió el contraste: vestidos elegantes, trajes impecables, conversaciones sobre viajes y negocios. Por un instante pensó que no pertenecía a ese lugar. Pero entonces Ricardo la miró, como si sin decirlo le recordara que sí.
Y fue justo en ese momento cuando Sofía los vio entrar juntos.
Se quedó inmóvil por un segundo, con la copa suspendida en el aire. La escena se grabó en su mente con una claridad dolorosa: Malena caminando al lado de Ricardo, serena, auténtica… cómoda. Demasiado cómoda.
Sintió cómo la sangre le subía al rostro.
No es mi rival, se dijo una vez más.
No lo es.
Pero sus ojos la traicionaron. Porque no fue Malena lo que más la hirió…
fue la manera en que Ricardo la miraba.
No era cortesía. No era educación. Era interés sin cuidado. Algo que Sofía había esperado durante años… y que ahora veía entregarse sin esfuerzo.
Apretó la copa con fuerza y forzó una sonrisa cuando alguien se le acercó a hablar. No iba a hacer una escena. No aún.
Tranquila, se dijo. Esto no significa nada.
Pero en el fondo, Sofía lo supo con una certeza que le quemó el pecho:
esa noche, Malena había entrado no solo a una fiesta…
sino al centro exacto de sus celos.