Ricardo regresó a su mesa por un momento, pero no pasó mucho tiempo antes de que Caren lo viera acercarse nuevamente.
—¿Te molesta si se une? —preguntó ella a Malena, con una sonrisa cómplice.
—Claro que no —respondió Malena, aunque su corazón volvió a acelerarse.
Ricardo se detuvo junto a la mesa.
—¿Puedo? —preguntó con cortesía.
—Por supuesto —respondió Caren—. Malena, él es Ricardo… aunque creo que ya se conocen.
Ricardo sonrió con naturalidad.
—Sí, ya nos habíamos visto en clase.
Nada dijo del incidente de hacía unos minutos. Malena agradeció en silencio ese gesto. Él tomó asiento y la conversación comenzó a fluir con sorprendente facilidad. Hablaron de la universidad, de profesores exigentes, de la ciudad y de lo caótico que podía ser adaptarse a un lugar nuevo. Malena se sintió cómoda, incluida, como si aquel momento estuviera ocurriendo justo cuando debía.
Por primera vez desde que llegó a Chicago, se permitió reír sin culpa.
Pero esa calma duró poco.
—Ricardo —dijo una voz femenina, suave pero cargada de intención.
Malena levantó la vista y la vio llegar.
Sofía de la Fuente caminaba hacia ellos con una sonrisa perfectamente ensayada, del brazo de un hombre alto y bien vestido. Sus ojos se detuvieron apenas un segundo más de lo normal sobre Malena antes de volver a Ricardo.
—Qué coincidencia encontrarte aquí —dijo Sofía.
—Hola, Sofía —respondió él con cordialidad—. Andrés.
—Ricardo —saludó el hombre—. Soy Andrés del Castillo.
Malena notó algo extraño en la manera en que Sofía sostenía su brazo, demasiado cercana, demasiado calculada. Caren, en cambio, se tensó apenas, casi imperceptiblemente.
—¿Se conocen? —preguntó Sofía, señalando a Malena con una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos.
—Somos compañeros de clase —respondió Ricardo con tranquilidad.
Sofía asintió, pero su mirada se endureció apenas un instante. Andrés, por su parte, observaba a Sofía con una atención que no parecía casual. Había entre ellos una complicidad silenciosa, un lenguaje oculto que Malena no supo descifrar… pero que sintió.
Lo que nadie en esa mesa sabía —o fingía no saber— era que Sofía y Andrés compartían una aventura en secreto, un juego peligroso que ella utilizaba para llenar el vacío que Ricardo nunca quiso ocupar.
El ambiente cambió.
Las sonrisas seguían allí, pero algo se había tensado en el aire. Malena lo percibió de inmediato. Y aunque aún no comprendía del todo el lugar que ocupaba en esa historia, su intuición le susurró una verdad incómoda:
el amor acababa de sentarse a la mesa…
y los celos también.
⸻
La conversación continuó, aunque ya no con la misma ligereza. Sofía tomó asiento sin ser invitada, manteniendo a Andrés a su lado, como si necesitara marcar territorio. Sus ojos regresaban una y otra vez a Malena, evaluándola con una curiosidad disfrazada de cortesía.
—¿Y tú, Malena? —preguntó Sofía, con una sonrisa delicada—. ¿Qué te trajo hasta aquí desde tan lejos?
—Sus estudios —respondió Ricardo antes de que Malena pudiera abrir la boca—. Es una decisión valiente.
Todos lo miraron.
Malena sintió un leve sobresalto. No esperaba que él interviniera. Ricardo, por su parte, parecía no haber notado el peso de sus propias palabras.
—Mudarse a otro país no es fácil —continuó—. Requiere carácter.
Sofía alzó una ceja, apenas.
—Claro… aunque no todos logran adaptarse —dijo ella, con suavidad envenenada.
Ricardo sonrió, tranquilo.
—Malena lo hará. Se le nota.
No fue una defensa abierta, ni un gesto exagerado. Fue algo peor para Sofía: natural. Instintivo. Honesto.
Caren observó la escena en silencio, comprendiendo de inmediato lo que estaba ocurriendo. Andrés bebió un sorbo de su copa, incómodo, consciente de una tensión que no le pertenecía.
Malena bajó la mirada, con el corazón latiéndole fuerte. No sabía por qué aquellas palabras la habían afectado tanto, pero lo hicieron. No solo porque la defendían, sino porque provenían de alguien que apenas la conocía… y aun así parecía verla.
Sofía apretó los labios, recuperando su compostura.
—Bueno —dijo—, espero que disfrutes la ciudad.
—Estoy empezando a hacerlo —respondió Malena, con una calma que no sabía que tenía.
Ricardo la miró entonces, apenas un segundo más de lo necesario. Y sin darse cuenta, había cruzado una línea invisible.
Porque, a partir de ese momento, Sofía dejó de verla como una simple compañera de clase.
La vio como una amenaza.