Mientras estaba sentada en el pequeño sofá de mi oficina, solo podía tener en mente cómo dejé la sala de juntas, sin decir nada más ante la mirada incrédula de Samuel y la de odio de su madre, pero ¿qué debía decir? Si no recibí apoyo de él, me sentía sola en ese momento y abrumada por lo que estaba pasando, y solo pensé en huir de ahí. La oscuridad de la oficina me invadió y solo esperaba el momento en el cual Samuel entrara por esa puerta, y claro, no me equivoqué al escuchar el sonido de esta. Cerré levemente mis ojos al este encender la luz tenue de aquel lugar donde trabajé arduamente por muchos días. —Raquel. El suspiro de Samuel se escuchó. —¿Qué quieres de mí? ... He pensado en que tú nunca me has dicho que me amas. Era tanto pensar que le reclamaba sobre sus sentimientos en l

