... Suelas gastadas...

1565 Words
Jonás, escuchó el ruido del cristal quebrarse bajo la suela desgastada de un pobre zapato infantil. Saliendo de sus pensamientos, notó como la luz ya no existía en esa pequeña calle en la que se había metido siguiendo a ciegas a Francesca. No necesitó pensar demasiado para darse cuenta que estaban acorralados y ya no había posibilidad de irse hacia atrás. Se frenó en seco, escuchando el rumor de las suelas gastadas de aquel niño desconocido al quebrar el cristal. Un niño que, al que lo había sido él, seguramente tenía miedo y estaba en real desventaja. Un niño que, en realidad, estaba solo en esa oscura calle. Pues, bien sabía Jonás, quien enviaba a ese niño, más que seguro se encontraba en alguna taberna un tanto más alejada del lugar. «Un simple mocoso que no debe superar los quince años de edad... Un simple mocoso que estar más que hambriento, pues no les dan nada de comida hasta que su trabajo no esté terminado y eso, solo si consiguió robar algo durante la noche...» Pensó Jonás, compareciendo al niño. Pues no le guardaba rencor ¿Cómo lo haría? Si él sabía a la perfección lo que era ese estilo de vida. Igualmente, pese a todo eso, no pensaba dejarle las cosas fáciles. En la oscuridad, agudizó sus oídos, a la vez que bajó con rapidez su brazo en la dirección donde Francesca se encontraba, rodeándola por la cintura, para acercarla a él y cuidar el pequeño bolso que llevaba de ese lado. Si algo debía reconocer en las damas, era que justamente estas, parecían estar pidiendo a gritos que les robasen los bolsos con su contenido incluído. «¡Santo cielo! En primer lugar ¿Quién en su sano juicio podría caminar por una callejuela como esta en la noche? Y no hablemos ya de esa maldita maña de llevar los bolsos del lado de la calle ¡Dios mío, Francesca! ¿Eres imbécil? Tendré que hacérselo ver después... » Realmente no entendía cómo podía ser posible que ella fuera tan ingenua y atolondrada como para meterse en ese tipo de lugares. Lo exasperaba cada vez que le contaba las situaciones similares que solían ocurrirle a menudo. Escuchó como el niño comenzaba a correr en dirección hacia ellos. Con un movimiento rápido de su mano empujó a Francesca hacia adelante, quitándole él mismo el bolso de finas piedritas de colores. Sintió como el mocoso consiguió aferrarse a la tira de cuero blanco. Sonrió sintiendo el sabor de la victoria. Grave error para ese niño había sido ese de atreverse a atacarlos. Ejerciendo un poco de su fuerza, lo levantó con tirantes y todo un par de centímetros sobre el suelo para luego cambiarlo rápido de mano, tomándolo por el cuello de su vieja y desgastada camisa. —¿Francesca?¿Estás bien?— preguntó sintiendo como el mocoso no dejaba de balancearse— Y tú, deja de moverte, chiquillo idiota. Que te irá mejor si te quedas quieto y colaboras, mocoso. El niño no respondió, quizás, fuera por miedo o simplemente porque no creía que fuera necesario hacerlo. Pero, al menos fue lo suficientemente inteligente como para hacerle caso a ese hombre y quedarse quieto en lo que este lo arrastraba hacia el lado iluminado de la calle, seguido muy de cerca de aquella bonita dama que no dejaba de quejarse del susto que había sufrido por culpa de aquel inconveniente. —Estoy bien, Jonás...— dijo Francesca llevándose la mano al pecho en esa actitud teatral de alivio — Te agradezco mucho lo que has hecho, Jonás... Pero creo que no es necesario que molestes más al niño. Suéltalo, que yo le daré unas monedas y que se vaya ¿Sí? «Eso idiota, suéltame y que tu pvta me dé unas cochinas monedas como limosna... Hazle caso a tu pvta, imbécil.» Pensó con recelo el niño mirando a Jonás en silencio sin poder ocultar ese sentimiento en sus ojos verdes. Era un chiquillo de aproximadamente nueve años. Un niño de ojos verdes y cabello rojizo como el fuego. Un niño que, a Jonás, le parecía haberlo visto antes. Entornó los ojos, intentando recordar de dónde podría ser que lo conocía. «¿Será qué él es... El hijo de Rebecca? Se dijo al darse cuenta de ciertas características similares en su madre. Rebecca, había sido una simple pr0stituta que Tomasso había contratado para que siguiera al capitán Lawrence Bouvier, durante el tiempo en el que este se encontraba separado de su amada esposa Martha. Rebecca, había muerto por intentar evitar que el capitán sufriera lo que La Libertie le tenía preparado. O al menos eso era lo que él sabía de todo ese asunto, que era justamente lo poco que le había dicho Tomasso, palabras dichas del mismo La Libertie, quien la había matado. A decir verdad, tampoco estaba tan seguro de que todo hubiese sido tal cual lo decían. Pues, ese estaba más loco que una cabra y solía ver ofensas en donde no había. Pero, lo que sí sabía era que, cuando el capitán Lawrence Bouvier se hubo enterado del trágico final de Rebecca, insistió por mucho tiempo en encontrar a su pequeño hijo para serciorarse de que él se encontrase bien. « Quería apadrinarlo, como una manera de pagar el favor que ella le había hecho. Eso fue lo que me dijo. Quizás, todavía lo esté buscando... No pierdo nada con asegurarme que sea él ¿Verdad?» Meditó observando con desconfianza al pobre niño que le devolvía la mirada de igual forma. Aunque a él le daba la impresión que ese mocoso lo estaba maldición muy en su interior y, más que probable, estaba sopesando la manera de huir de él, Jonás, no podía dejar las cosas así y darle unas monedas para que se largase, como había dicho Francesca. Él sabía que esas cosas no solucionaban absolutamente nada. —No conviene que lo hagas, Francesca. Es más, estoy seguro que, si solo consigue tus monedas, su jefe lo apaleará apenas lo vea y ni siquiera un poco de comida le dará esta noche...— reconoció con calma mientras obligaba al niño a sentarse al pie de la estatua de la diosa griega de la plaza — ¿O me dirás que me equivoco niño? ¿Eh? El niño no respondió simplemente desvió la mirada a un costado, intentando eludir a ese hombre que le preguntaba lo que, justamente era verdad. Cierto era que, si no llevaba nada a su casa, su cuidador le daría una paliza de muerte que, con suerte podría levantarse del suelo para irse a la cama sin cenar. Pero, eso no necesitaba saberlo ese hombre que lo miraba fijamente a la cara, impidiendo que pudiera moverse y salir huyendo del lugar. Ni mucho menos pensaba afirmarselo. Ni a él, ni a su estúpida dama que lo observaba con una estúpida expresión de profunda lastima por lo que se acababa de enterar. —¿Eh, niño?¿Es que acaso no piensas decir nada,niño? O ¿Tu madre no te ha enseñado a responder a los mayores cuando te hacen preguntas?¿Eh?— aguijoneó el hombre volviendo a insistir por su respuesta. Pero aquellas palabras no habían sido las mejores para que el niño respondiera. Por el contrario, aquellas palabras habían sido demasiado hirientes para el niño. Pues, él no tenía madre, ella había muerto hacia cinco años atrás. Pero eso no tenía porqué saberlo ese hombre idiota que solo buscaba impresionar a su dama idiota. —¿Y a ti qué te preocupa si mi madre me enseñó o no a responder a imbéciles como tú?— respondió con la mandíbula tensa y los ojos llenos de lágrimas de frustración — ¿Es qué acaso eres un j0dido policía o qué? ¡Solo dejame ir y no los molestaré más! ¡Se los prometo! «¡Ja! Cómo sí yo fuera imbécil como para creer esto ¡Ja! Sé que no lo harás niño, sé que a la menor oportunidad volverás a atacar... Sé que no es lo que quieres, pero es a lo que te obligarán...» Pudo haberle dicho, pero no lo hizo. Se daba cuenta que si lo hacía, el niño insistiria en esa actitud agresiva y no colaboraría ni un poco. Así pues, lo mejor era seguir con el juego y ver si, con palabras hirientes, ese mocoso insolente, les daba un poco más de información. A fin de cuentas, ya con esa respuesta, le había dado a entender que, madre, no tenía. «Solo un huérfano se ofende de esa manera por eso...y más aun, un huérfano cuya madre murió de una forma que todavía no digiere...» Se dijo dándose cuenta de lo posible que era que, justamente ese mocoso huérfano fuera el mismo mocoso huérfano que se le había escapado al capitán Lawrence Bouvier por tantos años. Ahora solo quedaba seguir insistiendo un poco más. —No lo haré...— repuso con la actitud de quien solo quisiera molestar a ese chiquillo — ... Conozco como es el juego y sé que no estás hablando en serio... Oye, siquiera te dignas a mirarme a la cara ¿Cómo esperas que te crea que no nos volverás a molestar? Si ni siquiera sé tu nombre, niño... ¿Cómo te llamas? ¿Eh? Responde y te prometo que te recompensaré por eso.
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