Las calles de París se mostraban espléndidas ante ellos. Iluminadas en buena parte por los imponentes y modernos faroles del alumbrado público, creando la ilusión de un placido y alegre atardecer otoñal.
Jonás, observó, como tantas otras veces aquellos faroles de complejos ornamentos de hierro n***o y cristales traslúcidos que iluminaban su andar. La fuerza de costumbre, lo hacía sopesar el ángulo específico en el que se tendría que ubicar para destruirlos. Pero esto solo era el recuerdo de una antigua vida. Una que ya no pensaba retomar.
«Con lo poco que puedes ganar robando una cartera en la oscuridad. No vale la pena hacer algo así... Además, esos faroles huelen muy feo cuando se rompen. El keroseno, marea...»
Reconoció volteando la vista al frente, olvidándose de sus pensamientos. Resultaba curioso ser consiente de todo lo que había cambiado en él gracias a esos años en la carcel. Quizás, Sor Ester, tenía razón, Dios no castigaba, solo dejaba que las cosas pasaran para que aprendí eramos realmente la lección.
«Pues... No estoy tan seguro de haberla aprendido. Digo ¿En algún momento disfruté yo de esa asquerosa vida que tenía? Que yo recuerde ¡Nunca! Al contrario, la odiaba... »
Era cierto, jamás se había sentido cómodo con ese estilo de vida. Mucho menos cuando lo obligaban a hacer cosas aun peores que solo romper un farol y salir huyendo con la cartera recién robada de una vieja dama que pasaba por el lugar. Pero, otra cosa no le había quedado en aquel entonces. Otra cosa no conseguía, pues, nadie más que Tomasso el apestoso lo empleaba en algo que pudiera llevarle el pan a la boca.
«Y eso que siempre decía que yo un j0dido imbécil. Pero, ahí estaba siempre, enviándome a hacer cualquier tipo de trabajos. Claro, para eso no era idiota...»
Pensó un tanto rencoroso al recordar aquella vida. Jonás, odiaba a Tomasso, olía feo y era muy grosero con él y con Pier. Mas, Jonás, se obligaba a sonreír y a hacer de cuenta que no había escuchado sus bromas hirientes. Jonás, se obligaba a agachar la cabeza, apretar la mandíbula y a hacer lo que se le ordenaba. Todo fuera por tener un mendrugo de pan añejo con el llenarse el estómago.
«¡Lastima que el viejo Jean-Baptiste no vivió lo suficiente como para enseñarme un poco de su oficio! Quizás... Eso me habría servido para trabajar como realmente me lo merecía... ¿O no?»
Había ocasiones en las que creía que él nunca se había merecido aquella vida. Que todo eso solo era culpa de ese hombre con el que su madre se había casado. A veces, podía sentir que estaba en lo correcto al reprochar al recuerdo de ese hombre por los errores que solamente lo perjudicaron a él y a su hermano. A fin de cuentas ¿Quién había gastado todo el dinero que su madre conseguía con su pequeño taller de costura en vino y esas cosas?¿Quién había vendido todo eso y más por un par de billetes que se esfumaron en una sola noche?
«Pues él... Y de ahí que nos vimos obligados a trabajar. Porque de la resaca que solía tener, no servía para nada. Aunque, tampoco era como si él estuviera interesado en ser útil en algo. No, él solo quería dinero para su j0dido vino y no se preocupaba por absolutamente nada más... Ni siquiera pensó en mamá, cuando ella necesitaba ayuda por el embarazo...»
Él solía evitar pensar en esas cosas. Todavía dolía el miedo y la incertidumbre que al que había sido expuesto en su pequeña infancia. Prefería recordar, mejor, esa pequeña época en la que había tenido ocasión de conocer al viejo Jean-Baptiste.
«¡Un viejo malhumorado que apenas si podía ver lo que tenía en frente de su nariz! ¡Pero fue un viejo muy paciente conmigo!»
Recordó esbozando una pequeña mueca de sonrisa sin darse cuenta. Ese hombre había sido un carpintero de oficio, que, por el módico precio de unas escasas monedas semanales, lo había contratado como mano de obra barata para que lo ayudara en el taller. Al principio, Jonás no era sino que un chiquillo irresponsable y rebelde que no acataba órden alguna, a menos que estás fueran dadas a coscorrones. Cosa que ocurría muy a menudo.
«¡Y eso dolía en serio! ¿Será por esos golpes que he quedado idiota?¡Dah!¿Qué más da? Al menos debo reconocer que el viejo estaba en su justo derecho de hacerlo ¡Con lo altanero que era yo! Me sorprende que nunca me hubiera echado del taller!»
En realidad no le sorprendía que ese pobre viejo carpintero le hubiera tenido tanta paciencia. Si, a fin de cuentas, ese viejo carpintero conocía muy bien la situación en la que se encontraba. Sabía que, si lo despedía, más que seguro, el padre de Jonás, al verse sin la paga de la semana, golpearía al niño por eso.
«Y ese imbécil no daba coscorrones. Ese imbécil usaba un cinturón o un palo para castigarme...»
Se dijo en el momento en que volvía a sentir el ardor en la espalda que le producía aquellos recuerdos violentos. Su padre era muy dado a los arrebatos de cólera y, siempre, se desquitaba con él porque no era realmente su hijo, sino el hijo de otro hombre que jamás se había hecho cargo de él.
Por eso también, a veces, ese hombre, golpeaba a su madre, por no haber sido lo suficientemente inteligente como para dejar a Jonás en el j0dido orfanato en el que se encontraba cuando la conoció. Pero, aunque estas cosas, aquel viejo las sabía muy bien, el mismo Jonás reconocía que no era realmente su problema y que no tendría que haberse preocupado tanto por eso.
«Aun así... Lo hizo y me enseñó muchas cosas... Lastima que no le alcanzó el tiempo para enseñarme más... Y con lo mucho que me gustaba ese trabajo...»
Se lamentó Jonás observando al frente donde una bella estatua de una diosa griega era iluminada por pequeños faroles de keroseno que se encontraban a su al rededor. Cuando, raramente, él hablaba de aquella época y le preguntaban porqué no había seguido allí, Jonás, solía encogerse de hombros y simplemente admitir que el viejo Jean-Baptiste, ya era viejo cuando lo conoció. Prefería admitir la obviedad de que las personas nacen y mueren todos los días a tener que reconocer que, su padrastro no había sido lo suficientemente inteligente como para aprovechar lo poco que él sabía del oficio y enviarlo a otro taller de la ciudad.
Prefería admitir eso, a tener que recordar como el mismo Tomasso había convencido a ese a ese borracho imbécil de prestarle a su hijastro para hacer el trabajo de romper los faroles de keroseno de las calles de París y esperar en la oscuridad, agazapado, al primer incauto transeúnte para increparlo y robarle lo que llevase encima. Él , prefería recordar el ronroneo de la madera cuando pasaba la lija sobre esta al crujido del cristal que se encontraba debajo de la gastada suela de sus zapatos al correr con el botin.
Prefería recordar el peso y textura del martillo que había usado para crearlo, que la piedra rugosa y húmeda que había aventado con buena puntería. Jonás, prefería recordar el olor a pino de la madera del primer banquito que había logrado hacer, que el asqueroso olor a keroseno del primer farol que había roto. Un olor nauseabundo como en el que en ese momento estaba sintiendo.
Al principio, creyó que todo era un recuerdo. Al principio, se preguntó si quizás él no estuviera en ese momento rompiendo los faroles y robando carteras, como antes. Pero la voz de Francesca lo hizo despertar.
—¡Ah! ¿Qué es eso?— chilló Francesca a su lado, aferrándose un poco más a su brazo, el mismo del que había estado prendida durante todo aquel paseo.
Alarmado, volvió en sí. Notando como un farol de la calle donde se encontraba acababa de romperse. Sintiendo como el olor del keroseno inundaba con violencia su nariz y comenzaba a sentir las arcadas que eso le producía. Escuchando el ruido del cristal quebrarse bajo la suela desgastada de un pobre zapato infantil. Viendo como la luz ya no existía en esa pequeña calle y notando como ya no había posibilidad de irse hacia atrás.