«¡Ah! ¡Seré imbécil!¡Vamos, Jonás! Piensa en algo, lo que sea pero hazlo rápido»
Se amonestó Jonás siguiendo apresurado a Francesco por el pequeño corredor que llevaba a la garita del conserje de aquella gran casona que era la pensión en donde vivía. Realmente no estaba seguro de que quedarse allí fuera una buena idea y se lo tendría que hacer ver de alguna manera. Pero ¿Cómo? Si no era seguro hablar demasiado en ese lugar minado de ratas.
—Francesco...— lo llamó a la vez que lo tomaba por el brazo para retenerlo, alcanzandolo al fin —¿Es realmente necesario que nos quedemos en casa?
Francesco lo observó con los ojos entornados intentando entender específicamente lo qué ese hombre se estuviera proponiendo con aquella pregunta. Se dio la vuelta y se cruzó de brazos.
—¿A qué te refieres, Jonás?— quiso saber demostrando con eso cierta curiosidad.
Jonás se llevó la mano detrás de la nuca. Resultaba más que evidente lo ingenuo que podía llegar a ser el escritor. Suspiró resignado, si quería sacarlo de allí, tendría que jugar el mismo papel de ingenuo para que Francesco no se diera cuenta de nada. Al menos, hasta que estuvieran en lugar seguro.
—Digo... Podríamos salir a comer a fuera, ¿verdad? -— sugirió como quien no quiere la cosa para luego agregar en lo que se encogía de hombros — Digo... Acabo de salir de la cárcel, después de cinco años... Ya tuve suficiente de estar encerrado ¿No crees? Sería genial poder pasear un poco por la ciudad. Además, he notado que todo ha cambiado tanto que tengo algo de curiosidad por ver cómo es ahora... ¿Tú qué dices, Francesco?
Si era sincero consigo mismo, debía reconocer que lo que menos quería en ese momento era salir a pasear por las calles de París. Nunca le había agradado esa maldita y caótica ciudad en donde todos sus sentidos tenían que estar en permanente estado de alerta. Menos aun quería tener la mínima posibilidad de encontrarse con algún conocido mientras estuviera con Francesco, no porque se avergonzara de la presencia de ese pequeño y delicado escritor. Todo lo contrario, se avergonzaba de la vida anterior que había llevado antes de terminar trás las rejas y, por nada en el mundo, quería que Francesco conociera el tipo de personas con las que había interactuado antes.
«Sin embargo, no podemos quedarnos aquí. Tendré que hacer el esfuerzo y salir a dónde sea que él quiera¿Qué tan malo podría ser eso? A fin de cuentas, seguro que Francesca aparecerá para la ocasión ¿Verdad?»
Se dijo intentando con eso darse algún tipo de ánimo. Por alguna razón, ahora que al fin había logrado entender todo ese asunto emocional que la poderosa inteligencia de Francesco había puesto por nombre de "amor", Jonás, sentía cierta pequeña ilusión a la idea de verlo usar ropas de dama, otra vez. Seguía sin entender porqué razón se las había quitado ¡Con lo bien que se veía con ella puesta!
—¿Estás seguro de que eso quieres, Jonás?— musitó Francesco mirando a los costados del pasillo con desconfianza y timidez — ¿No te molesta que te vean conmigo?
Jonás arqueó una ceja, sin entender porqué debería molestarle que lo vieran en su presencia. A fin de cuentas, los hombres también podían salir a comer o a tomar algo y la gente solo veía en ellos a un buen par de amigos ¿Cuál sería el inconveniente entonces?
Al menos él no veía el problema y eso fue lo que intentó hacerle notar. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, Francesco, parecía no estar muy convencido por aquella idea. Suspiró resignado, sabía que nunca le había ido muy bien que se dijera en ese asunto de disfrazar sus gustos personales. De todas formas, Jonás, creía tener la idea perfecta para que eso, en esa oportunidad no fuera un inconveniente. De modo que insistió en convencerlo.
—¡Oye!¡Ya sé!— anunció con la actitud de un niño que estaba próximo a cometer una travesura— ¿Y si usas tu ropa de dama? Nadie se dará cuenta de nada... Incluso a mí me ha costado trabajo notar la diferencia...
Sorprendido, Francesco, solo atinó a mirar a los costados, como si quisiera asegurarse de que nadie estaba ahí para escuchar tamaña propuesta. Como si, una pequeña parte de él, se avergonzara de ser así. No había nadie en el pasillo, además de ellos. Pero ¿Qué importancia tenía eso?¡Si a fin de cuentas, en ese lugar ya todos lo conocían por esa peculiaridad. Se mordió el labio inferior con timidez.
«Quizas... Debería ser un poco más impulsiva y no pensar tanto... Como la hace él... A fin de cuentas ¿Qué mal haría yo, si dejara salir a Francesca un rato? Además, parece que a Jonás le gusta ella...»
Sopesó rascándose la mejilla con timidez. Realmente quería dejar de lado a ese hombre con el que estaba obligada a vivir. A ese hombre que, en realidad, no lo identificaba en absoluto como parte de ella. Quería y lo necesitaba, ser ella: Francesca Antonelli.
Levantó la vista a ese joven delincuente que esperaba su respuesta. Ese joven que ya sabía de todas esas cuestiones que la acosaban desde que tenía uso de razón. Lo miró con un brillo diferente en sus grandes ojos azul claro. Se dio cuenta de un detalle: Jonás mismo lo había propuesto. Así pues ¿Qué tendría de malo hacerlo? ¡Si a la legua se notaba que eso era lo que ese joven quería que hiciera!
Decidida, tomó su mano y caminó a paso presuroso por el estrecho pasillo de la pensión, volviendo a su departamento. Jonás quería ver a Francesca ¡Pues que así fuera! Le daría el gusto de cumplir su deseo todo lo que quisiera.
« Si al fin y al cabo, es mi deseo también. Yo no soy Francesco... Yo soy Francesca y me quedan mucho mejor las faldas con encaje y pedrerías que esos aburridos pantalones n3gros y camisas blancas...»
Se dijo en lo que se cambiaba la ropa trás un pequeño biombo una vez hubieron llegado a su habitación. Jonás se encontraba del otro lado, observando con mucha atención cada pequeño detalle del lugar. No entendía porqué lo hacía y eso que le había preguntado. Sin embargo, él no quiso dar respuesta alguna.
«¿En qué estará soñando mi pequeña Alicia esta vez?»
Se preguntó al escuchar como él golpeaba sutilmente con los nudillos algunos puntos específicos en la pared. Recordó que en el momento en el que él había explotado, después de haber pateado al pequeño ratoncito, le había dicho algo sobre la seguridad del lugar y que no era conveniente quedarse allí.
«Quizás, sepa algo más que no quiera decirme... ¡Oh! Quizás solo no quiere decirme las cosas aquí... ¡Ah! Claro... Por eso es que quiere salir y hasta es capaz de sugerirme que use mis ropas de mujer...»
Observó sintiéndose un tanto decepcionado por esa posibilidad. Realmente había creído que, si Jonás le había dicho que se vistiera así, era porque Jonás quería verlo así. Se miró en el espejo de cuerpo completo. Sin su maquillaje, se veía ridículo. Sin su maquillaje, él solo era un estúpido hombre con cara de ratón asustadizo y ojos horriblemente grandes.
«Si... Tiene sentido que solo lo sugiriera para sacarme de aquí... ¿Quién iba a querer verme así? ¡Si doy risa sin el maquillaje ni los demás artilugios! ¡Qué tonto y crédulo he sido!»
De haber podido, habría llorado por eso y desistido complemente de salir. Sin embargo, no podía hacerlo. Comenzaba a darse cuenta de los planes de Jonás y, aunque le hubiera gustado más que él fuera sincero y no lo ilusionara de esa manera, debía reconocer que lo mejor sería seguir adelante y terminar de arreglarse de una vez por todas.
De modo que, se limpió las pequeñas lágrimas que amenazaban con salir a la superficie y se acomodó la peluca de esplendorosos rizos dorados. Se colocó un par de almohadillas en el corpiño del vestido, para que estas pudieran suplantar el par de t3tas que no tenía. Se obligó a sonreírle a la mujer del espejo para luego salir hasta el tocador en donde lo aguardaban un sin fin de artilugios más para disfrazar su aburrido rostro de ratón asustadizo.
Al salir del biombo, no se dio cuenta que Jonás se detuvo de su labor de investigación y volteaba a verlo con asombrado silencio. Absorto estaba en su trabajo de brochas y pinceles que nunca se enteró de los ojos de gato callejero que estaban puestos en el proceso de transformación.
Jamás supo Francesco con cuánta expectación lo observó Jonás. Ni mucho menos se enteró del interés que ponía ese joven delincuente en aprender al pie de la letra el uso de cada brocha o tinte que él empleaba. Como si quisiera retener ese momento en su mente. Como si esa transición fuera algo mucho más sagrado y sublime de lo que el mismo Francesco creía.
«¡Oh! ¡Vaya! Al fin ha aparecido mi querida señorita... Francesca...»
Se dijo con entusiasmo, Jonás, volviendo a ver a la misma damita que había conocido en ese día al salir de la carcel. Aunque, en esta ocasión, podía sentir que esa dama de porcelana se veía mucho más hermosa que en la mañana. Quizás fuera solo porque en esa ocasión ya había salido de su estado de sorpresa y sabía a lo que atenerse.
—¡Ya estoy lista, Jonás!— escuchó que Francesca anunciaba con una bella sonrisa de marfil —¿Qué tal me veo?
Jonás rodó los ojos sin poder evitarlo, odiaba que le preguntara eso. No entendía porqué insistía en eso, si ya se lo había dicho en dos ocasiones en ese día. Pero, ya comenzaba a darse cuenta que, con Francesco tendría que repetirselo de todas formas. Se encogió de hombros y suspiró resignado para luego sonreír de lado.
—Me gusta...— intentó sonar lo más conveniente posible, aunque era la verdad, sabía que Francesco no estaría tan lejos de malinterpretarlo.
Francesca hizo un pequeño mohín de disgusto con los labios para luego voltear a tomar sus cosas. Jonás, por su parte, temió que estuviera apunto de insistir en algo.
—¡Ash! ¿Sabes qué, Jonás?¡A veces eres demasiado torpe y directo para decirme las cosas!— recriminó caprichosa y altanera la señorita Francesco a la vez que tomaba su lindo abanico de pluma y lo golpeaba con suavidad en el pecho — ¡Tendrías que ser más romántico, Jonás! A las damitas como yo nos gusta que los hombres sean así ¿Sabes?
Dicho esto, se echó a reír con desenfado, mostrando el blanco marfil de su sonrisa. Una hermosa sonrisa coqueta que, a ojos de Jonás, fue la sonrisa más hermosa que hubiera existido sobre la Tierra.
«¿Tosco y directo? ¡Oye! ¡Pero si yo le dije que se ve bien y que me gusta como se ve!¿Qué más quiere que diga? ¿Qué sería exactamente ser más romántico? »
Se preguntó Jonás, sintiéndose acorralado por esos extraños arrebatos de melodrama que estaba conociendo en su querida señorita Francesco. Unos extraños arrebatos que, lejos de molestarlo, comenzaban a enamorarlo. Aunque, de esto, Jonás no se daba por aludido, pues la palabra era demasiado compleja para él.