—¿Nunca has estado con hombres, verdad, Jonás?— insistió, Francesco, en preguntar.
Jonás lo observó de soslayo, sin entender absolutamente nada del porqué era tan importante para él saber esas cosas. A decir verdad, esa insistencia comenzaba a incomodarlo. Porque había puertas que eran mejor mantenerlas cerradas.
Se removió incómodo en el lugar, mirando el techo docel . Una delicada tela de suave satén verde musgo caía por los bordes de la cama, adornada de primorosos listones de un exquisito tono Chantilly. Incoherente, se preguntó porqué recién en ese momento se percataba de ese tipo de detalles.
Siempre le ocurría, cuando algo comenzaba a incomodarlo, sus ojos se distraían en cosas tan banales como aquellas. Pero, Francesco era ajeno a esa incomodidad. Por ese motivo, volvió a insistir, sacudiendolo un poco. De esa forma, Jonás pudo volver a su presente.
—¿Tú lo dices?— preguntó por decir algo, pero realmente no quería hablar del tema, se encogió de hombros, para luego agregar — ... A decir verdad, nunca me he puesto a pensar en eso. Si, nunca estuve con un hombre. Pero ¿Qué más da? Ni siquiera es como si me importase ese detalle. Porque, en realidad, nunca sé cómo explicar ese tipo de cosas...
A Francesco no pareció contentarlo esa respuesta. Él quería saber más y no era consiente de lo fastidioso que podía llegar a resultar con eso. Dándose cuenta de que algo estaba por insistir, Jonás, prefirió tomar la palabra e interrumpirlo antes de empezar.
—¿Recuerdas el día que me dijiste lo ocurrido con Pier?— preguntó para poder desviar de a poco esa molesta conversación, quizás con eso sí lo contentaría — Aunque yo ya lo sabía, escucharlo, fue algo muy doloroso y eso no sabía cómo explicarlo. Mi cabeza pensaba muchas cosas y muchas de esas ni siquiera podía entenderlas... Eso me pasa con todo. Eso es lo que me pasa ahora...
Mientras hablaba, Francesco pudo notar como él tamborileaba nervioso los dedos sobre su cintura. También notó como los ojos de gato de Jonás, se paseaban ansiosos por todo el lugar. Esa actitud también era algo muy común en Jonás.
Durante el tiempo en el que lo estuvo visitando en la prisión, Francesco, pudo ver muy de cerca que, Jonás, jamás se quedaba quieto. Menos aun cuando intentaba explicar algo que lo ponía un poco incómodo.
«¿Será qué estoy siendo muy molesto al insistir tanto con esto?¡Oh, no!¡No quiero que él se sienta incómodo por mi culpa!»
Cayó en la cuenta de ese error que estaba comentiendo al insistir sin pararse a pensar tan siquiera un instante en lo que ese hombre sentía al respecto. Francesco debía reconocer que, a veces, podía llegar a ser demasiado egoísta cuando la curiosidad por entenderlo todo se apoderaba de él. Como ocurría en ese momento.
— Por eso, no pienso en esas cosas, solo porqué no sé cómo llamarlas. No las entiendo. Y... Si te soy sincero, tampoco es como si sienta que sirva de algo...— escuchó como él afirmaba repitiendo ese característico movimiento de encogerse de hombros —... A fin de cuentas, las palabras son aire. A las palabras se las lleva el viento. Solo quedan las acciones y eso demuestra más que las palabras ¿No lo crees así, Francesco?
«Ahora entiendo a qué se refiere con eso... Si, puede que tenga razón...»
Admitió Francesco recostado un poco la cabeza en el amplio pecho de Jonás. No era la primera vez que le decía eso sobre las palabras. A decir verdad, era algo de lo que ya habían hablado en varias oportunidades a lo largo de esos cinco años en los que se conocían. Aunque nunca de una forma tan personal como aquella.
Viéndolo de esa manera, a Francesco no le quedó más remedio que reconocer que, en cierto sentido, tenía razones para pensar así. Bastaba con verlo en ese momento, moviendo los dedos contra su cintura, a un ritmo que solo él podía escuchar, para darse cuenta de que, en efecto, se encontraba nervioso. Aunque esto no lo dijera, podía interpretarse a la perfección. Suspiró resignado, tendría que tener más cuidado con él a partir de ese momento.
«Creo que le debo una muy buena disculpa por eso... Creo que fuí demasiado duro con él.»
Se dijo observándolo a través de sus ojos entornados. Realmente no había sido considerado al insistir palabras en boca de alguien que no era dado a darlas. Aun así, no podía dejar de sentir mucha curiosidad por entenderlo mejor.
—¡Ah! Creo que tienes razón, Jonás...— admitió en lo que se incorporaba para poder verlo se frente — Aun así... No logro entenderte mucho que digamos. Pero, sea... Tendré más cuidado la próxima vez.
Jonás vio como él se sentaba a su lado dándole la espalda. Se incorporó sobre sus codos, pensativo. Francesco seguía insistiendo en eso de entender sus anomalías. Ahí, también había una pequeña diferencia en la forma de pensar de ambos.
—¿Qué es lo que tienes que entender de mí, Francesco? ¿No sería mejor decir que tienes que comenzar a aceptar lo que soy?— pensó en voz alta, sin darse cuenta, llamando la atención del escritor — Digo... Tampoco es como si tú fueras alguien fácil de entender. A decir verdad, eres mucho más complejo que yo y... A veces hasta más difícil de aceptar. En especial cuando chillas por cualquier cosa... Como por un pequeño ratón, por ejemplo ¡Oye! En serio ¿Cómo puede darte tanto miedo un pequeño ratón? Si ya tendrías que estar acostumbrado a eso. Digo... Te ves todos los días al espejo ¿O no?
Las mejillas de Francesco enrojecieron de rabia. Sabía que esas últimas observaciones no eran intencionales. Conociendo a Jonás, más que seguro fue algo dicho por la mera costumbre de divagar que podía llegar a tener cuando hablaba. Eso era algo que, de vez en cuando, podía llegar a ocurrir cuando abría la boca. Aun así, no podía dejar de advertir que esa comparación de su aspecto físico con el pobre ratoncito que había sido pateado lejos de su vista hacia momentos antes.
—¡Ah!¡Serás ingrato!¡Tú, mocoso irreverente y mal educado!—lo reprendió en un irritante chillido al mismo tiempo en que se le tiraba encima golpeándolo en el pecho con los puños sin fuerza alguna — ¡Juro que me las pagarás, mocoso! ¡Ya lo verás, Jonás!
Por su parte, Jonás, se dejó caer otra vez sobre la cama riendo divertido por la reacción que él mismo había provocado. No se preocupaba por ese pequeño enojo de parte de Francesco. A fin de cuentas, el escritor no se estaba realmente ofendido por su aquella comparación.
Lo sabía muy bien, porque, si lo estuviera, no estaría chillando por eso. Al contrario, si, en realidad, Francesco estuviera ofendido, estaría en silencio y lo más alejado posible de él.
«Ni siquiera me miraría... Ni siquiera me lo haría saber... Directamente, me ignoraria.»
Reconoció Jonás recordando lo de hacia un rato, cuando estuvo intentando hablar con él, antes que el asunto del ratoncito apareciera. Viéndolo a la cara, pudo notar como se ruborizaba cada vez más más a medida que seguía con sus quejas y reproches.
Pensó, como en otras oportunidades, que eso se le veía muy bien. Casi como si fuera una mujer. Deseó besarlo. Eso fue una idea fugaz, tanto así que, casi no se dio cuenta cuando le tomó el rostro, logrando que se callara por fin. Se acercó a él y rozó sus labios con los suyos, sintiéndolos suaves y húmedos.
Por su parte, Francesco, como las otras veces, se quedó estático, tardando un poco en reaccionar a ese beso repentino. Si algo comenzaba a darse cuenta, era justamente que, tendría que acostumbrarse a aquel tipo de asaltos impulsivos por parte de Jonás.
Pero, en ese momento, no tenía nada por lo que preocuparse. De modo que, pasada la sorpresa inicial, simplemente se dejó llevar a la vez que cerraba los ojos y le ponía la mano en su clavícula, justo en el lugar donde se encontraba ese curioso lunar que tanto había llamado su atención.
Le correspondió, sintiendo como las manos toscas de ese joven delincuente lo rodeaban por la cintura y lo atraía aun más hacia él, como si con eso quisiera darse a entender que no quería separarse de su boca. Que lo único que deseaba en ese momento era justamente estar a su lado. Que lo deseaba tanto que lo deseaba el mismo Francesco a él.
No pudo evitar sonreír un poco divertido al darse cuenta de ese detalle: Con Jonás, no habrían jamás palabras bonitas y apasionadas. Con Jonás, tal vez no habrían grandes planes a futuro o complicadas conversaciones del presente. Tampoco sería todo tan predecible. Pero, con Jonás, lo único que tenía asegurado era que, habría sinceridad en sus acciones y, con eso, Francesco, ya se daba por bien servido.
«¡Ah, que dulce y aciaga ironía es esta vida a la que me he visto obligado a vivir! ¡Cuánto he deseado yo un hombre que sepa amarme con palabras dulces que me roben mil y un suspiro! ¡Que sepa hacerme sentir el verdadero amor de los poetas! Y que sea yo para ese amante, lo que puede llegar a ser él para mí ¿Y con qué me vengo a enterar cuando al fin encuentro a un amante que realmente me haga sentir amado de la misma forma que yo lo amo?¡Con que, ahora resulta que las palabras están demás y que lo único que realmente importa son las acciones! ¡Ay, de mí! ¡Qué necio he sido! Casi me avergüenzo de mi mismo...»
Pensó Francesco, entre dramático e irónico, cuando al fin se habían logrado separar y se encontraban en ese momento, abrazados y en silencio. Vio como él seguía con la vista clavada en el techo del docel pensando en una y mil cosas a la misma vez.
Resultaba curioso verlo de esa forma tan distante después de aquel beso tan apasionado que le había dado con tanto descaro. Sin embargo, más curioso resultaba para él, darse cuenta que,en realidad, lo tenía sin cuidado alguno que en ese momento Jonás se encontrara en su propio mundo.
Aunque, quizás eso solo era posible porque, aunque Jonás estuviera pensando en musarañas, como siempre le ocurría, podía notar que, seguía perfectamente consiente de que él seguía a su lado. O al menos eso era lo que le demostraba aquella mano inquieta que no dejaba de jugar distraídamente con un mechón de su cabello. El viejo reloj de ébano dio las ocho de la noche, sobresaltandolos a ambos.
—Uh... Curioso...— musitó Francesco apartándose un poco de Jonás para ver la hora — mira la hora que es y ese condenado muchachito de los recados no ha llegado con la comida ¡Ya me escuchará cuando llegue!
Al oírlo, Jonás, no pudo evitar sentir una pequeña corazonada en su mente. Quizás, estuviera siendo un poco exagerado al pensarlo de esa manera. Pero, prefería eso a arriesgarse a que algo le pudiera llegar a ocurrir a Francesco. Vio como él se levantaba con desgano de la cama.
—¿A dónde vas?— le preguntó Jonás, sin poder evitar que su voz se oyera alarmada.
Después de todo lo ocurrido, no quería que Francesco estuviera muy lejos de su lado. Prefería estar lo más cerca posible en caso de cualquier imprevisto y, de ser posible, que directamente no estuvieran en ese maldito departamento.
—No te preocupes Jonás, iré a ver que ocurre con el chico de los recados.— fue la respuesta de Francesco, a la vez que llegaba peligrosamente a la puerta.— Ya vuelvo, no me tardo...
Alarmado intentó seguirlo en lo que buscaba alguna mínima excusa para retenerlo. Tenía que hacerlo, si quería protegerlo, debía impedirle alejarse de él. Pero ¿Cómo?
«¡Ah, seré imbécil!¿Qué puedo decirle para que me escuche y entienda que aquí no deberíamos estar?¡Vamos, imbécil!¡Piensa y rápido!»