A decir verdad, Jonás jamás se había planteado tan siquiera por un breve instante los motivos de aquellas acciones suyas. Por muy analista que fuera, él, era a su ver, una persona impulsiva.
Y, aquellos besos, no habían sido ninguna excepción a su carácter. No obstante, por más impulsivo que había sido, tenía que reconocer que eso, lo había disfrutado más de lo que esperaba.
«En especial porque su boca siempre me sabe a fresas...»
Reconoció en su mente, a la vez que recordaba con cierto sabor de culpa esos dos pequeños besos compartidos en la celda. Ya fuera porque Francesco hubiera comido esa fruta o por el labial que llevaba puesto, su boca sabía siempre a fresas y, por muy tonto que pudiera llegar a ser, a Jonás, le gustaban las fresas. Percibió por el rabillo del ojo como él suspiraba con una actitud resignada.
—¿Otra vez piensas volver a ese mutismo e ignorarme, Jonás?— escuchó que él indagaba haciendo un mohín de disgusto —¿Sabes? A veces, sin quererlo, eres demasiado cruel conmigo, Jonás. Es difícil entenderte cuando te comportas así y eso... Duele...
Eso había dicho Francesco, algo que Jonás ya lo sabía. No, él no quería ser cruel, solo ocurría que no sabía como actuar en casos así ¿Por qué Francesco en creer que se necesitaban palabras complejas para entender lo que pensaba y sentía? Paseó la vista por la habitación, buscando cualquier cosa que pudiera serle de utilidad. Vio la enorme cama de sábanas blancas, quizás, ahí estaba la respuesta que necesitaba para darse a entender. Tomó su mano y jaló en silencio de él, para llevarlo hacia el lugar.
—¡Oye!¿Ahora que pretendes hacer?— escuchó que él indagaba con desconfianza, pero de todas formas lo seguía.
Se sentó al borde de la cama, con las piernas un tanto separadas, dejando el espacio suficiente para que Francesco pudiera caber. Levantó la cabeza, mirándolo con una expresión implorante. Realmente no estaba seguro de que aquello funcionara. Sabía que era una tontería. Pero, también, sabía que le había funcionado en aquella oportunidad, de modo que ¿Qué perdía con intentarlo?
Jaló de su mano, esperando que Francesco lo siguiera. Pero, eso no ocurrió. Al contrario, solo se quedó allí, plantado en el suelo de madera, mirándolo con hiriente incredulidad. Jonás acentuó su mirada de súplica como si esta fuera la única forma poder comunicarse con él.
En parte , era cierto, el estado en el que se encontraba le impedía hablar con fluidez. Las palabras e ideas pasaban por su mente con tanta rapidez, que no conseguía retenerlas el tiempo justo para poder formar las frases que necesitaba. Por eso se encerraba en sí mismo hasta que las palabras se cansaran y quedasen quietas. Así funcionaba él. Volvió a jalar de su mano, con el mismo resultado.
—¿Pretendes hacer lo mismo que la otra vez, Jonás?— le preguntó Francesco, obteniendo un impulsivo movimiento de cabeza a manera de respuesta afirmativa, junto con otro tironcito insistente —¿Qué buscas ahora con eso, Jonás?
Esas negativas comenzaban a fastidiarlo. Por ese motivo, volvió a jalar de él, esta vez con fuerza, para atraerlo aun en contra de su voluntad. Francesco, sorprendido y molesto, trastabilló perdiendo el equilibrio, para luego caer sobre él.
Con la cara hundida en su pecho, escuchando los latidos de su corazón. Sintió como Jonás lo abrazaba por la cintura para luego tirarse de espalda sobre el mullido colchón de plumas de aquella amplía cama con docel. Notó como él hundía su nariz en su corta melena rizada de oro. Resignado, dejó de luchar y prefirió esperar a que ese joven tomara la iniciativa de salir de su estado. Levantó la vista, consiguiendo, a duras penas, ver a través de sus largas pestañas una pequeña parte de clavícula, notando un llamativo lunar de casi un centímetro de ancho.
Francesco, se preguntó qué estaría pensando en ese momento. Pero, no tenía ganas de preguntarle, por alguna razón, intuía que, todo llegaría a su debido tiempo. A fin de cuentas, ya había hecho un pequeño avance al escuchar esas palabras de su boca.
«¡Dijo que le gusto...! Bueno, en realidad no lo dijo de esa manera. Sin embargo... tratándose de él ¿Podría decirse que si lo dijo?»
En parte, quería creerle a esa vocecita toda enamorada, que chillaba en su interior celebrando aquellas palabras como alguna especie de triunfo. Pero, quizás fuera la costumbre, como tal vez fuera la misma realidad, lo cierto era que había otra parte de él que se resistía a creer lo que había escuchado de boca de ese exconvicto.
«Si realmente yo le gustara ¿Por qué me rechazó cuando yo lo besé? No lo entiendo ¿En serio pretende qué yo le crea esa excusa de que lo asusté?¿Por qué, no mejor ser sincero y decir lo que realmente quiere de mí?»
Se machacó una y otra vez sintiendo como los brazos de Jonás se cerraban en torno a su cintura, apretándolo con fuerza, como si temiera que se le escapase de un momento a otro. Sintió el amargo sabor de la realidad al darse cuenta de cuanto podía llegar a doler ese tipo de calor. Más dolía al pensar en cuánto había soñado con ese momento y cuando al fin lo tenía, no podía disfrutarlo.
Lo mejor sería que se apartara y rompiera con ese abrazo. A fin de cuentas, el mismo Jonás había dicho que habían cosas más importantes en las que pensar. Sin embargo, aunque le dolía en el alma ese abrazo, tampoco quería privarse de ese calor con el que tanto había soñado.
Sintiendo deseos de llorar, se aferró como pudo a esa camisa almidonada que él le había regalado. Escondió la nariz en ese cálido pecho que, en ese momento, poseía un corazón de latidos fuertes y acelerados. Recordó ese día, el del primer beso. El día en el que había sido el mismo Jonás quien había estado llorando. Recordó como en ese entonces, él se había sentido la persona más feliz del mundo por aquella oportunidad de haber sido besado, aunque esto solo había sido por curiosidad.
«¡Tan feliz que me sentía yo en aquel momento! Que habría dado todo lo que tenía y más por ser solo yo la persona que te consolara, aun a sabiendas de que, para ti, yo no sería más que un simple juego con el que pasar el tiempo en aquella cárcel ¡Ay, Jonás! ¿Cómo es que llegamos a esto, Jonás? ¡No lo entiendo! Ahora que al fin te tengo, no te quiero, a menos que yo sea para lo que tú eres para mí¡A menos que tú busques las mismas cosas que yo! No quiero sobras de tu amor ¡Te quiero todo para mí!»
Quizás, él estaba pecando de egoísta y posesivo, pero, a decir verdad, era lo que quería decirle a la cara. Pues, era precisamente eso lo que sentía por él. Aunque, en un principio Francesco se había acercado a él por una mezcla de lástima y curiosidad, a medida que, fue conociendolo mejor, no pudo evitar sentirse atrapado en esos ojos de gato callejero. Llegó a amarlo de tal forma, que no pensaba conformarse con otra cosa que no fuera el mismo fervor que él le tenía.
Sintiéndose desdichado, lloró su mala suerte. Ese hombre jamás lo amaría de la misma manera. Bastaba con verlo ahí, en silencio, confundido por lo que él mismo acababa de afirmar para darse cuenta que, para Jonás, no era otra cosa que un simple juguete con el que pasar el tiempo. Sintió como él se alejaba un poco, aunque todavía seguía abrazado a su cintura.
—¿Y ahora por qué lloras, Francesco?— preguntó Jonás completamente confundido.
Había ocasiones en las que no dejaba de sorprenderse de la facilidad que tenía ese condenado escritor de derramar lágrimas. Había ocasiones en las que se preguntaba si, aquella característica de él, no sería algún tipo de enfermedad típica de las personas de su condición. Jamás había visto ese tipo de actitudes en hombre alguno. Pero, esos pensamientos, se guardaba muy bien de no decirlos, no quería herir sus delicados sentimientos.
Vio como Francesco levantaba la cabeza y lo miraba un tanto apenado. Su naricita puntiaguda comenzaba a notarse apenas enrojecida, como solía ocurrir cuando lloraba de aquella manera. Jonás desvió la mirada, por alguna razón, cada vez que lo veía de esa forma, no podía evitar pensar que se veía bonito, en su fragilidad.
«No me sorprende que los hombres lo busquen tanto... Incluso yo, quisiera estar a su lado... Aunque no sea una mujer... Quisiera protegerlo de todas formas. No me gusta verlo llorar...»
Observó en lo que levantaba la mano para limpiar esa delicada mejilla. No quería verlo llorar. Aunque no entendía absolutamente nada de los motivos que tendría ese escritor para estar derramando lágrimas con la misma facilidad que otros hombres proferían insultos, él prefería verlo sonreír y se esforzaba en que eso ocurriera.
—¿En serio lo preguntas, Jonás?— Indagó Francesco, haciendo una mueca similar a una triste sonrisa —¿Acaso no vez que esto que haces, me hiere en lo más profundo de mi alma?¿Acaso no eres consciente que, yo de ti, no quiero juegos?¿Qué pretendes hacer conmigo, Jonás?¿Qué buscas de mí?
Jonás lo observó en silencio. Todavía no estaba seguro de como expresar esa respuesta que tanto le pedía Francesco. Vio como su propia mano acariciaba aquella mejilla tan suave. Deseó, por un momento, quedarse así, en silencio. Quizás, con eso ese insistente escritor pudiera entender mejor lo que él no sabía explicar.
— Jonás... — murmuró Francesco en un tono de reproche.
Jonás suspiró resignado, tal lo visto, tendría que esforzarse más en darse a entender con él. Realmente, eso era un problema muy grande para ambos. Ellos eran como el agua y el aceite. Tan diferentes entre sí, que, a veces, no lograba entender cómo podía ser posible que se agradacen tanto.
—¿Qué dejes de llorar, por ejemplo... Eso me gustaría mucho en este momento, Francesco.— reconoció sin dejar de acariciar su rostro — me gusta ver como sonríes, se te marcan los hoyuelos y eso se te ve muy bien. Me gusta mucho besarte... No encuentro las palabras que quieres oír para explicarte eso. Es difícil para mí hablar de esas cosas, Francesco... Pero, realmente no quiero que creas que estoy jugando contigo. Ni siquiera sé porqué piensas eso, Francesco ¿Es porque te empujé en el baño? ¡Ya te dije que no fue intencional! Me asustaste, yo no esperaba que lo hicieras. Te pedí disculpas por eso ¿Qué más necesitas para creerme?
Francesco suspiró resignado. Ese hombre era lo más extraño que jamás se hubiera atrevido a conocer en su vida ¿Qué tanto sería lo que le costaba trabajo expresar? ¡Los sentimientos eran simples!¡Se sentían o no sentían!¡Se amaba o se desdeñaba! No había otra forma de expresarlos.
«Pero... Eso sería simple si yo fuera una mujer de verdad... Quizás, sea eso lo que le cueste expresar...»
Se dijo, como si intentara convencerse a la desesperada de que ese joven delincuente no le mentía en absoluto. Realmente necesitaba creerle. Intentó separarse de él, pero lo único que consiguió fue bajarse de su pecho y quedar a su lado. Tal lo visto, Jonás, todavía no tenía en mente soltarlo.
—¿Es porque soy hombre, verdad?— le preguntó directamente a la cara sin dejar de observar ese hipnotizante lunar en su clavícula —¿Nunca has estado con hombres, verdad, Jonás?¿Por eso te sientes confundido y no sabes qué responder ¿No es así?
«¡Es muy bueno buscando respuestas!¡Lastima que solo lo haga por motivos tan inútiles como este!»
Tuvo que reconocer, sintiendo deseos de terminar con esa incómoda situación. Lo observó en silencio, dándose cuenta de ese detalle y de la necesidad que él tenía de buscar una explicación a todo ese asunto. A decir verdad, había muchas cosas de las que no quería hablar, cosas muy personales que prefería hacer de cuenta que no existían. Suspiró resignado, sabía muy bien que, Francesco no le dejaría pasar aquello.