En silencio, dejó el frasco sobre la mesa, preguntándose de nuevo; ¿Qué esperaba Francesco qué le dijera en específico?
Casi en el acto, un pequeño recuerdo llegó a su mente. Volvió a sentir el olor de una camisa blanca bien almidonada y la calidez de un par de manos que le acariaban el cabello con dulzura femenina.
«Ya entendí, no quieres que me vaya, Jonás. Solo no sabes cómo decirlo y todo esto es muy duro para tí ¿No es así, Jonás? pero, si tú te quedas en silencio, ignorándome ¿Cómo quieres que yo te entienda, Jonás? »
Se llevó la mano a la boca, tapando con ese gesto el asombro que sentía al darse cuenta de error ¿Cómo se había atrevido a ser tan imbécil de no darse cuenta? ¿Cómo había sido posible olvidarse de esas palabras? ¡Si habían sido el mismo Francesco quien se las había dicho!
«¡Seré imbécil!¿Cómo no lo vi? Si gracias a eso fue que me comenzó a agradar él...»
Se maldijo, dándose un pequeño golpecito en la frente. Usualmente, prefería no pensar en ese tiempo en el que había conocido al escritor. Pues, todavía se sentía un tanto culpable al recordar el motivo de que ellos se relacionaran. Pero, no se debía olvidar de ese día, pues fue gracias a esas palabras tan comprensivas que él, en su actualidad, tenía mejores posibilidades de poder salir adelante y conseguir una mejor vida, completamente distinta a la que había llevado antes de terminar trás las rejas.
Recordó el motivo por el que había llegado a esa situación. Fue después de que el escritor le confesara lo ocurrido sobre el paradero del cuerpo de su hermano Pier. Él había quedado en estado de shock, como le solía ocurrir cuando sentía una emoción fuerte, como había ocurrido en aquella ocasión. Cuando eso pasaba, él, simplemente, se cerraba en sí mismo sin poder moverse o responder a estímulo alguno, de forma tal que parecía quedar inmerso en un estado catatónico, a la espera de que esas complejas emociones siguieran de largo. No sabía porqué le ocurría, solo sabía que así era como funcionaba su pequeña mentecita.
«Francesco estuvo largo rato insistiendo porque siquiera lo mirara. Pero yo no lo hacía ¡Vaya susto que le habré dado ese día! Si hasta parecía que en cualquier momento se echaría a llorar...»
Reconoció con cuanta insistencia y desesperación, ese pobre hombre lo había estado llamando sin resultado alguno. Incluso, llegó a sentir algo de remordimiento, al reconocer que, al escucharlo, en su interior solo quería que se callara de una vez.
«Pero... No quería que me dejara solo. Solo quería que cerrara la boca y me dejara tranquilo, para poder calmarme...»
Se dijo al recordar como, al cabo de un rato, ese escritor había terminado por desistir y sacado la conclusión de que él quería estar solo. Por eso le había dicho que se iba. Por eso, Jonás se había desesperado al escucharlo, consiguiendo reaccionar a aquello, abrazándose a él como un niño idiota.
«¡Jesucristo! Qué patético me habré visto rodeandome con sus brazos para que me abrazara y terminar llorando en su pecho...»
Se dijo sintiendo de nuevo la vergüenza de aquella actitud que había tenido. Aunque a Francesco, pareció no molestarle. Al contrario, él no se burlo en ningún momento y, solo tuvo a bien consolarlo en silencio, con sus manos cálidas sobre su cabello, hasta que, por fin, había conseguido calmarse.
«Tuve que reconocerselo... No sabía cómo explicarle todo lo que se me pasaba por la mente... Aunque, creo que pude hacerlo de todas formas...»
Si, Jonás había logrado decirle, a su manera, como se sentía: Solo y a la deriva. Esas habían sido las palabras que había logrado utilizar para darse a entender. Dos simples palabras que a Francesco le habían servido para ayudarlo a ver otra perspectiva de su situación.
Se dio cuenta que, como en ese momento, comenzaba a sentirse solo y a la deriva. Volvió a observar el espacio vacío en donde Francesco había estado minutos antes. Quizás, como en ese entonces, él, lo entendería mejor si aunque sea se atrevía a decirle un par de palabras como en aquella oportunidad.
«Pero... En este momento está muy enojado conmigo... Como tofo el mundo haría si alguien actúa como yo...»
Suspiró resignado. Sabía que lo mejor era ir a hablar con Francesco, pero temía que, como casi todo el mundo, no quisiera escucharlo. Sin embargo, otra opción no le quedaba, si lo que se proponía era simple y llanamente, hacer las pases y dejar las cosas lo más en claro posible.
Se levantó de la silla y fue en dirección a la habitación de Francesco, encontrandola cerrada y con llave. Sintió un mal augurio al respecto, sabía que lo mejor sería que él le diera su espacio y esperar que se calmase. Pero ¿Sino era en ese momento, cuando se volvería a atrever? Además que...
«No me atrevo a dejarlo solo... No quisiera que ese tipo lo ...»
Reconoció, recordando el motivo inicial de toda aquella disputa. Mientras él había estado adentro del pasadizo, notó como este, a unos pocos pasos se transformaba en una pequeña recamara rectangular lo suficientemente ancha como para que cupiera una pequeña puerta en cada uno de sus costados. Con eso y a escasa luz, no necesitó pensar demasiado para darse cuenta de que el lugar no era un túnel de un solo tramo y que, así como estaba la entrada de la biblioteca, así, seguramente, había más entradas a ese departamento.
«Lo más fácil sería que se largara de aquí, en lo que descubrimos la identidad de ese imbécil... Pero... Francesco no quiere saber nada con eso.»
Pensó Jonás, en el mismo momento en el que golpeaba la puerta para llamarlo. Ese era un pequeño inconveniente que había querido solucionar cuando lo había seguido a la cocina ¡Tenía que convencerlo de buscar otro lugar para quedarse! Era lo más seguro. Pero, no había previsto todo aquel desenlace.
«Y ahora me veo obligado a solucionar otras cosas antes de ir al grano ¡Dios! ¿Por qué todo es tan difícil? Quisiera que no fuera así... Y también quisiera que respondiera la puerta ¡Maldita sea! ¿Por qué tarda tanto?»
Volvió a golpear la puerta, esta vez con más fuerza. Pero, al igual que la primera vez, no obtuvo respuesta alguna por parte de Francesco. Comenzaba a sospechar que solo lo estaba ignorando. Así pues, exhalando un suspiro de resignación, volvió a golpear, ansioso.
—¡Francesco! Por favor, abre... Hay algo que tengo que decirte...— pidió elevando la voz, lo suficiente como para que pudiera escucharlo, pero, tampoco obtuvo respuesta —¡Ah, maldita sea!¡Francesco! ¡Abre, por favor! ¡La situación no está para juegos! Esto es muy peligroso... ¡Francesco!¡Francesco!...¡Ah, maldita sea, imbécil! ¡Abre de una condenada vez o la muelo a patadas en este maldito j0dido momento!
Entre más insistía, menos respuestas obtenía y, para empeorar las cosas, ya comenzaba a perder la paciencia. Completamente frustrado, dio una patada a la puerta.
—¡Bien, haz lo que quieras, imbécil!¡Luego no quiero tener que soportarte lloriquiando como un m4rica cuando te vuelvan a asus...!
¿Qué era lo que le volverían a hacer a Francesco? Nunca se supo, pues, Jonás, tuvo que interrumpir sus advertencias al escuchar un grito desgarrador que le heló la sangre. Suerte para él que entre más asustado se encontraba, más fácil le era encontrar la solución y reaccionar con rapidez. Como ocurrió en ese momento.
Con los gritos de Francesco retumbando en sus oídos, se acordó del pequeño broche de oro que había encontrado en el suelo del pasadizo. Sacándolo de su bolsillo, se agachó lo suficiente para tener la cerradura de la puerta justo delante de sus narices. Para un exconvicto como él, que había sido educado desde muy temprana edad en el arte del delito, abrir una puerta sin su llave, era juego de niños. Como consiguió demostrar al utilizar la punta del alfiler del broche de oro que llevaba en la mano.
—¡Francesco!— volvió a llamarlo al entrar presuroso abriendo la puerta de un empujo.
Para su suerte, el escritor se encontraba sano y salvo subido a su escritorio sin dejar de gritar desaforado a la vez que se tapaba las orejas y mantenía los ojos cerrados. Igual que lo haría una mujer que hubiera visto un maldito e insignificante ratón. Como era justamente eso lo que estaba ocurriendo.
—¡No j0das! ¿En serio vas a gritar de esa manera por un insignificante ratón?— le preguntó verdaderamente molesto a la vez que pateaba al pequeño ratoncito con tal fuerza que fue a dar contra una pared — ¡Con lo j0dida que está la situación, tú ahí chillando, por un treinta mil hijuepvta ratón!¿Es qué siquiera te has parado a pensar en lo que ocurre?
Estaba levantando la voz, demasiado para su gusto, se daba cuenta de ello, mas no podía evitarlo. Como le ocurría a menudo, había entrado en ese estado extraño en el que perdía completo control de su lengua y hablaba sin poder frenarse.
Por su parte, Francesco lo observaba en silencio. Viendo como, a medida que las palabras salían a borbotones sin ningún filtro que las suavizara o con tuviera, el rostro de Jonás, se congestionaba. Nunca lo había visto de esa manera, parecía como si estuviera intentando demostrar la desesperación que sentía frente a todo lo que ocurría.
—¡Tú no deberías estar aquí! Deberías haberle dicho a Mateo o a Bouvier o !a quién j0didos se te ocurriera! Que te cede un perro lugar en dónde j0dido vivir mientras buscamos dar con la identidad del muy hijuepvta que te está tocando los c0jones— insistió Jonás acercándose de tal forma al escritor que este no podia moverse de su sitio— ¡En serio, Francesco!¿No lo habías pensado?¿O es qué solo te preocupas por nimiedades como un par de condenados besos? ¡Que dicho sea, era lo que querías! Al igual que yo y por eso te los he dado...
«¡Oh, ya veo...!¿Así qué era eso lo que yo tenía que decir?¡Espera!¿Qué acabo de decir, imbécil?»
Pensó Jonás deteniéndose de golpe, con una expresión que demostraba encontrarse igual o más sorprendido que su interlocutor. Francesco, por su parte, solo lo observaba en silencio, sin demostrar realmente lo que pensaba de todo lo que acababa de oír. Lo vio tragar saliva para luego darle un pequeño empujoncito en el medio del pecho.
—¿Puedo bajar ya, Jonás?— escuchó como él le preguntaba en un susurro casi inaudible.
Jonás, sin saber a ciencia cierta que podría llegar a decir, prefirió apartarse de él, tal como se lo había pedido. Se giró un poco, quedando de perfíl con la cabeza gacha, ocultando del otro lado de su cuerpo esa vieja manía de morderse el labio inferior cuando buscaba procesar una emoción tan compleja como aquella.
Francesco vio con cierto disgusto como él retomaba su vieja costumbre de encerrarse en sí mismo. No le gustaba cuando eso ocurría. Le preocupaba esa actitud que, ya, le había dicho innumerables veces que no lo hiciera. Suspiró resignado al darse cuenta que, si quería entenderlo mejor, más le valdría hacer un esfuerzo para no tomarse como algo personal ciertas características suyas.