—No lo haré, hasta que me lo cuentes...— advirtió Jonás con un tono que resultaba ser un poco amenazante para Francesco — además, si colaboras, puedo ser muy bueno contigo, Francesco.
Si lo pensaba bien, en realidad, él no estaba ejerciendo ningún tipo de presión en aquel agarre. Más allá de las palabras que sonaban un tanto agresivas, Francesco, podía darse cuenta que nada le impedía moverse. Nada, con la excepción de ese par de ojos de gato que lo observaban con gran interés.
«¡Ah!¡Por favor Jonás! ¡No me hagas eso! ¡Ya suéltame, por favor!»
Siguió rogando pero esta vez por otro motivo. Esta vez Jonás lo volvió a besar. Un beso torpe, como si estuviera intentando tener más cuidado con él. Como si estuviera intentando ser alguien que en realidad no era. Poco a poco, sintió como él le rodeaba la cintura con sus manos. Pero, esta vez, Francesco no se dejó llevar por eso. Esta vez, Francesco lo empujó lo suficiente como para poder abofetearlo.
—¿Qué rayos crees que estás haciendo, Jonás? — le gritó más furioso de lo que cabía esperar — ¿Acaso piensas burlarte de mí, imbécil? ¡Responde, Jonás!
Jonás, por toda respuesta, se llevó la mano a la cara. Sujetándose la mejilla magullada. Se dio cuenta de un pequeño, pero no insignificante detalle: Si se lo proponía, ese escritor debilucho y asustadizo, podía defenderse perfectamente bien sin su ayuda. Volvió a su asiento, con la actitud de que nada hubiese ocurrido. Francesco lo vio sentarse y asir la tetera enlozada sin la menor delicadeza para luego servirse un poco de té de cedrón.
—¡Vaya! Ahora resulta que mi amigo el escritor cara de rata, sabía defenderse... ¿Por qué no mejor haces eso con ese tipo que te está siguiendo?— dijo después de beber un buen trago de té para luego agregar a la vez que tomaba uno de los pastelitos de la bandeja —No pretendo burlarme de ti, ni mucho menos. Solo te doy lo que tú quieres a cambio de la información que busco. Quizás, sea eso una buena pista para saber quién j0didos es ese hombre que te sigue ¿No lo habías pensado, Francesco?
No, a decir verdad, Francesco no había pensado en eso. Como tampoco había pensado en la posibilidad de que ese hombre entrara a su casa por medio de una horripilante biblioteca del siglo pasado. Pero, a Francesco no le importaba en absoluto todo ese asunto en ese momento. Francesco, solo quería saber una simple cosa.
—¿No era acaso qué, yo te daba asco?— le recriminó conteniendo la voz para no gritar, más de lo que ya lo hacía.— ¿No eran acaso que mis besos te repugnaba?¿Por qué ahora pretendes pagar un supuesto cambio de información con eso?¡Cuando soy yo la que te está pagando a tí por tu trabajo de quitarme a ese imbécil de encima! ¿Qué pretendes hacer, Jonás?¡Responde, maldita sea!
Jonás lo observó como si realmente no entendiera absolutamente nada de lo que él decía. Bajó la vista a la taza que tenía en frente suyo ¿Cuándo había dicho él que le repugnaba besarlo? A decir verdad, no sabía explicar a ciencia cierta lo que le provocaba besarlo. Pero, al menos, podía admitir que "asco" no era.
—¿Cuándo dije eso, Francesco?— preguntó en un susurro sin levantar la cabeza —¿Cuándo dije que me dabas asco? Que yo recuerde, hasta te he dicho que te ves bien con tus vestidos. Dicho sea ¿Por qué te lo has quitado?
Recién en ese momento reparaba en ese detalle de la ropa. Al pensarlo un poco más, resultaba un tanto extraño que hubiese cambiado de atuendo para usar el aburrido traje masculino que tanto odiaba. Más extraño resultaba eso si tenía en cuenta que, Francesco mismo le había admitido que, puertas adentro, él se ponía sus hermosas faldas.
—¿Importa realmente eso, Jonás?— preguntó Francesco sin poder contener el malestar que le producía sentirse burlado —¿Importa realmente por qué no estoy usando esos estúpidos vestidos después de que prácticamente me echaras del cuarto de baño y me acusaras de depravado?
Exteriorizarlo era demasiado chocante para Francesco, quien a cada palabra que salía de su boca, más tenía la convicción de que ese maldito mocoso que tenía en frente suyo solo se estaba riendo de él en su propia cara. Todavía tenía el frasco de azúcar en la mano.
—¿Importa eso, cuando solo veo de ti que te estás burlando de mi, Jonás?— gritó sin poder contener toda la ira que brotaba de su garganta — ¡Responde, Jonás!¿Por qué me besaste para luego empujarme de esa manera?
Jonás levantó la cara para poder verlo mejor, entiendo un poco el motivo de su cólera. Pero no lo suficiente como para creer que estaba en la posibilidad de responderle ¿Por qué se molestaba tanto por aquel pequeño altercado? Simplemente lo había tomado por sorpresa y por eso había actuado de esa manera. No había sido su culpa, ni la de Francesco. Menos aun, aquella reacción podía suponer que le repugnase besarlo.
«Solo no sé cómo explicárselo. Pero, él no me repugna... ¿Cómo podría si él es tan amable conmigo?»
Para Jonás, esos temas eran demasiado simples. O la persona le agradaba o no le agradaba y todo dependía por el simple hecho de cómo lo tratasen. Aunque, con Francesco era más complejo, por eso no sabía explicar realmente lo que sentía o esperaba de ello. Se encogió de hombros, como solía hacer cuando quería enmascarar su miedo a hacer el ridículo debido a su dificultad para exteriorizar palabras e ideas complejas.
—Eh... creo que puedo explicarlo: Si haces ese tipo de cosas, de manera tan repentina. Muy probable es que la persona se asuste y confunda...— intentó explicarse, aunque sentía que Francesco no lo estaba entendiendo realmente — ... Y... Hay personas que simplemente reaccionan así ante esas cosas. No significa que sea porque me disgustas ¡Es más! Debo reconocer que habrías tenido el mismo resultado si me hubieses tocado el hombro y no me hubiese esperado eso. Perdón, no lo tomes como algo personal.
Francesco, ante esa respuesta un tanto extraña y dicha con tanta indiferencia, no pudo menos que indignarse aun más. Bufó verdaderamente fastidiado por todo eso y le aventó el frasco de azúcar a la cara, con tal puntería que habría dado en el blanco de la nariz perfilada de Jonás, de no ser porque él tenia buenos reflejos y lo atrapó en el aire. Aún más molesto, agregó en lo que se daba la vuelta.
—¡Ash!¿Sabés qué, Jonás?¡Déjalo así! Me rindo contigo, eres un j0dido imbécil. Déjalo así, yo ya tengo demasiadas cosas que hacer como para estar preocupándome por estas incoherencias tuyas— dijo antes de marcharse de la cocina.
Jonás solo lo vio partir en silencio. Para su desgracia, ya sabía que haría eso. A fin de cuentas, todo el mundo lo hacía. Tarde o temprano, todos se enojaban con él por su forma de ser. Miró el frasco que tenía en la mano y sonrió en una mueca amarga. Odiaba cuando esas cosas pasaban y se culpaba por eso.
«¿Qué es lo que quiere le diga realmente? ¡No lo entiendo! Él no me disgusta! ¡Me agrada mucho estar con él! Me parece que se ve bien con esos vestidos. Me gusta sus atenciones, me hacen sentir bien. Me gustan sus besos... Solo no me gusta que me tomen por sorpresa. Pero me importa mucho su bienestar... Por eso acepté ayudarlo... ¿Es qué acaso se lo tengo que decir? ¿No es algo obvio?»
Frustraba, ese tipo de cosas, frustraba demasiado. Porque él era persona sencilla y no creía en la necesidad de palabras. A fin de cuentas, a las palabras se las llevaba el viento porque eran muy fácil decirlas, pero difícil sostenerlas.
Las palabras eran complicadas para Jonás, porque una palabra podía significar muchas cosas y no todas eran buenas. En cambio, sentía que las acciones tenían más peso a la hora de darse a entender, porque bastaba solo con ver a la persona actuar para darse cuenta qué tan sincera eray cuáles eran sus verdaderas intenciones. Pero, tal lo visto, el mundo no pensaba igual y, solo unos pocos, a su manera, podían llegar a entender muy poco de cómo pensaba él.
Usualmente, a él le tenía sin cuidado ese tipo de cosas. A fin de cuentas, el sentimiento era mutuo: El mundo, no lo entendía y, él, no entendía al mundo. Bajó la cabeza y vio las dos tazas de té, junto con la bandeja de pastelillos y la tetera con el agua ya fría.
«Pero... Francesco tampoco es como el mundo... A él tampoco lo entienden...»
Se dijo sintiendo el vacío que dejaba esa soledad de no sentirse conforme con la situación en la que vivían. Cierto era que, ni siquiera él mismo podía entender a Francesco. Ni Francesco lo entendía a él. Aun así, Jonás, se sentía reacio a poner distancia entre ellos. Porque, a decir verdad, una parte de él, intuía que, de vez en cuando, Francesco lograba entenderlo.
«¿Pero cómo llego a eso?¿Cómo puedo lograr ese resultado?»
En silencio, dejó el frasco sobre la mesa, preguntándose de nuevo; ¿Qué esperaba Francesco qué le dijera en específico? ¿Qué era lo que necesitaba ese escritor para conseguir entenderlo?
Casi en el acto, un pequeño recuerdo llegó a su mente. Volvió a sentir el olor de una camisa blanca bien almidonada y la calidez de un par de manos que le acariaban el cabello con dulzura femenina.
«Ya entendí, no quieres que me vaya, Jonás. Solo no sabes cómo decirlo y todo esto es muy duro para tí ¿No es así, Jonás? pero, si tú te quedas en silencio, ignorándome ¿Cómo quieres que yo te entienda, Jonás? »
Abrió grande los ojos, sorprendido al darse cuenta, por fin, de su error ¿Cómo se había atrevido a ser tan idiota de olvidar eso mismo que Francesco le había dicho aquel día?¡Si la respuesta estaba ahí! Al alcance de su mano, simplemente, él no la quiso ver.