—Se olvidó un pequeño detalle... Cerrar el pasadizo. Mira esto, Francesco — pidió Jonás tomando la agarradera — Esta agarradera está hecha para ocultarla por el lado del pasadizo y que no se note desde afuera. Mira...
Para agregar enfasis a sus palabras, Jonás, comenzó con su demostración, jalando de la manija hacia atrás. Ese mueble, poseía un simple juego de encastres y hendiduras que, al mover la agarradera en la dirección correspondiente, todos aquellos huecos quedaban ocultos por la misma, como si nunca hubiese existido nada como aquello del lado de afuera. Francesco, observó en silencio como Jonás jugaba con el dispositivo mostrando, una y otra vez, con cuánta facilidad cambiaba de lado esa maldita manija para luego trabarse en su posición original.
— Mira con atención todo los detalles que puedas.— le dijo Jonás en lo que entraba a la pequeña recamara y comenzaba a tirar de la agarradera moviendo la biblioteca como si se tratase de un simple biombo ornamental—Da un pequeño golpe a la pared cuando termines...
En silencio, Francesco, vio como él desaparecía detrás de la biblioteca. Cuando eso ocurrió, se puso a inspeccionar a consciencia todo lo que pudo de ese mueble. Descubrió así que, a menos que lo observasen muy de cerca, nadie se podía dar cuenta de los secretos que guardaba detrás. Las finas líneas que formaban los bordes de las piezas eran casi imperceptibles a los ojos y al tacto. Tuvo que darle a Jonás, aquel mueble, era una buena pieza, única en su tipo. Dio un golpe en la pared, tal como se lo había dicho Jonás.
— Por eso nadie te creyó... Porque, a menos que se hubiesen tomado la molestia de examinar el mueble como hice yo, no se iban a dar cuenta de nada. — concluyó el joven delincuente saliendo de su escondite para luego agregar en lo que sacaba del bolsillo de su pantalón un pequeño broche de oro — Por cierto, parece que a tu amigo se le olvidó esto ¿Lo reconoces quizás?
Francesco tomó el broche con su mano derecha. Lo dio vueltas sin dejar de observar el objeto, tratando de recordar con exactitud quién era su dueño. Por el aspecto del mismo, parecía ser una alhaja muy vieja y mal cuidada. Pero, de su propietario nada pudo decir.
—Solo sé... Que lo he visto antes. Pero, no recuerdo dónde, ni quién lo ha usado...—reconoció frustrado por no dar con la respuesta a la vez que le devolvía el broche de oro para agregar con un tono de duda en la voz. —¿En las joyerías sabrán algo? Aunque no estoy seguro... Parece muy viejo. Quizás, ni siquiera haya sido comprado en París...
Vio como Jonás observaba con demasiada atención aquel broche, como si estuviera intentando arrancarle la respuesta con la mente. Quizás, solo estaba sopesando la sugerencia que él le había dado. Al menos, eso era lo que parecía, pues, al cabo de un breve momento, lo vio guardarse el ornamento en el bolsillo de su pantalón y encogerse de hombros.
—Puede ser, hasta que no lo intentemos, no lo sabremos...— reconoció volviendo la vista a la biblioteca como si tuviera otra cosa en mente — ¿Podrías darme un cuchillo de punta fina o algún tipo de herramienta para quitar esta manija? Hay que hacer algo con esto, para que no pueda entrar. También nos valdrá correr un par de muebles del lugar. Para bloquearle el paso ¿Cuál crees tú que sea el más pesado?
Tardaron un par de horas en acomodar las cosas de la habitación. Y eso simplemente porque Francesco se oponía a que la nueva distribución de los muebles no fuera agradable a su vista. Pero, cuando al fin terminaron con su labor, el escritor pudo sentir algo remotamente parecido al alivio.
—¡Ah! Espero que, con esto deje de entrometerse tanto en mi casa...— admitió exhalando un suspiro de alivio —No quisiera tener que irme de aquí ¡Con lo mucho que me costó encontrar un lugar donde vivir en el que nadie me moleste por...! Mis cosas...
Dicho esto, salió de la habitación en dirección a la cocina. Ya venía siendo hora de tomar un pequeño tentempié. Jonás, por su parte, solo lo siguió en silencio, sin dejar de darle la vuelta a toda la información que tenía a su disposición. Pero hubo algo que llamó su atención.
Recordó el día que, por orden de Tommaso, había ido a verlo para serciorarse de que se pusiera en contacto con Mateo y así poner en marcha ese estúpido plan en el que tanto habían estado trabajando para secuestrar a ese escritor. Cayó en la cuenta de ese pequeño e insignificante detalle que se le había olvidado: Francesco no vivía en ese pequeño y modesto departamento de los suburbios en el que se encontraban en la actualidad. Francesco, en aquel entonces, vivía en un departamento mucho más lujoso y cercano al epicentro de la ciudad de París. Para ser exactos, Francesco, vivía justo en frente de la catedral de Notre Damme, alquilando el lugar a una vieja que, al juzgar por la manera en la que había visto a Jonás aquel día, daba la impresión de que hacía años que en sus oraciones rogaba por una buena f0llada. Se preguntó qué habría ocurrido con ese lugar.
Observó como Francesco comenzaba a encender la estufa a gas para luego colocar una vieja tetera de hierro llena de agua al fuego de la hornalla. Lo vio hurgar entre frascos de porcelana adornados con hermosas etiquetas en las que, intuía, estarían los nombres del contenido de estos; inspeccionándolos a consciencia.
«Canela... Cedrón... Menta... ¿Tilo?»
Reconoció Jonás al sentir el olor de cada uno de esos frascos que Francesco abría. Se sentó ante la mesa de la cocina, sin dejar de observar su ir y venir, en silencio. Apoyando sus codos sobre la tabla de madera, recordó que, también aquel día, Francesco, había estado haciendo lo mismo. Pero, en aquella oportunidad, ellos se encontraban hablando.
« Él tenía mucho miedo de que Mateo siquiera aceptara reunirse con él. Fue difícil hacer que escribiera esa maldita carta. Le temblaban mucho las manos.»
Recordó como se había visto obligado a ayudarlo a colocar la hoja de papel en la máquina de escribir. También, se avergonzó de si mismo por llamarlo marica miedoso en un momento específico en el que comenzaba s perder la paciencia. Aunque eso no pareció importarle a ese escritor.
«No, él solo se rió de lo que dije y me pidió disculpas, dándome la razón. Me preguntó si yo quería tomar un poco de té, pues él a esa hora siempre toma el té, y me sirvió unos cuantos bocadillos. Fue la primera vez que tomé un té de cedrón... Como ahora, que parece que va a elegir lo mismo. »
Sonrió de lado, viendo como Francesco sacaba la tetera del fuego con mucho cuidado de no quemarse y vertia su contenido en otra tetera más bonita y nueva, una esmaltada con decoración de rosas, para luego colocar en su interior un puñado de hierbas con olor a cedron. Según Francesco, esa planta tenía facultades relajantes que lo ayudaban a calmarse y a escribir con mayor facilidad. Cosa que en aquel entonces, era lo que necesitaba. Como en ese momento, en el que parecía estar al borde de colapso.
«Se ve que pudo conseguir esa extraña tetera china que tanto quería. Me pregunto si habrá ido a donde yo le sugerí que fuera. A todo eso ¿Seguirá existiendo ese bazar? Me daré una vuelta en estos días, ese viejo turco seguro sabrá algo de este broche.»
Meditó con la mano en el bolsillo del pantalón, como si quisiera cerciorarse que ese broche seguía en su lugar. Pero, sus recuerdos volvieron a esa tarde, recordó que en aquella oportunidad, Francesco se había disculpado por el estado de sus utensilios,le daba vergüenza no poder invitarlo como era debido, y que, en el momento en el que él estaban por responder a eso, la dueña del lugar había decidido entrar para acusarlos de "s0domitas" y "perversos", exigiéndole que se fuera de alli.
«¡No quisiera tener que irme! ¡Con lo mucho que me ha costado encontrar un lugar donde me acepten y no digan nada por mis..! Gustos.»
Había exclamado Francesco todo aflicción, antes de ir a la cocina a preparar su acostumbrado té de la tarde. Una frase casual que aparentaba guardar más significado del que había supuesto en un principio.
«En aquella oportunidad, me le reí a la vieja en su estúpida y arrugada cara ¡Ja, ja , ja! Recuerdo que le dije que no molestara, que yo no tengo esos gustos perversos con las ratas. Que yo ya tengo muchas mujeres con las que hacer esas cosas... Aunque, en realidad yo no estaba saliendo con nadie y Emanuelle ni siquiera me miraba.»
Pensándolo un poco más, si bien el altercado no había pasado a mayores, por alguna razón, Jonás intuía que, quizás le convenía saber un poco más sobre el desenlace de aquella historia. Vio como Francesco terminaba de servir el té y se giraba a buscar algo más.
—¿Qué pasó con el departamento en donde vivías cuando te conocí?— le preguntó en el momento en el que lo veía sacar de la alacena una pequeña y primorosa bandeja con bocadillos adornados en fresas bañadas en chocolate.
Al oír eso, Francesco pareció querer escaparse de aquella pregunta. Intuyó así que, nada bueno habría ocurrido con ese condenado departamento. No le sorprendía en absoluto que fuera eso. Si tenía en cuenta la manera de ser de la vieja dueña, no se podría esperar otra cosa. De todas formas, Jonás lo dejó hablar.
Levantandose de la silla, fue a ayudarlo con lo que quedaba por hacer. Tomó la bandeja de sus manos, rozándolas al pasar. El pequeño y vago recuerdo de los besos compartidos en la celda volvieron a él con asombrosa nitidez. Pero se forzó a dejarlos de lado y enfocarse en el presente.
—Nada bueno...— escuchó como él le respondía escondiéndose detrás de la excusa de buscar el tarro del azúcar.—... solo preferí irme de allí para que la dueña dejara de molestarme...
Jonás lo observó de soslayo, con un silencio meditativo. Resultaba evidente que ese sería el motivo real de todo el asunto. Aun así, él necesitaba saber un poco más. Le quitó el frasco de las manos, con la misma actitud que había usado al quitarle la bandeja. Solo que en esa oportunidad, se decidió por mirarlo bien a la cara. Sabía lo fácil lo fácil de desarmar que podía llegar a ser ese escritor cuando él lo miraba de esa manera.
—¿Solo eso, Francesco?— insistió con voz seria sin dejar de mirarlo a la cara con sus ojos de gato que median a su presa.
Notó como Francesco intentaba voltear el rostro a un costado para eludir su mirada. Jonás, decidió que no le daría la oportunidad de escaparse. Sabía que había algo más, algo que él le estaba ocultando. Sus motivos tendría, pero, dado a como estaban las cosas, Jonás, quería saber más del tema.
—¿ Estás seguro que no quieres contarme nada más, Francesco?— le preguntó tomando su afilada barbilla, sintiendo la piel suave y delicada de ese escritor —¿Por qué me eludes ahora, Francesco?
Lo obligó a verlo de frente, pero Francesco se resistió a eso de todas formas. Cerró los ojos con fuerza, para no mirar esos ojos oscuros de gato salvaje que tanto lo atemorizaban y atrapaban a la vez. No quería desarmarse allí mismo, no después del rechazo ocurrido en el cuarto de baño.
— Suéltame, Jonás...— pidió en un delicado susurro, casi como si este fuera un ruego—... Suéltame, por favor. Me lastimas, Jonás...
No, no lo estaba lastimando realmente. Al menos no, de forma visible. Las manos de Jonás era suaves y cálidas, aunque también eran toscas y torpes. Las manos de Jonás nunca habían lastimado su piel. Pero, en ese momento, ocasionaban dolor en él. Un dolor muy profundo e invisible. En su alma ya rota.
— Suéltame, Jonás, por favor. Me haces daño...— volvió a rogar lastimero, comenzando a llorar en silencio.
Pero, Jonás parecía haber perdido el sentido del oído. Pues solo lo observaba en silencio, sin hacer otra cosa que mirarlo peligrosamente a la cara. Jonás, se resistía a soltarlo y, lo que era un peor, se le estaba acercando con lentitud.
—No lo haré, hasta que me lo cuentes todo...— escuchó de sus labios con una voz que no supo interpretar a la perfección.—... vamos, Francesco, que estoy seguro que hay algo que me conviene saber. Además, puedo ser muy bueno contigo, si colaboras...