Las manos de Francesco lo tomaban por la nuca, enredando los dedos en su cabellera de ébano. Eran las mismas manos que lo habían acariciado en la celda, las que, en ese momento lo estaban buscando. La misma boca con sabor a fresas. La misma persona. Todo era prácticamente lo mismo, aún así, para Jonás, todo era distinto.
Un pequeño palpito golpeó en su rostro, un recuerdo aciago que no quería mirar. Unas manos grandes y dañinas se sernian sobre su piel. Una boca apestosa, con sabor a tabaco y vino rancio besaba la suya con hambre voraz. Un par de ojos oscuros, inyectados en sangre, lo observaban en la oscuridad de su alma, como solo podría observarlo un depredador.
—¡Espera!... ¿Qué diablos crees que haces, imbécil?— exigió saber, empujando a esa persona lo más lejos de su espacio personal.—¿Acaso solo quieres jugar conmigo?¿Acaso... Todo esto era algún tipo de truco asqueroso para que yo estuviera a tu merced?¿Eh?
Francesco lo observó asustado,a decir verdad, ni siquiera él mismo entendía realmente porqué lo había hecho. Solo había sentido esa necesidad de hacerlo y... Lo hizo. A fin de cuentas, si ya se habían besado dos veces antes ¿Qué daño podía llegar a hacer una vez más?
«Sin embargo... Él reacciona distinto a lo esperado. No lo entiendo ¿Por qué insinúas eso, Jonás? No tiene sentido, más aun si tengo en cuenta que tú mismo me has besado antes ¿Qué ocurre, Jonás? ¿Qué hice mal?»
Sintió deseos de preguntarle. Pero, no lo haría en ese momento. No, mientras lo veía apartarse lo más lejos posible de él. Lo más lejos que le permitiera esa tina de baño en la que se encontraba. Agachó la cabeza, arrepentido por su propia necedad. Él era el único culpable de todo eso. Él y nadie más que él. Por haber creído que alguien se atrevería a verlo de alguna manera que no fuera la de siempre. Por creer que ese hombre lo...
«Me deseaba... Soy un idiota, es lo único que soy.»
Se dijo, sintiendo el dolor del rechazo de la mirada de Jonás. Sintiendo deseos de llorar otra vez, pero esta vez, por motivos reales. Sin embargo, no lo hizo. Se forzó a sonreír y a mirarlo a la cara con la cabeza bien en alto y el orgullo disfrazando su pesar.
— Perdón... — pidió en un murmullo quedo, casi inaudible — ... No fue mi intención molestarte. Solo... Fue una pequeña broma. Disculpa... Te dejo solo para que termines de bañarte...
Sin esperar respuesta alguna que no quería escuchar, se marchó del cuarto de baño, cerrando presuroso la puerta. Dejando a Jonás a solas, con sus fantasmas. Pero esto a ese joven no le importó y, a decir verdad, puede que, ni siquiera se hubiese dado cuenta de lo ocurrido.
En la tina, con el agua ya fría mojando parte de su torso, Jonás, se abrazó a si mismo. Temblaba, como siempre le ocurría, cada vez que ese tipo de cosas sucedían. Temblaba con violencia y no de frío.
No era la primera vez que le ocurría y dudaba mucho que fuera la última. A decir verdad, Jonás, estaba tan acostumbrado a esos extraños ataques que, ya sabía cómo calmarse solo ¿Qué otra cosa podría hacer? Era su madero de tormento con el cual tendría que vivir hasta el fin de sus días.
Pero, eso no lo sabía Francesco, quien en ese momento se encontraba frente a su escritorio, observando la máquina de escribir con el semblante decidido a no pensar en el asunto. No quería que Jonás lo viera llorar. Se lo tenía más que merecido por estar jugando con la buena predisposición de él.
Se había quitado el estúpido vestido de dama, junto con el maquillaje y la peluca de risos dorados. En su lugar, se encontraba el mismo pantalón n3gro con su camisa blanca con el que siempre había sido obligado vivir desde que tenía uso de razón. Un aburrido atuendo con el que jamás conseguiría congeniar. Pero ¿Qué más daba? Así era como funcionaba el mundo:
Las personas que habían nacido en un cuerpo masculino, usaban pantalones. Y... Las mujeres... Faldas. Pensar que podría ser diferente, era una aberración antinatural y, persistir en ella, era un pase directo al infierno.
« Lo mismo si amas a un hombre, siendo hombre. Si cuestionas la voluntad divina. Si has tenido relaciones carnales sin estar bajo el yugo del sagrado matrimonio. Si deseas a la mujer que ya está comprometida. Si disfrutas de las relaciones carnales. Si comes carne roja en plena Cuaresma. Si te duermes en la homilía dominical... Me pregunto ¿Cómo fue que a ese "Dios" tan amargado no se le pasó por la cabeza decir que simplemente bastaba con estar vivo, para que eso también fuera un pecado? ¡Oh, claro! Se me olvidaba ¡Si no lo estás, también lo es!»
Observó con mal humor en lo que seguía escribiendo un tramo más de aquella novela en la que estaba trabajando. Una pequeña e insulsa historia, que hablaba de una inocente e insulsa monja que era seducida por un perverso e insulso pr0xeneta. Una historia que había salido de una anécdota escuchada de labios del padrino de Mateo, él señor Jonathan Amadeus Smith.
Quizás fuera por la temática tan blasfema que se encontraba escribiendo o quizás solo fuera lo que él mismo pensaba sobre ese dichoso "Dios" que lo había condenado a vivir aquella vida ingrata, que su malestar e inconformidad, no hacía otra cosa que acrecentar. Tanto así que no se dio cuenta de la persona que se encontraba detrás suyo, en silencio, observándolo como un depredador observa a su presa.
Aquel intruso, tenía el paquete que Francesco había dejado olvidado en el recibidor de su departamento, junto con la rosa y la carta. Aquel intruso, sonrió con malicia y, simplemente, le dejó el recado a un costado del escritorio, para que no se olvidara de él. A fin de cuentas, Francesco era suyo y de nadie más. Hecho esto, desapareció por un pasadizo secreto oculto en la misma habitación. Prediciendo un pequeño sonido, similar al suave rumor de las cosas al correrse de su sitio sobre una mullida alfombra de piel.
«¿Uh? ¿Qué fue eso?»
Se preguntó Jonás en el momento en el que salía del baño, completamente limpio y vestido. Le pareció ver por el rabillo del ojo un movimiento un tanto extraño en la habitación donde se encontraba Francesco. Pero, no tuvo mucho tiempo para ponerse a pensar en lo sucedido. Pues, el mismo Francesco lo sacó de dudas al proferir un desgarrador grito con su acostumbrada voz chillona.
—¿Ahora, qué ocurrió?— fue lo único que alcanzó a preguntar al momento de entrar a la habitación.
Vio a Francesco sentado en el suelo, como si se hubiera caído. Notó como él temblaba de miedo y sin dejar de señalar en la dirección de su escritorio, donde se encontraba ese condenado paquete que había llegado un tiempo antes. Se acercó a Francesco y lo ayudó a levantarse, sin dejar de observar el paquete un tanto desconcertado.
— ¿No te lo habías olvidado en el recibidor?— preguntó mientras lo tomaba entre sus manos.— ¿O mientras yo estaba en el baño lo has traído aquí?
Aquella sugerencia, pareció molestar realmente a Francesco. Quien reaccionó fuera de sí e intentó quitarle el paquete de las manos. Pero, por alguna razón, Jonás, se resistía a soltarlo. Frustrado, Francesco, golpeó con el pie el suelo y se cruzó de brazos. Una actitud que, en otro momento, le hubiese hecho gracia a Jonás. Pero, en el que se encontraba, lo único que provocó en el joven delincuente fue fastidio.
—¡Claro que no hice eso, Jonás! ¿Por quién me tomas?— escuchó como lo censuraba.— yo estaba escribiendo aquí y, cuando quise moverme a cambiar la tinta de la máquina... Eso... ¡Eso ya estaba ahí!¡Creeme!¡No estoy mintiendo!¡Eso ya estaba ahí!¡Ese hombre ha entrado otra vez! ¡No sé cómo lo ha hecho, Jonás!¡Pero ha entrado otra vez!
Los chillidos de Francesco hacían que a Jonás le doliera los oídos. Pero, aun así, intentó hacer el esfuerzo de ignorarlo y hacer su trabajo. Pensando un poco, no resultaba difícil suponer que aquel intruso hubiera entrado por la puerta. Sin embargo, Jonás tenía sus dudas al respecto. Aun así, tenía que estar seguro de eso.
—Sin ofender... ¿Has cerrado bien la puerta, verdad?— le preguntó en lo que se encaminaba al vestíbulo seguido muy de cerca por Francesco.
—¿Es en serio?¿Por quién me tomas, Jonás?— fue toda la respuesta que él se dignó a darle antes de verlo dar la vuelta y volver a su habitación.
Jonás, solo lo observó en silencio, para luego seguir con su tarea. No necesitó mucho rato para darse cuenta que, en efecto, la puerta estaba bien cerrada por dentro. Eso no tenía sentido. Sino había entrado por la puerta ¿Por dónde más habría llegado?
«A menos que estemos tratando con alguna especie de fantasma. Tiene que haber alguna manera de entrar que no sea por la... ¡Oh! ¡Ya sé!»
Recordó eso extraño que había llegado a ver de soslayo al salir de bañarse. Volvió tras sus pasos, para luego detenerse junto a la puerta del baño y mirar de la misma forma que antes, en dirección a la habitación de Francesco.
«¿Y eso?¿Desde cuándo las bibliotecas tienen una agarradera en un costado? Tendré que preguntarle a Mateo, que de estas cosas sabe más que yo...»
Se dijo irónico a la vez que levantaba la ceja. Él quizás no sabría absolutamente nada de libros, sin embargo, tenía vagas nociones de carpintería y, no le era muy difícil saber que, si un mueble como ese llevaba agarraderas, no era para que se estuviera quieto en el lugar.
Con esa idea en mente, caminó presuroso y en silencio hasta esa biblioteca. Era un mueble enorme que, a simple vista, parecía ser muy pesado. Tenía el ancho y largo de una puerta común. Tanteó la madera, reconociendo su buena calidad. Pero, había un detalle que llamó su atención.
«Está hueca...»
Observó al dar golpes suaves con sus nudillos en la madera y sentir el suave sonido retumbante de cascarón vacío de bajo de sus dedos. Se giró a ver a Francesco, quien, en ese momento, lo observaba como si se preguntase si, por casualidad, él, no se hubiera vuelto loco de repente.
—Linda biblioteca, buena madera y buenas tallas. Se nota que no es un mueble usual...— reconoció con actitud casual— ¿La has mandado a hacer tú?
Desde el escritorio, Francesco entornó los ojos intentando entender a qué venía aquella observación. Suspiró resignado y se dio la vuelta, volviendo a su trabajo. Quizás, había sido una muy mala idea haber sugerido a Mateo que liberara a ese joven para que lo ayudase. Escuchó como Jonás se acercaba a él, con pasos suaves y se detenía justo a su espalda.
— Haz de cuenta que estás con tus cosas. No te des la vuelta. Solo mira tu máquina de escribir, como si estuvieras trabajando...— escuchó que le pedía.
Quiso preguntar para enterarse de lo que se proponía hacer con ese juego extraño. Pero, la curiosidad pudo más y , por eso mismo, simplemente hizo lo que se le pidió. Escuchó como Jonás volvía unos pasos hasta un punto específico de la habitación. Escuchó el rumor de algo correrse. Un rumor casi imperceptible.
Se llevó la mano a la boca, tapando de esa forma su asombro al entender lo que Jonás había estado suponiendo. Se dio la vuelta con rapidez, para encontrarse con la biblioteca a un costado de la pared, como si de una puerta corrediza se tratase. No le hizo falta más demostraciones. Se levantó presuroso de la silla y caminó de igual forma hacia Jonás que se encontraba de pie observando la entrada de aquel pasillo recien descubierto.
— Por aquí entró tu admirador secreto...— lo escuchó observar cuando él estuvo a su lado.— Es alguien que conoce muy bien este edificio... Y tus costumbres... Sabía que estarías aquí con tu trabajo, que yo estaba en el baño y por eso se arriesgó a entrar.
Francesco, observó, atónito, como Jonás se acuclillaba tomar algo del suelo. Escuchando la explicación, todo comenzaba a tener sentido. Los regalos, no eran otra cosa que una simple manera de cerciorarse de que él estuviera en el departamento. El hecho de que hubiera sido él quien atendió la puerta y no Jonás, ya le había dado a ese intruso toda la información que requería.
— Pero, como a mí no me conoce, tuvo que ser rápido y más precavido. Por eso te envió el paquete... Dicho sea, me arriesgo a suponer que, es la primera vez que usa un intermediario.— siguió hablando Jonás, sin dejar de buscar algo en el lado interno del pasadizo— Las anteriores, usó la misma táctica. Entrar por aquí, aprovechando que tú estabas ocupado ¿No es así, Francesco?
Francesco no respondió. A decir verdad, no creía que hiciera falta hacerlo. Pues, a lo visto, Jonás ya sabía la respuesta. Ese admirador suyo no usaba intermediarios, solo dejaba entraba en el departamento y dejaba su presente para luego irse del lugar como si nunca hubiese estado allí. Por ese motivo nadie tomaba en serio sus quejas.
— Pero, en esta ocasión, se olvidó de un par de detalles. El primero: Cerrar bien el pasadizo. Y, el segundo ¡Mira esto!— continuó Jonás, levantandose del suelo con un viejo broche de oro — ¿Lo reconoces de alguien?