«¿Por qué insiste?¿Por qué?¿Qué mal le he hecho yo a este perro mundo para tener que soportar tanto escarnio? ¡¿Qué, Dios, qué?!»
Se lamentó Francesco con la cabeza oculta entre los pliegues de su falda. Su mundo se derrumbaba con cada maldita rosa violeta que ese desconocido infeliz le hacía llegar. Jamás había visto su asqueroso rostro, jamás había tenido ocasión de conocer su voz. Pero, el solo mensaje oculto en esa flor, lo aterrorizaba.
Para peor de todos los males, parecía ser que, nadie lo tomaba en serio. Tanto Mateo como Lawrence, incluso el muy imbécil del General Le Bras, solían reírsele a la cara. Y, ahora, tendría a otro más.
Porque no le cabía duda alguna de que, cuando Jonás lo viera así, seguramente se burlaría de él ¿Qué otra cosa podría esperar?¡Si Jonás era un hombre, al igual que los demás! Y ¿Qué hombre podría llegar a entender estos asuntos? Que él supiera ¡Ninguno!
Una mano se posó en su hombro. Una mano, un tanto húmeda que lo sacó de sus pensamientos agoreros. Francesco, levantó la cabeza, encontrándose con la mirada preocupada de Jonás quien parecía estar intentando entender lo que ocurría. Con esa simple mirada, cayó en cuenta de su pequeño error: No, Jonás nunca se reiría de él. Al contrario, al verlo así, Jonás, solo se preocuparía por él.
Sintiéndose a salvo, Francesco se le tiró a los brazos. Necesitaba creer que no estaba solo, necesitaba sentirse seguro y protegido contra aquella amenaza que venía siguiéndolo desde hacía un poco más de un mes. Pero, también necesitaba desahogar todos sus miedos y eso haría en ese momento, entre esos brazos fuertes que lo sostenían.
—¿Qué ocurre… Francesca?— escuchó que le preguntaba con evidente preocupación en su gruesa voz—¿Por qué lloras… Francesca?
A la legua se notaba lo mucho que a ese joven le costaba tratarlo como él prefería. A la legua, notaba Francesca que él entendía absolutamente nada de todo ese extraño mundo. Sin embargo, también, a la legua, podía darse cuenta que…
« Jonás no entiende… Pero me acepta tal cual soy… Jonás no sabe nada… Pero me apoya de todas formas…»
Pensó Francesca aferrándose aun más a esos hombros anchos y fuertes a los que había conseguido agarrarse. Escondió su rostro en la coyuntura del cuello y dejó que ese hombre lo consolase con torpeza.
Jonás, por su parte, sin saber que hacer, solo atinó a abrazarlo. Desnudo como estaba, se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, topado únicamente con la toalla ceñida a la cintura, lo subió a su regazo y acunó contra su pecho, como si fuera un niño. Se quedó en silencio, escuchando los sollozos y sintiendo como Francesca le empapaba con sus lágrimas el cuello y el hombro.
—Otra vez ese hombre del que te he hablado me ha enviado un presente…— intentó explicar Francesca limpiando su rostro con la manga de su vestido.
«Oh, que pena… Se le ha estropeado el vestido… Y el maquillaje…»
Notó Jonás al ver como se ensuciaba la tela de la manga al pasar por aquel rostro de porcelana. También, se dio cuenta que él estaba sucio por el maquillaje. Pero eso no le importó. Lo único que le importó, era que no se le ensuciara aun más la ropa. Por eso, llevó la mano a su mejilla e intentó detenerlo.
—¿No sería mejor que te lavaras la cara… Francesca?— le preguntó al ver como ella lo miraba con una expresión sorprendida— … Digo… Tu ropa… Parece muy costosa como para que se estropee de esa forma ¿No lo crees?
Al escucharlo observar aquella obviedad, Francesco volvió en sí, percatándose del cómodo lugar en el que se encontraba. Avergonzado, intentó apartarse, sonriendo para ocultar su incomodidad. Se levantó del suelo y se alisó la falda.
—Tienes razón, Jonás… Además, tal parece, a ti te toca otro baño…— reconoció con una sonrisa burlona a la vez que le señalaba el hombro manchado de maquillaje —¡Mira nada más el desastre que te he hecho! ¡Ja, ja, ja!¡Si hasta parece un horripilante golpe!
Jonás se observó sin darle mucha importancia a esa enorme mancha oscura en su piel. A él no le interesaba limpiarse en ese momento, a él le interesaba saber cómo podía ayudar a Francesco con ese hombre que lo hacía llorar de verdadero terror. Se encogió de hombros y volvió a mirar a su amigo, esta vez, con más seriedad.
—Pues… ¿Qué más da? Vamos y limpiémonos… en lo que me explicas mejor todo lo que ocurre…— accedió poniéndose en pie delante de él — Me preocupa más el cómo puedo ayudarte… Francesca.
Francesco volvió a sonreír, aunque no muy convencido de eso. A decir verdad, al menos por el momento, prefería el tema de ese extraño ac0sador que no dejaba de molestar. Tomó por el brazo a Jonás y lo volvió a guiar por el departamento, hasta el cuarto de baño.
«¡Oh! ¡Vaya! ¿Así que el guardia privado que me he conseguido viene bien equipado con una bonita y afilada daga? ¡Ya quisiera yo verlo usarla con toda destreza contra mí! Debo admitir que no me lo esperaba…»
Se dijo Francesco mientras fingía mirar a un costado del cuarto de baño en lo que Jonás se quitaba la toalla para volver a meterse en la tina y terminar de bañarse. Debía reconocer que, aunque no había sido su intención, aquel muchacho era justamente lo que él buscaba como hombre. En todos los aspectos.
—Frances... Francesca ¿Puedo saber qué hay en esos recados que tanto te... Aflijen?— le preguntó Jonás, ajeno a sus pensamientos pecaminosos.
Francesco lo observó un momento, con los ojos entornados, sopesando la manera de de decirle todo lo que realmente ocurría. Lo cierto era que, aquellos regalos no eran de gran importancia y menos aun eran el motivo de su aflicción. Por todo lo contrario, los regalos eran lo menos importante. Lo que realmente molestaba era...
—Ese hombre sabe cosas, Jonás... Ese hombre, me sigue a todas partes y...— intentó explicarle, pero la angustia le hacia nudos en la garganta y le quebraba la voz.
Volvió a romper en un llanto, esta vez con más fuerza, como si quisiera asegurarse con eso que él todavía podía emitir aunque sea unos patéticos chillidos como forma de queja. De lo que pensaba Jonás, nada supo, solo pudo ver como él se mantenía en silencio, esperando a que consiguiera calmarse de alguna manera.
—¡Ah! Reconozco que no entiendo absolutamente nada de lo que te ocurre, Francesca...— escuchó que él admitía en lo que se tallaba la mancha de maquillaje que todavía tenía en el cuello — No lo sé. Pero si yo fuera tú, estaría en alerta y esperaría a que se dejara ver. Porque siempre pueden tener un mínimo error, creeme, esos hijos de pvta, siempre cometen un error. Cuando lo viera, lo mataría, con lo que tuviera a la mano ¿Un cuchillo de cortar pan?¿Las tijeras?¡La navaja de afeitar! Mira, Francesca ¡Incluso he visto pvtas que se han defendido de esos imbéciles con un simple alfiler de gancho! Cualquier cosa puede servir. Pero no lo dejaría escapar, haría que me respete y que se arrepienta de haberme molestado. Eso, haría yo...
Escucharlo, daba miedo. Francesco, no pudo evitar sentir que aquellas palabras eran demasiado crudas para él. Incluso, llegó a creer que, Jonás, al igual que los demás, no lo entendía. Sin embargo, no parecía que fuera consiente de lo que hablaba. Al contrario, escuchándolo así, con la mirada puesta al frente, en un punto fijo de la habitación, Francesco, tuvo la vaga impresión de que, para ese hombre, todo aquello era algo más que cotidiano.
—Pero ¡Vale! Tú no eres yo. Tú no has caminado por los mismos lugares peligrosos que yo. Lo sé...— siguió hablando, aunque, en esa ocasión, pareció volver a la realidad y mirarlo a la cara —... La verdad, no entiendo mucho de este asunto. Prácticamente , puedo resumir lo poco que entiendo como un "Francesco, es una p3rra delicada rosa, idéntica a una p3rra y delicada Damita". Pero ¿Qué importa eso? Salí de la cárcel para cuidar a una p3rra y delicada Damita y eso es lo que pienso hacer. Así que ¡Que no te dé pena decirme todo lo que ocurrió o lo que crees que tenga que ver con ese tipo! Yo me encargo del asunto. Yo te cuidaré y, creeme, nadie te va a molestar en lo que yo siga a tu lado, Señorita Francesca...
«¡Oye! ¿Y eso cómo lo tomo?¿Cómo insulto o cómo halago?¡Condenado mocoso!¡Ya me las vas a pagar!»
Prometió Francesco con verdadero ardor. Aunque, si tenía que ser sincero, no podía ofenderse del todo con ese mocoso que lo observaba con tanta seriedad. Suspiró resignado, ese mocoso no era para nada delicado en sus modos de hablar. Pero, era sincero con sus palabras y eso era lo único que contaba.
Se acercó a Jonás, con una sonrisa coqueta. El joven delincuente pareció no darse cuenta de nada de lo que él se proponía hacer.
—¡Ay, Jesús! Tú sí que no aprendes a ser más delicado al hablar — le dijo con voz suave y socarrona — ¿Qué haré contigo, Jonás?
Completamente ajeno a esas intenciones, Jonás, se encogió de hombros con toda simpleza. A decir verdad, no entendía para nada porqué debía ser más delicado al decir lo que pensaba. Quizás, solo fueran esas estúpidas manías de señoritos burgueses. Pero, a él, lo tenía sin cuidado esas cuestiones.
—¿Delicadeza?¿Para qué? Si a fin de cuentas entiendes a la perfección lo que intento decir ¿O no, Francesca?— reconoció con indiferencia levantando el rostro en dirección a su interlocutora —¿Qué más da todo ese asunto de los buenos modales?¡Cuando soy yo el único que realmente intenta hacer algo por ti, Francesca!¿Podrías al menos, agradecerme por eso, no burlandote de mí, por favor?
No quería sonar descortés, aunque, debido a su limitado vocabulario, no supiera con exactitud que existía esa palabra. Pero, debía reconocer que aquel pequeño reproche le sonaba a burla y eso lo ofendía un poco ¿Cómo no molestarlo aquella puya?¡Si a fin de cuentas era él quien estaba haciendo algo, por más que no entendiera absolutamente nada de todo ese mundo que envolvía a Francesco! Un mínimo de respeto, creía merecer.
Sin embargo, al juzgar por la sonrisa taimada de su protegida, parecía que él o ella, no pensaba igual. Eso le dolió, pues no entendía lo que pretendía hacer con esa actitud juguetona. Lo vio acercarse y llevarle los brazos al cuello, estrechándose contra él en un cálido beso con sabor a fresa que consiguió desestabilizar su pequeño mundo.
«¿Por qué lo haces, Francesco?¿Acaso solo estás jugando conmigo?»
Se preguntó un tanto confundido y burlado sintiendo como ese par de labios que lo besaban comenzaban a marearlo. Había ocasiones, como esa, en las que se atrevía a creer que todavía podía existir sobre la Tierra un poco de bondad. Pero, por desgracia, terminaba por descubrir que eso no existía realmente. Y, como en esa ocasión, la realidad, dolía.