El vapor de la tina llenaba el ambiente, haciéndolo sentir reconfortante. El agua estaba caliente, en la temperatura justa para Jonás, y tenía un tenue olor a flores, pues, Francesco había colocado en ella unas gotas de esencia en ella.
«Aunque le dije que no hacía falta que lo hiciera...»
Pensó Jonás tomando la esponja para fregarse los brazos con ella. También había un trozo de jabón, como solo había visto en las casas de gente de buen pasar económico. Tomó aquel objeto y lo observó un tanto pensativo.
«¿No se molestará si yo lo uso, verdad?»
Se preguntó. El jabón de baño era un artículo de limpieza muy costoso. O , al menos lo había sido siempre para Jonás, quien, dado a su desmesurado sentido del olfato, había soñado innumerables veces con poder bañarse con algo así. Al menos, así no se sentiría tan sucio y fuera de lugar en ese departamento tan limpio y perfumado.
Miró a la puerta, como si tuviera miedo de ser descubierto en algún tipo de delito. No había rastro de Francesco, de modo que, pasó el jabón por la esponja y volvió a fregar con ella sus brazos.
No necesitó mucho rato para sentir el olor a flores en su piel. Un olor que comenzaba a relajarlo. Fregando su pecho, bostezó sin poder evitarlo. Cada vez que se relajaba, sentía sueño. Pero el sonido de la puerta al abrirse lo sobresaltó.
-¡Ah! Disculpa que interrumpa. Solo pasé a dejarte las toallas y la ropa para que puedas cambiarte...- le dijo Francesco mirando a un costado del cuarto de baño sin hacer contacto visual con él.-¿Necesitas algo más?¿El agua está bien para ti?
Todavía llevaba puesto el vestido y todo ese maquillaje con sabor a fresas, pero, de todas formas él pudo notar como se ruborizaba. Como si fuera una mujer que estuviera viendo a un hombre desnudo por accidente.
«Pero, los dos somos hombres ¿Por qué la pena de ver lo que él también tiene entre las piernas?»
Se preguntó Jonás, quien nada sabía de esos asuntos de personas como Francesco. De todas formas, supuso que eso tendría que ver con esas faldas que el escritor llevaba puestas y con la presidencia de pequeño burgués que tenía encima.
-No, gracias.- respondió tosco volviendo la vista al agua para luego sentirse obligado a suavizar sus palabras - Así está bien. En serio, muchas gracias, Francesco.
Tenía que recordárselo a menudo, Francesco no era como él. Francesco, era un pequeño burgués, un señorito (¿O señorita?) delicado y sensible al que se lo tenía que tratar entre sedas.
«¿Burgués? Francesco es un m4rica que fue criado en una familia con buena lana, nada más ¿Qué es eso de "burgués"? ¿De dónde saqué yo esa palabra tan extraña? ¡Ah! Creo que se lo oí decir a Mateo ¿O fue a Francesco?¿Qué más da? ¡Palabras raras que solo se las escucha en boca de gente que lee mucho! Como ellos.»
Se dijo, meditativo intentando recordar de dónde había sacado aquella peculiar palabra. "Burgués" , sabía que así se denominaba a la persona que tenía dinero y poder sobre las personas como él, un simple "proletario". Pero ¿De qué servía saber estas cosas? Si al fin de cuentas, si en ese momento ambos estuvieran desnudos, no se notaría esa diferencia. Se llevó la mano a la espalda, intentando fregarla con la esponja.
-¡Oh! ¿No quieres que te alcance el cepillo para la espalda? -escuchó que soltaba Francesco todo solicito.- Espera, ya te lo paso.
Jonás no respondió, solo se quedó en silencio, escuchando el sonido presuroso de los zapatos de tacón de Francesco que iban por toda la habitación. Levantó un poco la cabeza, lo suficiente como para poder verlo a través de los mechones de cabello que tenía adheridos a su frente. Vio como él abría un armario y sacaba de este un cepillo de cerda y mango largo, junto con otra cosa que no supo que era.
-¡Aquí tienes!- le dijo, extendiendo el cepillo hacia él con una sonrisa amable para luego agregar en lo que mostraba una navaja de afeitar y un par de tijeras -¿Luego quieres que te ayude con tu cabello?
Jonás levantó la cabeza un poco más, para luego llevarse la mano a la cara y apartarse esos mechones molestos de la cara. No le vendría nada mal un corte de cabello. Se tocó la mandíbula, notando el asomo de una barba de varios días que comenzaba a escocer. No, no le vendría nada mal un cambio de aspecto. Uno más cuidado y más acorde a la vida que quería llevar a partir de ese día. Solo tenía un pequeño inconveniente.
-¿También me ayudarás con la barba, verdad?- le preguntó sintiendo cierta pena por tener que admitir que, a sus veinticinco años, él no sabía usar una navaja de afeitar- Es que... Yo no... No sé hacerlo...
Al decirlo, Francesco, vio como él desviaba la mirada hacia un costado del cuarto de baño. A decir verdad, no le sorprendía en absoluto aquella revelación. Recordó que, el día en el que lo conoció, él llevaba el cabello cortado a navajazos descuidados y la barba también se le veía un tanto mal cortada. En aquel entonces, Francesco, creyó que eso era porque, más que seguro, él no tenía un espejo en el cual observarse. No era para nada descabellada aquella suposición, pues, los espejos, como los jabones, eran demasiado costosos para que cualquier ser humano pudiera conseguirlos.
Sin embargo, comenzó a sospechar que, quizás no fuera ese el motivo, cuando en la prisión, comenzó a verlo con mejor aspecto. Pero eso solo era los días que los guardias se ocupaban en el acicalamiento de los reclusos. Cosa que ocurría dos veces al mes.
No obstante, cuando eso ocurría, él se mostraba mucho más cómodo con su aspecto físico. Lo mismo que ocurría cuando se bañaba, cosa que, según A dichos del Capitán Lawrence Bouvier, ocurría todos los días, incluso, dos veces al día.
« Quizás, él solo es descuidado, porque no tiene las herramientas para acicalarse mejor...»
Observó Francesco notando como él había tomado el jabón y el cepillo para fregarse muy a consciencia la espalda. Sonrió abiertamente al notar que él podía hacer mucho más que solo darle un empleo a ese pobre joven que hasta hacía unas horas, se encontraba tras las rejas. Olvidándose de su recato, se le acercó, sin decirle nada, y tomó la esponja para luego quitarle el jabón de las manos y arrodillarse al lado de la tina.
-A ver... Deja que te ayude yo con eso. No vaya a ser cosa que te despellejes al intentar bañarte.- anunció a la vez que se subía las mangas de su vestido y comenzaba a frotar la esponja en esa espalda ancha que tenía delante suyo - ¿Nunca habías usado un cepillo para la espalda, verdad? Tienes que tener más cuidado, porque puedes lastimarte.
Vio como él negaba hosco con la cabeza y levantaba una rodilla morena para comenzar a fregarla con otra esponja que había a un costado de la tina de baño. Por encima de su hombro le alcanzó el jabón, que aceptó sin mediar palabra alguna.
Francesco, suspiró. A lo largo de esos cinco años, ya se había acostumbrado a esa extraña actitud de Jonás. Al principio, había creído que eso era por todo lo ocurrido, como si él solo se mantuviera pensativo en sus propio pasado. Pero, a medida que el tiempo transcurría, Francesco, pudo darse cuenta que, simplemente, a Jonás, le costaba un poco salir de sus propios pensamientos. Como si siempre estuviera soñando despierto.
«¿Ahora con qué estará soñando, mi pequeña Alicia en su país de Maravillas?»
Se preguntó divertido, comparándolo con aquel emblemático personaje de novela juvenil. A él no le molestaba en absoluto que Jonás fuera así.
Por el contrario, esa característica, tenía su encanto. Él, solo se ocupaba en seguir hablando de lo que fuera que estuviera hablando, hasta que Jonás reaccionaba y salía a la luz, respondiendo o preguntando, cualquier cosa, pero integrándose a la conversación como si nada hubiese pasado por su mente.
-Oye, Jonás... Te lavaré el cabello ¿Quieres que aproveche y te recorte las puntas, Jonás?- le preguntó con voz suave, cuando hubo terminado con su espalda.
Jonás volvió a mover la cabeza, esta vez en una respuesta afirmativa, para luego pasarle el jabón, otra vez en silencio. Francesco tomó un pequeño cuenco que tenía a su lado y con, delicadeza, le llevó la cabeza hacía atrás.
-Cierra los ojos, por favor.- le pidió con amabilidad mientras llenaba el cuenco de agua.
Jonás, hizo lo que se le pidió, dejó que el agua corriera por su cabeza y las manos suaves de Francesco lavaran su pelo. Manos suaves y gentiles que se enredaban en las hebras de cabello azabache. No pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, se sentía muy bien tener ese tipo de atenciones de vez en cuando.
«Si fuera una mujer... Quizás, yo, intentaría pedir su mano... Aunque, si él fuera mujer... Dudo mucho que siquiera me tuviese en cuenta...»
Se dijo sintiendo las suaves caricias de Francesco en su cuero cabelludo. Debía reconocer que, lo que más caracterizaba el trato con Francesco era lo especialmente atento que este podía ser con él. Aunque, esta, no era una atención que hubiese visto en hombre alguno. Por el contrario, le recordaba a la atención que podía llegar a obtener de una mujer.
Entre abrió los ojos, en el momento justo en el que tenía en frente suyo él cuello de Francesco a la vez que le pasaba el peine de barbero para recortar su cabello. Un cuello níveo y delicado, en donde apenas llegaba a notarse una diminuta nuez de Adán, como si este fuera un cuello de mujer.
Si lo pensaba mejor, no tenía nada de lo que sorprenderse. Desde que lo había conocido, Francesco, hablaba, actuaba y se vestía exactamente como lo haría una mujer. Con la única diferencia de cierta característica que solo tenían los hombres, como él.
«O... ¿Quizás, ahí también sea mujer?»
Se preguntó sintiendo cierta curiosidad al respecto. Aunque prefirió no decir nada de todo eso, porque no quería ofenderlo, debía reconocer que, había muchas cosas que llamaban su atención. Quizás, con el tiempo, podría descubrir todos esos secretos que ese (o esa) extraño (extraña) amigo (o amiga) suyo (suya) guardaba.
El sonido del llamador de la puerta se dejó oír en todo el lugar, captando la atención de Francesco, quien dejó de lado las tijeras con una expresión de sorpresa. Jonás, clavó sus ojos en él, con esa característica mirada de alerta que solía tener cuando algo lo sorprendía.
-¿Esperabas a alguien?- le preguntó.
Francesco negó con la cabeza por toda respuesta y se puso en pie con cierto desgano. Más que seguro, sería el hijo del portero que venía con algún recado.
-No... aunque, puede que sea Laurens, el hijo del portero. Suele venir a dejar los recados de Mateo o la comida de la cafetería de la señorita Aurora... ya vengo, no tardo.- informó para luego desaparecer al cerrar la puerta.
Al abrir, vio que, justamente era Laurens quien se encontraba con un paquete en las manos. Coronado este, por un bonito sobre y una rosa de un violeta un tanto peculiar. Francesco, al verla, sintió una aciaga corazonada.
«... Eres mío y lo sabes...»
Dijo sintiendo deseos de llorar. Otra vez, ese maldito condenado admirador suyo le había enviado un mensaje. Pero, no lo expresó en voz alta. Solo, sonrió al niño y tomó el recado, dándole una buena propina, tal como era su costumbre. Lo vio sonreír para luego alejarse, feliz por haber hecho su trabajo.
«¿Por qué no me dejará en paz? ¡Maldita sea!¿Por qué sigue insistiendo, aunque yo no quiera saber nada?¿Por qué?»
Se preguntó al cerrar la puerta, apoyando su espalda en ella y dejándose caer al suelo. El paquete, junto con la carta y la maldita rosa artificialmente teñida, yacían a un costado. Se llevó las manos a la cara.
Inoportunas lágrimas comenzaron a acariciar sus mejillas. Las apartó a manotazos furiosos. No quería llorar, no en ese momento en el que no se encontraba solo ¿Qué iría a decir Jonás si lo viera? seguro, se burlaría de él, al igual que lo hacía Mateo. Ocultó su rostro en sus rodillas, haciendo esfuerzos para no llorar.