«¿Eh?¿Y Francesco?»
Se preguntó al ver a esa frágil mujer que se parecía a una bella muñeca de porcelana. No era que no lo supiera, al contrario, él sabía muy bien que, debajo de la ropa y el maquillaje, se encontraba su amigo Francesco. Lo único que nunca había tenido ocasión de saber era cómo se veía realmente Francesco con todo aquel disfraz.
«Ah... Bien... No me puedo quejar, al menos no se ve nada mal, como yo creía. Al contrario... Creo que la vista me está gustando... »
Reconoció al verlo ¿O verla? Acercarsele con ojos llenos de expectación, como si temiese que él se riera del atuendo con el que había decidido ir a verlo aquel día. Jonás no entendía porqué aquel miedo, si a fin de cuentas, había sido él quien le había sugerido y animado a vestirse de la forma que más le gustase.
— Bien, los dejo para que hablen tranquilos y...— anunció Mateo levantandose de su asiento para encaminarse a la puerta con uno de sus característicos cambios de humor— ¡Ah! Sí , antes de que me olvide. Hazme el condenado favor de ir a buscar las pertenencias que te quieras llevar, Jonás. Así nos vamos de una p3rra vez. Que Gabrielle está con fiebre y ya saben lo poco que me gusta estar lejos de mi hogar cuando esas cosas pasan.
Sin esperar respuesta, desapareció del lugar, dejándolos solos, con la excepción del guardia que los custodiaban. Aunque este, para ellos pareció tomar el papel de un simple decorado. Pues ambos se encontraban inmersos en sus propios pensamientos. En ningún momento, los ojos de gato de Jonás se apartaron de Francesco, demostrando cuan sorprendido estaba.
Por su parte, Francesco, en ningún momento intentó hacer un verdadero contacto visual con el joven delincuente. Por el contrario, tenía miedo de verlo a la cara y darse cuenta de que estaba haciendo el papel del ridículo delante de él. Todo porque se había dejado llevar por la sugerencia de Mateo de que, a fin de cuentas, tendría que verlo así todos los días, mal no le haría ir vestido como siempre lo hacía.
«¡Vamos!¡Ríete de una vez y terminemos con esto! Ríete, Jonás ¡A que me veo ridículo en estas fachas!¡No mientas!»
Le hubiera gustado gritar. El silencio de su amigo era una tortura para él. Sintió ganas de llorar, pero se contuvo y solo cerró fuerte los ojos, apretando la mandíbula haciendo esfuerzos para mostrarse fuerte delante de ese hombre que lo observaba con una expresión que no conseguía interpretar.
—Vamos... — escuchó que él le susurró, logrando que abriera los ojos para encontrarse con su mano morena extendida enfrente de su nariz —... Señorita Frances... ¡Francesca! Acompañeme a buscar mis cosas, por favor. Creo que ambos sabemos la poca paciencia que tiene el señor Lombardo cuando su niña está enferma...
«¿Me acaba de llamar Francesca?»
Se preguntó levantando la cabeza para mirarlo a los ojos con la boca abierta por la sorpresa que le producía escuchar su nombre artístico salir de sus labios. Vio como Jonás se mostraba un poco nervioso, al igual que él. No le cupo dudas de que todo ese asunto sería algo nuevo para ambos. Pero, extrañamente, eso lo tranquilizó.
Sonrió abiertamente, esta vez con una expresión de genuino entusiasmo en su rostro de porcelana, y tomó la mano que él le ofrecía, dejandose guíar por el pasillo, en dirección a su celda, como si se estuvieran dirigiendo al centro de la pista de baile de un importante salón.
—¿Ahora sí te retirás de mi , verdad? Le preguntó una vez estuvieron a puertas cerradas.
Jonás no respondió, tan ocupado como se encontraba en armar su pequeño bolso para largarse de allí, no lo había escuchado en absoluto. Tomó la ropa que estaba sobre la silla y la metió en su viejo morral de cuero crudo. Lo mismo hizo con los rompecabezas y cuánta cosa encontrase en su camino. Él solo deseaba irse de allí. Ya habría tiempo para charlas.
Pero, Francesca no parecía pensar igual. Pues, Francesca no había aprendido a esperar. Al contrario, Francesca, era una mujer caprichosa que quería lo quería y en el mismo momento en que lo exigía. De modo que, Francesca, lo detuvo, posando la mano sobre la curvatura de su espalda, llamándole la atención, para que lo mirase a la cara.
—¿No dirás nada por la forma en la que estoy vestido, Jonás?— volvió a preguntarle al tenerlo de frente. —¡Vamos! Que a mí no me engañas, Jonás ¡Quieres reírte de mí! Lo sé. Puedes hacerlo. Ja, ja, ja. A qué me veo ridículo con esta ropa ¿Verdad? Todo fue idea de Mateo. El muy c4brón se debe estar desternillando de la risa a mi costa ¿No lo crees? Ja, ja, ja.
Reía nervioso, eso, Jonás, lo podía ver muy bien. Sin embargo, él no entendía porqué se encontraba nervioso ¿No era justamente eso de vestirse así y que lo trataran como a una mujer lo que tanto quería?¿Por qué decía que se veía ridículo? Si para él, tal cual como estaba, se veía como la mujer soñada de cualquier pobre diablo como él.
Lo observó mejor, notando cada ínfimo detalle de aquel cambio. Sus ojos enormes, que en su traje de hombre parecían ridículos, en ese momento mostraban una ternura nunca antes vista. Su mentón puntiagudo y su naricita respingada, motivos principales del mote burlón de "escritor rata" , no hacían más que acentuar su belleza femenina. Junto con esa pequeña boca de dientes perfectos que, por alguna extraña razón, deseaba besar. Se ruborizó al pensar en eso.
«¿Si le digo que lo único que quiero ahora es besarlo? Quizás se calme con eso y sepa que se ve... Linda... ¡Ah! ¿Qué cosas pienso? ¡Seré imbécil! ¡Si es el mismo Francesco de siempre, solo que ahora lleva un estúpido vestido puesto! »
Se abofeteó mentalmente al darse cuenta de lo estúpido que se oía al contemplar la probabilidad de besarlo. No sería la primera vez que lo hacía. A decir verdad, ya en una ocasión, hacía unos cinco años atrás, lo había hecho e, incluso, había querido ir más lejos de solo eso. Pero, el miedo de no haber que hacer en una situación como aquella, lo paralizó. De modo que ¿Qué diferencia habría en ese momento? ¡Si era el mismo Francesco pero con un primoroso vestido de encaje y pedrería!
Intentó convencerse de eso. Pero, en amén a la verdad, no estaba tan seguro de que fuera tan así como quería creer. Quizás, solo era curiosidad. No lo sabía, pero, todo ese asunto lo desconcertaba.
Volvió a mirar a Francesco, preguntándose qué sería lo mejor que pudiera decirle. Sabía que, usualmente, cuando una dama le preguntaba por su aspecto, lo que esperaba era que la adulase ¿Con Francesco sería lo mismo? No lo sabía, de modo que, tendría que descubrirlo.
—¿Por qué dices eso...Francesca?— le preguntó demostrando que pensaba igual que él a la vez que ponía un poco de esfuerzo en llamarlo por el nombre que, creía, le correspondía— No entiendo porqué supones que yo quiera reírme de tí ¿Acaso me reí el día que me confesaste tus gustos? Que yo recuerde, nunca lo hice ¡Por el contrario! Te pregunté porqué no lo hacías ¿No es así?
Al oírlo, Francesco no pudo evitar sentirse sorprendido. Ese joven delincuente tenía razón ¿Por qué insistía en creer que él se burlaría de su atuendo? ¡si había sido él quien le había sugerido que se vistiera como se le diera la p3rra gana! ¡Qué idiota podía llegar a ser a veces, cuando los nervios le jugaban malas pasadas!
«Tal vez... Solo sea la costumbre... Al fin y al cabo ¿Cuándo el hombre que me roba el sueño no se ha burlado de mí? ¿Acaso este mocoso idiota tendría que ser diferente a los demás?»
Se dijo con una melancólica sonrisa mientras lo escuchaba expresar con cierta torpeza lo que pensaba realmente. Si algo sabía de Jonás, era que las palabras no eran su fuerte. A ese pobre muchacho, al que le sacaba fácilmente diez años de edad, le costaba trabajo expresar sus opiniones por miedo a quedar en ridículo. Sin embargo, una vez que conseguía soltar la lengua, no había forma de pararlo hasta que terminase de hablar. Como en ese momento.
— Me preguntas qué pienso sobre tu aspecto ¿No es así?— insistió Jonás haciendo una pausa en el momento exacto en que sus mejillas se teñian de un rojo intenso — ¿Qué quieres que te diga... Francesca? Opino que... Eh... Esto es vergonzoso para mí decirlo, pero, va... Creo que te ves muy bien. La verdad es que, me sorprendiste. No me esperaba eso... Perdón si pensaste que yo estaba pensando en burlarme de tí. Jamás haría eso...
«¡Le gusta como me veo! ¡Ay! ¡Debo estar soñando! ¡Acaba de admitir que le gusta mi aspecto! ¡Ay! ¡Dios mío!»
Pensó Francesca sintiéndose en el séptimo cielo. Jamás en su vida se habría atrevido a soñar con el día en que el hombre del cual él gustase, le dijera algo como aquello. Aunque, debía reconocer que ese hombre solía sorprenderlo a menudo con comentarios desprejuiciados como aquel.
Sin embargo, era la primera vez que le decía algo con respecto a su aspecto físico. Y si bien había sido un simple "opino que te ves muy bien", en el lenguaje tosco de su amado Jonás, sabía que bien podría significar un poco más, como si estuviera admitiendo que le gustaba y mucho verlo vestido de dama.
Por el momento, se conformaba con eso. De modo que, con gran entusiasmo, no pudo ni quiso evitar tirársele al cuello, abrazándolo, tal cual lo haría una bella dama enamorada.
En la sorpresa, Jonás, trastabilló un par de pasos hacia atrás, cayendo sobre la cama. No era la primera vez que Francesco lo tomaba desprevenido de aquella forma. Al contrario, había veces, en las que Jonás, sospechaba que lo hacía adrede. Pues, para él no era ningún secreto el tipo de sentimientos que provocaba en su amigo. Sentimientos que, en su momento, por váyase a saber, intentó corresponder, fracasando en el intento.
Pero en esa ocasión, la cosa se veía distinta. Se relamió el labio inferior, preguntándose qué debía hacer. Para él todo aquello era un gran cambio. Resultaba inexplicable y absurdo el ver como un simple vestido finamente adornado con lujosos encajes y pedrería, podía llegar a desestabilizar su pequeño mundo.
Él no entendía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo en su propia mente. Solo se preguntaba qué podría pasar si lo besaba. A fin de cuentas ¿No era justamente eso lo que Francesco o Francesca, como quisiera llamarse, buscaba de él? Quizás, con ese simple gesto conseguiría entender su situación.
Miró hacia abajo, en dirección a su pecho, donde Francesca se encontraba, observándolo con sus enormes ojos azul cielo llenos de expectación. Estiró la mano, con la cautela que hubiera tenido en el caso de estar frente a una dulce muchacha de buena posición económica. Tomó su mejilla, sintiéndola más suave que de costumbre ¿Acaso eso era por el maquillaje que llevaba puesto? Él no lo sabía. Jonás, simplemente, no entendía de esas cosas. Jonás , solo entendía que se veía hermosa y que quería besarla. Se relamió el labio inferior, viendo como ella se ruborizaba, sintiéndose complacido por esa pequeña oportunidad.
La besó, saboreando el dulce sabor de aquel maquillaje con sabor a fresas que llevaba puesto. La besó, devorando el tinte rojo carmín de sus labios. Simplemente la besó, deseando más de ese dulce y cálido beso. De haber podido, quizás, habría ido un poco más allá, dejandose llevar por un deseo que jamás hubiese creído tener hacia alguien como esa persona a la que estaba besando. Pero, por desgracia, un par de golpes que resonaron en la puerta los interrumpió.
—¿Ya está todo listo, Jonás?— preguntó Mateo con toda naturalidad desde el otro lado de la puerta de madera.
Sobresaltados, se apartaron lo más deprisa y lejos que pudieron. Con la respiración acelerada y el corazón retumbándoles en el pecho, se observaron en silencio. Incrédulos, ambos, por lo que acababan de hacer. Otra vez, el sonido de la puerta les llamó la atención. Ambos observaron en esa dirección.
— Solo un momento. Hay algo que no encuentro...— respondió Jonás a las apuradas levantándose de la cama en lo que se daba cuenta de que el bonito maquillaje de Francesco se había estropeado.
Llevando la mano a su boca, le hizo una pequeña seña para avisarle de ese inconveniente. Abochornado, Francesco, rebuscó en su bolso de mano un pequeño espejo para observarse mejor. Jonás, sonrió divertido al ver las muecas que él hacía mientras se ocupaba en retocar aquel maquillaje. Debía reconocer que tenía su encanto cuando actuaba de esa forma. Cuando Francesco se convertía en Francesca.
—Bien... Los esperaré en la sala, entonces... No tarden, por favor — accedió Mateo de mala gana, para luego alejarse de allí, dejando que sus pasos resonasen en el lugar.
Solo cuando el sonido de las botas se hubo perdido por el pasillo, aquellos dos, pudieron respirar tranquilos. Por un momento, Jonás, observó en silencio como Francesco terminaba de acomodar su maquillaje. Se relamió los labio, volviendo a sentir el dulce sabor de las fresas, preguntándose si quizás todos los besos de las damas sabrían igual. Vio como Francesco guardaba el estuche de maquillaje para luego sacar un bonito pañuelo de seda bordado en hilo dorado y acercarsele.
— Toma, límpiate, que tú también te has manchado con el labial...— le sugirió a la vez que le extendía el pañuelo.
Le hubiera gustado preguntarle el motivo exacto de aquel beso, sin embargo, no se atrevía a hacerlo. Quizás, solo había sido un simple arrebato llevado por la curiosidad de ese joven. Lo cierto era que, tampoco le molestaba que la situación se hubiese dado de esa forma. En su interior, todavía estaba saboreando ese beso.
Lo vio limpiarse en silencio, como si estuviera intentando entender muchas cosas de lo ocurrido. Sonrió enternecido, sabía que Jonás no entendía absolutamente nada de esas cuestiones. Como todos los hombres ajenos al ambiente. Vio como él le devolvía el pañuelo.
— Quédatelo y déjame ayudarte con lo que falta. Ya oíste a Mateo, tenemos que darnos prisa.— informó haciendo de cuenta que nada había ocurrido.
Vio en ese par de ojos de gato la curiosidad grabada a fuego, aunque también podría interpretarse como un poco de deseo. Con Jonás, no siempre era fácil dilucidar esas cuestiones. Suspiró resignado, habría muchas cosas por hablar. Pero, ese no era el momento ni el lugar. De modo que, prefirió esbozar una sonrisa de lado para luego, apoyando sus manos en ese amplio pecho, ponerse de puntillas y acercarsele al oído.
—Ya sé que tienes muchas cosas por decir o preguntar. Pero, este no es el momento, ni el lugar, Jonás...— susurró con voz suave e indulgente — Así pues ¿Podrías ser un buen niño y esperar a que lleguemos a mi departamento para hablar de todo eso? ¿Por favor?