—Kansas —una suave voz comienza a traerme otra vez al mundo de los vivos, hago una mueca y tiro un manazo, tratando de volver a acomodarme en mi cama para seguir durmiendo—. Ey, Kansas, despierta —la voz de Alaska continúa de forma insistente, me niego a abrir los ojos, pues los siento pesados y adoloridos tras haber pasado tanto tiempo llorando. —Déjame dormir —refunfuño al moverme en mi cama. —Papá no volvió —dice, lo que de inmediato me hace abrir los ojos para sentarme en la cama, rasco mis ojos con las palmas de mis manos para luego mirar a mi hermana. —¿Cómo que no volvió? ¿Qué hora es? —Son las dos de la mañana, mamá está llorando y no deja de llamar a todas partes para tratar de encontrarlo. Los ojos verdes de mi hermana se encuentran con los míos bajo la tenue luz que nos bri

