SEIS SEMANAS DESPUÉS Perséfone me tiende la pequeña caja y prácticamente comienza a empujarme para que entre al baño. —Entra ahí de una jodida vez —insiste, mientras yo me agarro del marco de la puerta para que no pueda moverme. —No quiero —hago un puchero y la miro sobre mi hombro—, tengo miedo. Ella pone los ojos en blanco al mismo tiempo de que resopla con fastidio. —Si no entras ahí ahora mismo, yo misma te bajaré las bragas y te obligaré a orinar sobre esa maldita prueba de embarazo. Separo mis labios ante el asombro a la vez de que entrecierro los ojos y niego con la cabeza. —No serías capaz. —¿Quieres que te lo demuestre? —interroga al cruzar los brazos a la altura de su pecho, mientras levanta una ceja. Niego enseguida, soltando una pequeña risa cargada de nerviosismo a la

