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2095 Words
Sebastián Atravesé la reja aprovechando que todavía no había mucha gente circulando por la calle, no quería que alguno de mis amigos me viera salir de la casa de Facundo. Me puse la capucha, miré a los dos lados de la vereda antes de caminar a la casa de Martín, hoy teníamos que ir a ayudar a la iglesia en el voluntariado, mi mamá y la suya nos habían obligado a ir. Golpeé las palmas afuera de las rejas y esperé a que alguien saliera. —¡Martín! —llamé mientras volvía a aplaudir para que me escucharan. Esperé unos minutos más. Las cortinas de la ventana del comedor se movieron, después escuché que destrababan la puerta, Inés, su mamá, me saludó e hizo una seña para que esperara antes de volver a cerrar la puerta. Martín salió un rato después con cara de dormido y apenas peinado, parecía que su mamá lo había levantado a patadas de la cama. Fuimos a la iglesia hablando apenas, él no estaba muy lúcido en ese momento. Vi al Padre Matías en la entrada con algunas de las novicias y Hermanas. Vi a María también. Mi primer pensamiento fue que era una hipócrita, pero lo descarté lo más rápido que pude, yo también lo era, aunque nadie más que mi propia consciencia lo supiera. Desvié la mirada cuando ella me miró, sabía qué significaba su expresión seria. Era casi la misma que ponía Facundo cuando me veía por la calle, la de él solía ser más severa. Miré a Martín, seguía dormido, no sé daba cuenta de nada. Decidí acercarme al Padre para preguntarle qué era lo que necesitaba que hiciéramos. No era mucho, lo que teníamos que hacer, solamente clasificar juguetes que se iban a llevar a las provincias por el día del niño que se acercaba. En realidad no había mucho que clasificar, entre los dos en cuestión de dos horas, ya habíamos terminado. Martín, en algún momento, se había despabilado por fin y ya podía seguir una conversación como una persona normal. Decidimos ir a la casa de Pablo, le mandé un mensaje y, cuando llegamos a su casa, nos estaba esperando en la vereda. Nos paramos los tres contra la reja. —¿Qué tal el voluntariado? —Un bodrio —contestó Martín—. Al menos estaba María. —Pero si no te va a dar bola, Tincho. —¿Vos qué sabés? Capaz yo la puedo hacer dejar a Laura. —¿Con tus dos milímetros? Pablo y yo nos reímos, pero mi risa se apagó cuando vi a Facundo pasar. La sonrisa se me borró. Fruncí un poco el ceño y le hice una seña con la cabeza, como lo hacía siempre. No sabía cómo se suponía que debía actuar ahora, menos después de haberle dejado una carta que, estaba casi seguro, ya había leído. Por su cara, pude intuir que no le había caído en gracia. Siguió caminando hasta perderse de mi vista en la esquina. Era probable que me odiase todavía por lo de Gabriel y el cura. —¿Qué te pasa, Sebas? —preguntó Pablo—. Te quedaste colgado. —Nada, nada. —Los miré—. Me voy a casa, mis viejos me deben estar esperando. Los saludé y caminé a mi casa con la manos en los bolsillos, hacía frío todavía. Pensé en Facundo, en su cara, en su evidente rabia contra mí y mis amigos. No entendía cómo había sido capaz de golpearlo aquella vez, nunca había tenido valor suficiente para acercarme a él, ¿por qué aquella vez lo hice? Si no hubiera estado con los chicos, seguramente no me hubiera atrevido a decirle nada a Gabriel y mucho menos me hubiera atrevido a pegarle a Facundo. Siempre lo había admirado, o eso creía, hasta que me di cuenta que era exactamente como Gabriel. La frustración me ganó, él era capaz de salir del clóset y yo era un cobarde que no podía decirle nada a nadie. Él tenía un amigo que lo defendía de todo y de todos. María estaba de su lado, el cura también, incluso cuando pensé que ningún hombre era capaz de resistirse a mi hermana. Ahora le tenía envidia a Gabriel, él había salido limpio de todo esto, del barrio, de lo que decían y se había llevado al Padre con él sin ningún problema. Yo no podía decir nada, no podía acercarme a Facundo, no podía hablarle o corría el riesgo de que me encajara una trompada, con justa razón. Entré a mi casa, saludé a quien fuera que estuviera sentado en la mesa del comedor, ni siquiera me fijé si realmente era un apersona, y me metí en mi cuarto. Tiré mi abrigo en una silla que casi no se podía distinguir por la cantidad de ropa que tenía encima y me acosté boca abajo con una mezcla entre frustración y sueño. —¿Qué te pasa? La voz de mi hermana. —¿Te interesa? —No, pero mamá me dijo que viniera a ver qué tenías. —Sueño y un poco de hambre. ¿Sos linda y me traes algo para comer? —¿Te pensás que soy tu sirvienta? —Tendrías que servirme, soy el hombre de la casa también. —Voy a servir a papá y a mi marido. —¿Cuál? ¿El que se fue a Bahía Blanca con un maricón? —Callate, pelotudo. —Suspiró cruzándose de brazos—. Si querés algo, andá a buscártelo. Después de decir eso, se fue cerrando de un portazo. Pensé que nunca nos íbamos a llevar del todo bien nosotros, me gustaba estar con Isabel, pero la mayoría de las veces era una boluda conmigo como lo era para todos a su alrededor. Siempre se creía más que todos, como si no hubiéramos crecido en la misma casa o en el mismo barrio. Era una de esas chicas que no podía soportar la idea de ser como las demás. Me giré quedando de frente a la pared, cerré los ojos e intenté dormir. No podía. El frío me había despabilado lo suficiente como para que no pudiera dormir un poco ahora. Me giré de nuevo, esta vez quedando boca arriba. Miré el techo pensando en volver a escribirle una carta a Facundo, no sabía si la podía dejar esta noche después de la misa, mañana o el lunes antes de ir al colegio. Después de la misa podría ser un problema, Sofía también iba a la iglesia y me la podía topar de frente. Tampoco me hacía mucha gracia toparme a Facundo de frente cuando pasara la carta por debajo de la puerta. Me moría por tenerlo cerca hacía tiempo, pero me daba miedo. Era más cagón de lo que había imaginado. Hace dos años parecía que no tenía ningún problema en molestarlo, pero ahora me acobardaba con solo pensar que podía abrir la puerta y mirarme directamente a los ojos con la rabia que tenía contra mí. Me mordí el labio hasta que me saqué sangre. Estaba nervioso como si le fuera a decir algo a la cara ahora mismo. Nunca podría haber sido como Gabriel. Tampoco haría lo que hizo el Padre. Y sabía que nadie en este barrio haría lo mismo por mí. Sabía por doña Josefina que lo había ido a buscar a su casa y, aunque estaban sus padres ahí, lo besó pidiéndole que se fuera con él. Una historia de película, por ahí, pero yo no tenía tanta suerte. Me pasé la lengua por el labio sintiendo el sabor metálico de la sangre, después me pasé la mano para secar la saliva, mientras me levanté de la cama y busqué mi cuaderno de la escuela, arranqué una hoja y escribí una carta más o menos parecida a la primera. Le pedía que viniera a mi cumpleaños, que iba a venir casi todo el barrio y que quería que estuviera. Escribí que vendrían amigas de Isabel muy bonitas, no me gustaba la idea de verlo con ellas, pero no me quedaba otra opción que intentar engancharlo de esa manera. Cuando terminé, firmé al final y le volví a escribir mi número, no estaba muy seguro para qué, sabía que no me iba a mandar mensajes, pero tenía una pequeña esperanza de que lo hiciera. Doblé la hoja a la mitad, la metí en un sobre y la metí en un bolsillo interno de mi campera rezando que mi mamá no la encontrara. Si se enteraba que su hijo varón era un desviado, probablemente me echaría de la casa, como habían hecho con Gabriel. Volví a acostarme, esta vez con el celular en la mano miré todos los mensajes acumulados sin leer, los únicos que abría eran los de mis amigos y los de mi familia, aunque a veces simplemente ignorara los mensajes de Isabel. A veces no hacía más que molestarme con cosas que nada más a ella le importaban. Un par de compañeras del aula me invitaban a salir a hacer algo, estaba casi seguro que no sabían que la otra me había hablado, eran amigas desde siempre, pero parecía que tenían un conflicto cuando tenía que ver conmigo. Les gustaba más o menos desde primer año. Pensé por un segundo volver a engañarme con alguna de ellas, pero después de mi última ex, prefería dejar de salir con chicas antes que se extendiera el rumor de que no se me paraba, nadie sabría que era solamente con las chicas que me pasaba. Decidí ignorar a las dos y centrarme en buscar algo que mirar en internet para distraer mi cabeza un poco. Me metí en una cuenta secundaria en la que no tenía ni fotos mías ni a mis amigos, deslicé el dedo distraídamente hasta que vi una publicación de apenas hacía unos segundos de Facundo, era una foto con una mujer. Sentí una puntada de celos, al menos hasta que leí el pie de foto: “Lo único que necesito es un rato con mi hermana”. Suspiré aliviado, hacía un tiempo que no lo veía con una chica. Alguna vez en estos dos años lo había visto con alguna que otra en la puerta de su casa, pero no parecía que fueran relaciones serias. Este último tiempo lo veía siempre solo. No quería hacerme demasiadas ilusiones, sabía que no podía verlo siempre y sabía que podría estarme perdiendo algunas cosas de su vida. Entré a su perfil y revisé las últimas fotos, no subía demasiadas cosas, algunas historias en el trabajo o fotos con su hermana, solo, alguna fiesta con sus amigos, alguna con Gabriel y el Padre. Salí de su perfil y seguí deslizando hasta que me llamaron para almorzar. Cambié la cuenta, bloqueé la pantalla y lo guardé en mi bolsillo levantándome para ir al comedor. Me senté al lado de mi hermana como siempre, ni ella ni mis padres me dijeron nada, hablaban sobre el Padre Matías. Cada tanto, se acordaban del Padre Manuel y hacían algún que otro comentario que iba dirigido a Isabel, pero se hacía la desentendida, como si no hubiéramos tenido que explicarle a todo el mundo que se había visto en el video de la iglesia no había sido más que un malentendido. Podría odiar a Facundo por hacernos eso, de hecho, lo había odiado un tiempo, pero ahora pensé que era lo mejor, al menos para que Isabel dejara de joder un tiempo con los hombres. Por su culpa me había metido en quilombos más de una vez con nuestros padres. A ella le encantaba ser el centro de atención de los hombres y me había obligado a mentir para que pudiera salirse con la suya. Mi mamá me preguntó cómo había ido el voluntariado, le conté por encima que no habíamos hecho más que clasificar juguetes. —No creo que el voluntariado sea lo tuyo, ¿no, Sebas? —preguntó mi papá—. Vos estás para otra cosa. —¿Cómo qué? —dijo mi mamá. —Para ser contador como su padre. Sonrió orgulloso como si ya hubiera decidido lo que quería estudiar cuando terminara. Ni siquiera sabía qué quería cenar a la noche; no era como que estuviera bajo mi decisión lo que iba a cenar, pero si tuviera que elegir, no tenía idea. Pensé que lo único que quería era poder ser como Facundo, a él no le importaba lo que dijeran, siempre hacía lo que quería. Me gustaría ser tan valiente, ser quien era en realidad.
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