—El señor ya llegó, señora. El corazón me da un vuelco y empieza a latir a mil por hora. Los nervios me invaden, pero me obligo a mantener la calma; tengo demasiado que decirle. Ambas regresamos al interior de la villa justo cuando se escucha el portazo de la entrada principal. Cesare entra flanqueado por sus hombres, pero no trae buena cara. Tiene el cabello revuelto, el rostro cansado y un aura extraña. Cuando pasa por mi lado, no puedo evitarlo: un fuerte olor a perfume barato de mujer y a alcohol rancio me golpea las fosas nasales. Ignorando la repulsión, decido ir detrás de él mientras camina hacia el segundo piso. —Cesare, ¿tienes un momento? —lo llamo. Él ni siquiera se detiene. Sigue subiendo los escalones de mármol sin mirarme. —No me molestes —gruñe ronco. No me doy por v

