—Volvamos a la villa —me dice, apartándose con cuidado—. Necesitas descansar más cómoda y recuperarte. Cuando regresamos, lo último que espero es encontrarme con el propio Don sentado en la sala principal. Oleg Ferraro está allí, tiene una expresión gélida, y a su lado se encuentra Ksenia, su esposa. Cesare también está presente, de pie. El ambiente es tan denso que casi se puede cortar con un cuchillo, y por un momento me quedo paralizada sin saber qué decir. Pero Ksenia es quien se pone de pie y se acerca a mí. —Zahra, supe lo que pasó —me dice, mirándome con atención—. ¿Cómo estás? Le fuerzo una sonrisa suave, intentando transmitir una calma que no tengo. —Ya estoy mejor, gracias. —¿Estás segura? —insiste ella, recorriéndome con la mirada—. Dios, mírate... Estás llena de parches.

