En medio de ese vaivén violento, noto una presión masiva y caliente justo en mi entrepierna. Hay un bulto rígido aplastando mi sexo a través de la fina tela de las bragas. Intento arrastrar las caderas hacia atrás para escapar de esa fricción, pero el movimiento produce el efecto contrario: Cesare suelta un gruñido ronco, bajo, y empuja la pelvis hacia el frente. La sacudida me arranca un suspiro ahogado. Una descarga de electricidad me recorre la espina dorsal, haciéndome arquear la espalda por el puro impacto del placer. Esa maldita roca que me presiona es su polla, completamente erecto y enorme. —Cesare, para... estás completamente loco —protesto entre dientes, intentando recuperar el juicio mientras él se mueve con una conducta totalmente salvaje, como un animal fuera de sí que ha pe

