—No te conviene quedarte viuda tan pronto —replica él, y escucho el sonido metálico de su hebilla al cerrarse—. Además, no hicimos nada que no hagan los esposos. Me giro de vuelta para encararlo. Ya se ha acomodado la ropa y me mira fijamente. —La próxima vez que me pongas una mano encima sin mi consentimiento, la vas a pagar muy caro —sentencio—. Duerme con un ojo abierto de ahora en adelante, Cesare. —¿Pretendes indignarte conmigo por eso?. Tú te lo buscaste por andar bailando tan pegada a ese zoquete. —Ah, claro. Discúlpame por tener educación y ser cortés —digo con sarcasmo—. A la próxima que salude a alguien me amarras a una cama, imbécil. Veo cómo sus ojos se oscurecen. Cesare acorta la distancia entre los dos, deteniéndose a solo unos centímetros de mi rostro. —No es una mala

