El pitido de un silbato resonando por el pasillo me hizo abrir los ojos de golpe. Las lagañas me nublaron la vista, pero aprecié las botas de cuero del oficial superior merodeando de un lado a otro entre las celdas.
—¡Es hora de levantarse, señoritas! —gritó y al no obtener respuestas comenzó a golpear los barrotes de las celdas con el bastón de fierro—. ¡Rápido malditas escorias!
Escuché como las rejas se abrían una tras otra y los murmullos de los demás prisioneros se incrementaron conforme salían.
Desde el suelo me encontraba casi agonizando del dolor. Todo mi torso estaba lleno de úlceras, unas todavía formadas y otras ya reventadas que me dejaban una marca roja en círculo. El frío concreto fue lo que calmó mi ardor durante las pocas horas que tenía para dormir.
—De pie, Tae Joon —exigió deshaciéndose del candado y abriendo las rejas, esta vez, totalmente—. Hoy empieza tu rutina diaria.
El dolor me mataba por dentro y por fuera, no podía levantarme, tenía frío, aquellos tres se habían encargado de quemar mi camiseta y confiscar mis pantalones.
—¡Min Yaul! ¡Fuera! —llamó el oficial a gritos—. Un minuto Tae Joon.
El rechinido de los colchones viejos me alarmó. Eso quería decir que ellos no tardaban en abandonar la celda. Mis suposiciones se aclararon cuando los vi estirarse tan alto que casi sus dedos tocaron el techo. Emitieron un pegajoso bostezo, se acercaron a las rejas y al verme se detuvieron.
—¿Cómo amaneciste, Tae Joon? —cuestionó Min Su a modo sarcástico—. ¿Dormiste bien?
—No hay resentimientos ¿cierto? —se burló Min Seob.
Los tres salieron a carcajadas de la celda, no sin antes darme una patada en la espalda cada uno. Tomé las pocas fuerzas que recargué por la madrugada y me puse de pie. Me fue casi imposible sostenerme por el dolor en mi entrepierna, que me apoyé sobre pared. Los brazos y piernas me temblaban al caminar. Con éxito, logré salir de la celda siguiendo el camino de los tres demonios, por supuesto, tomando diez metros de distancia.
Las miradas de todos los guardias estaban sobre mí. ¿Y cómo no? Si sólo llevaba puesta la ropa interior negra. Mis brazos trataban de ocultar las úlceras en mi torso, pero eran demasiadas que llamaban la atención de cualquiera. Tomé rumbo hasta llegar a la cafetería, una zona amplia con mesas y banquitos alrededor. Aunque de las paredes escurriera la grasa, no estaba tan mal, cualquier lugar que la celda, sería mucho más acogedor, en especial, si lo habitaban más personas. Una parte de mí se sentía a salvo, sin embargo, la otra se sentía aún con miedo. El guardia que cubría la entrada me hizo entrega de una bandeja plateada y me extendió la mano para que continuara mi camino. La fila era bastante larga y a cada uno le servían un puño de arroz blanco con trozos de fruta, un pedazo de pollo crujiente y un vaso mediano de jugo de naranja. Se me hizo agua la boca con tan solo saborear la comida en mi mente.
Cuando llegué a la barra de comida, una mujer de edad mayor me arrebató la charola con brusquedad. Mis fosas nasales se deleitaron con el aroma del pollo. Tomé la charola y me senté en el rincón más solitario de la cafetería.
—¡Hola, Tae Joon! —observé a los mismos tres, a pocos metros de mí.
En un abrir y cerrar de ojos tuve a Min Su y Min Seob a mis costados.
—¡Qué delicia!
Alejé mi bandeja lo más que pude de ellos.
—Te traje algo de comer —dijo Min Yaul—. Esto es para que sepas que no hay resentimientos.
Min Su me arrebató la charola y Min Seob me hizo entrega de la suya.
Contuve las náuseas con mis manos sobre la nariz tan pronto lo olí. La fruta estaba más que fermentada. El arroz en realidad no era arroz, sino excremento. Y el pollo fue sustituido por una enorme rata asada con la cabeza partida en dos.
—Hecha con mis propias manos —aclaró Min Yaul—. Pero pruébalo, me quedó delicioso.
Tomó el pequeño plato con excremento y lo untó en mi boca. Me levanté inmediatamente tirando aquella charola y llamando la atención de todos. Traté de salir corriendo pero las náuseas lo impidieron. Vomité quizá lo único que me quedaba de líquido en mi estómago vacío.
—Pero...¿No te gustó? —rio Min Seob.
Un timbre sonó dentro de la cafetería y los guardias se hicieron presentes, todos con sus bastones. Levantaban a los presos de sus asientos con brusquedad y los obligaban a salir. Nadie se molestaba por eso, a decir verdad, parecían acostumbrados al trato que recibían.
—¡Muévanse! ¡La tierra no se va a recoger sola! —gritó el oficial superior empujando a cada preso que pasaba por su lado. Cuando sus ojos se percataron de mi presencia solitaria no dudó en llamarme: —¡Tae Joon! ¿Qué estás esperando? ¿Una invitación? ¡Date prisa!
Asentí limpiando los restos de excremento en mi boca. Seguí a los demás presos a una zona aún más amplia que la cafetería: el patio. Todo aquí era de concreto, nada tenía color. Cada uno sostenía una escoba con al menos treinta espigas y se encargaban de barrer el polvo que se acumulaba diariamente en los rincones del patio. Otros limpiaban las mesas con trapos húmedos y uno que otro se turnaba para pulir las botas de los guardias.
—Te encargarás de trapear las regaderas por esta vez, Tae Joon —la voz del oficial me hizo saltar. Me entregó el trapeador más sucio del lugar—. Asegúrate de limpiar cada rincón.
De todas las zonas dentro de la prisión, la última en conocer fue la de las regaderas. Un lugar amplio al igual que la cocina, donde de las paredes colgaban grifos, cada uno separado a uno o dos metros de distancia. El trapeador ya estaba húmedo así que me dispuse a deslizarlo de un lado a otro sobre el suelo. No había tanta suciedad a comparación del patio.
—¿De nuevo, Tae Joon? —la voz de Min Yaul hizo eco en las regaderas. Me estremecí con tan sólo escucharlo. Giré deprisa para apreciar a los tres cargando pesadas tinas de color rojo, una en cada brazo—. ¿Quieres que te ayudemos?
—Lárguense —exigí de mal modo. Eso no le pareció a Min Yaul por lo que se dispuso a dejar las tinas en el suelo.
—¿Qué tu difunta madre no te enseñó lo que son los modales? Actúas como si nosotros te hubiéramos hecho algo —interpeló cargando con la misma sonrisa falsa.
—Déjanos ayudarte, Tae Joon —intervino Min Seob—. Además, se nota que aún no has empezado y este lugar es muy grande.
—Ya terminé, así que largo —insistí con valentía.
—No me parece —opinó Min Su con el labio fruncido e inclinando su cabeza de un lado a otro calificando mi trabajo—. Hay una mancha debajo de ti.
Agaché la cabeza para asegurarme de lo que decía, pero en cuanto lo hice, sentí un líquido caliente y espeso golpear mi cuerpo. El suelo pasó de blanco a amarillo y un olor a orines fumigo todo el lugar.
—¿Qué demonios...? —escupí cuando probé una gota de aquel líquido ácido. Traté de limpiarme con el dorso de la mano pero también estaba mojado.
—Es que…el oficial Ko nos ordenó que nos deshicieramos de los orines de las bacinicas de cada celda —dijo reprimiendo una carcajada. Los otros dos le siguieron el juego—. Y ya que estabas trapeando aquí, creímos que te encargarías de limpiarlos.
—Se tragarán sus palabras cuando salga de aquí ¿me escucharon? —amenacé a regañadientes—. No tendré pied-
Nuevamente me golpeó un líquido, esta vez, tibio y con trozos duros en él. Incliné mi cuerpo para cubrir la mayor parte de mi cara. Mis reflejos me ayudaron un poco, pero al ver lo que tenía sobre mis pies, la sensación de vómito estaba en la boca de mi estómago.
De nuevo excremento.
—¿Por qué mejor no te tragas esto? —rio Min Seob desde su lugar. Los otros soltaron más carcajadas, dejando mis palabras en el aire e ignorando mis amenazas.
El pitido de un silbato detuvo el alboroto. El oficial se hizo presente. Min Yaul y los demás actuaron como dos indefensos cachorros, mientras que yo traté de no vomitar sobre el suelo con los olores de la orina y el excremento combinados.
—¿Qué sucede aquí? —cuestionó un poco molesto.
—Nada, señor, Tae Joon no quiere hacer sus tareas. —se excusó Min Yaul tomando como testigo a sus amigos, los cuales le dieron toda la razón.
—Tae Joon —llamó el oficial. Levanté la mirada y él se alejó. El olor llegó hasta él que no tuvo de otra más que tomar su distancia—. ¿Qué...apesta?
—Sus secuaces me arrojaron excremento y orina —revelé, por lo que gané risas de su parte.
—¿Sigues creyendo que somos los malos, Tae Joon?
—No lo creo —aclaré con odio y rencor. Luego corregí: —. Lo son.
El oficial se cruzó de brazos y negó con la cabeza desaprobando mi actitud. No importaba lo que dijera, ellos jamás lo validarían. Estaban siendo manipulados y se negaban aceptarlo.
—Me estás cansando —expresó con una cara de pocos amigos. Se giró con Min Yaul y le hizo una seña con la cabeza—. Haz que tome una ducha, ya saben qué hacer.
—Seguro, señor —sonrió Min Yaul con malicia.
Intenté correr pero Min Su se adelantó. Golpeó mi estómago para dejarme vulnerable. La sensación de tomar aire con desesperación apareció nuevamente, combinado con el dolor de las úlceras recién erupcionadas de mi abdomen. Min Su me arrastró hasta una de las bañeras y los tres me acorralaron
—Parece que nos vamos a divertir —se burló Min Yaul—. Pero la gente no se baña con la ropa interior.
De un tirón, se deshizo de mi ropa interior exponiendo mi m*****o, también herido, al aire libre. Chasqueó los dedos y sus cómplices se fueron. Traté de defenderme pero un golpe más en mi abdomen me dejó sin fuerzas.
—Tu cabello está muy largo, Tae Joon —rio. Se rebuscó en los bolsillos del uniforme hasta sacar unas tijeras pequeñas de peluquería—. Mi hermana me enseñó algo de estilismo así que no hay de qué preocuparse. Si quieres ser uno de nosotros debemos mejorar tu aspecto.
Tomó trozos grandes de mi melena castaña y los cortó como a un trozo de papel. Pude deducir que sus cortes no eran rectos, pues notaba como mis mechones caían de uno en uno sobre el suelo. Segundos después, sus cómplices llegaron con dos tinas rojas llenas de agua y las dejaron fuera de la regadera.
—Listo —informó Min Su.
Cada uno sostuvo una tina y se turnaron para arrojar el agua. Cubrí mi rostro en caso de que fuera algo más que eso. Un balde de agua helada fue lo que recibí primero. Los trozos de hielo golpearon las partes de mi cuerpo, de los cuales también, algunos lastimaron mis heridas. La respiración se me fue por dos o tres segundos, no fui capaz de contar el tiempo, pero la sensación era horrible. La segunda tina fue aún más fría, pues eran más trozos de hielo que de agua. A este grado, mi cuerpo comenzó a temblar. Me abracé para entrar en calor pero al instante la tercera tina me golpeó aún más fuerte. Eran puros cubos de hielo, que si los dejaba mucho tiempo sobre mi piel, sentía como estos me quemaban.
—¡Oh! Nos olvidamos de la toalla —dijo Min Yaul en burla—. ¿Nos esperas aquí? No tardamos, bueno, si es que nos da la gana regresar.
Cerraron la cortina de la regadera y se fueron muertos de la risa.
Yacía débil en el suelo, desnudo, con quemaduras que dolían al toque. Cerré mis ojos intentando imaginar que nada de esto fuera real. Quizá sólo era una terrible pesadilla de la que pronto despertaré. Nada malo me estaba pasando. En cualquier momento me sacarían de este lugar y mis heridas desaparecerán cuando vuelva en sí.
El sonido del desliz de las cortinas hizo que hundiera mi rostro en las manos. Ellos habían regresado para lastimarme más y yo no lo podía soportar. Les tenía miedo, por más que me ocultara, ellos se las ingeniaban para encontrarme. Estaba asustado. Estaba aterrado. Estaba solo.
—Tae Joon.
—¡Déjenme! ¡Por favor! —solté en llanto. Me arrinconé lo más que pude en la regadera pero era el límite—. ¡Se los suplico! ¡Déjenme en paz!
—Tranquilo, está bien, ellos no están aquí —informó con voz apacible, relajando cada músculo de mi cuerpo.
Despegué mi rostro de las manos lenta y cautelosamente asegurando de reojo que en verdad era alguien distinto. Su rostro pálido y preocupado se mostró ante mí. Tenía la mano derecha extendida y en la izquierda cargaba con un par de toallas blancas.
—¿Quién eres tú? —mencioné con un hilo de voz.
—Me llamo Son Na-moo —respondió con serenidad—. Me tomé el atrevimiento de seguirte hasta aquí pero…no pensé que ese trío fuera capaz de hacerte algo como esto —Sus ojos observaron cada herida de mi cuerpo. Detonó lástima y preocupación por ello, por lo que no pudo evitar soltar una maldición en un tono débil—. Ven conmigo, te ayudaré —me tomó del brazo y con cuidado me hizo salir de la regadera. Pero mi cuerpo estaba tan adolorido que me fue imposible mantenerme de pie por sí solo. Son Na-moo me dejó en el suelo para cubrir mi cuerpo con dos toallas cálidas y frotó delicadamente mis brazos y espalda para secarme
—Gracias —mascullé.
—Te traje ropa —informó extendiendo las prendas en el suelo. Un chaquetín gris de mangas cortas, pantalones del mismo color y holgados, y ropa interior limpia—. Te ayudaré a vestir.
Hice un esfuerzo enorme para ponerme de pie y así no dejarle toda la tarea. Me sentía inútil y fracasado. Alguien que no era capaz de moverse para colocarse la ropa. Con cuidado, me coloqué la ropa interior, después los pantalones deportivos, para así, dejar al último el chaquetín. Secó con la toalla los mechones trasquilados de mi cabello e intentó peinarlos, pero estaban demasiado enredados como para hacerlo, así que lo dejó.
—Ven conmigo, te llevaré a un lugar más seguro.
¿Existía acaso un lugar más seguro que la cárcel?
Al salir de las regaderas, doblamos a la derecha para entrar a un cuartito donde se resguardaban escobas viejas, trapeadores, recogedores y trapos limpios. Na-moo cerró la puerta, no sin antes asegurarse de que nadie rondara por el pasillo.
—Siempre escondo algo de comida —comentó sacando una de las charolas de la cafetería repleta de aperitivos—. Sé que no has comido nada desde anoche, así que anda, come todo lo que puedas.
Abrí la boca para negarme rotundamente pero mi estómago rugió tanto que no pude evitarlo. Aprecié antes de devorar; pan tostado embarrado con mantequilla y mermelada de fresa, fruta colorida y recién cortada en cuadros pequeños y huevos revueltos con dos tiras de tocino encima. Le di una gran mordida al pan tostado, después metí un trozo de manzana a la boca y al instante una cucharada de huevo revuelto para terminar con una mordida al tocino grasiento.
—Despacio —rio extendiendo un vaso con zumo de naranja—. Aún nos restan unos cuantos minutos de descanso.
Mastiqué el bolo de comida con rapidez, di un trago al zumo de naranja para pasármelo y limpié los restos que se quedaron sobre mis comisuras con el dorso de mi mano.
—Gracias —dije.
Sonrió sin tener ningún problema con ello.
Me dispuse a comer hasta hacer explotar mi estómago. Debí aprovechar lo que tenía ahora, de no ser así, no sabría hasta cuándo volvería a probar una comida tan deliciosa. Como el lugar carecía de ventilación y era tan pequeño, se acumulaba un calor agradable, eso me hizo dejar de temblar.
Pero mis dudas aparecieron enseguida.
—¿Por qué me hacen esto? —cuestioné sosteniendo la mitad del pan tostado con una mano y en la otra, el zumo de naranja.
Na-moo rascó su frente y agachó la mirada para después esbozar una sonrisa tímida pero a la vez temerosa.
—Los Min siempre se han catalogado como uno de los grupos más temidos dentro de la prisión. Actúan de esa manera cada vez que entra alguien nuevo —aclaró antes de responder mi pregunta. Luego, me miró con inquietud—. ¿Supiste lo del oficial Lee Ji Heon?
—No, ¿qué sucedió con él? —pregunté con angustia.
—Ayer, antes de entrar a su casa, lo asesinaron de un disparo en la cabeza —confesó y el huevo revuelto en mi cuchara cayó al plato. Quedé boquiabierto—. Hay rumores de que fue a causa de…
—¿De qué? —presioné.
—De intentar ayudarte.
—¿Qué? —sobresalté.
—Pero sólo son rumores —parloteó con las manos intentando calmar mi angustia—. Ya sabes que la mayoría de lo que se dice en este lugar son mentiras para asustarnos.
—Pues no dudo que esos rumores sean ciertos —aclaré con la boca llena—. Sé que ese hombre sabía la verdad y los muy cobardes tuvieron que asesinarlo para que no abriera la boca.
Hizo una mueca.
—Entonces, ¿es cierto? —preguntó curioso.
—¿Qué cosa?
—¿Tuviste lazos con Baek Soo-bin?
Sonreí con ironía, luego le di un sorbo al zumo.
—Desearía no haberlos tenido —me lamenté—. De no conocerlo, ni siquiera estaría en esta pocilga.
—Es absurdo que lo digas —dijo con la mirada sobre el suelo.
—¿A qué te refieres?
—Cuando supe que existía la mafia de Baek Hyun-wook no deseaba otra cosa más que pertenecer a ella —confesó con un semblante apacible—. Seguramente te moleste que yo crea que es genial pero…mi infancia y adolescencia no fue algo de lo que esté seguro querer recordar. Jamás tuve un contacto cercano a Soo-bin, pero había compañeros en mi preparatoria que decían que ser uno de los elegidos como m*****o de la mafia era como estar en un mundo de maravillas —se expresó con la mirada fija hacia el suelo, recordando su pasado como algo vulnerable—. Dinero, poder, autos, mujeres…¿es cierto que puedes tenerlo todo?
Tragué, con una mirada incrédula.
—No creas todo lo que dicen —aclaré bajándolo de la nube—. Soo-bin puede parecer inofensivo, se disfraza de tu mejor amigo y cuando puede te apuñala por la espalda. Una vez que entras a su mundo, sólo tienes dos salidas; la cárcel o la muerte.
—Al parecer ambos corrimos con la misma suerte —dijo. Antes de que pudiera responder, abrió la puerta y con cautela observó que todo estuviera en orden.
Me hizo una seña con su mano derecha y yo asentí aunque no me viera. Salimos del cuartito a toda prisa para continuar con nuestras labores. Nos detuvimos a unos metros antes de salir a las puertas que daban hacia el patio. Los demás prisioneros se encontraban casi puliendo el suelo ya que todo había quedado limpio desde hace tiempo, sin embargo, era demasiado pronto para los oficiales dejarlos descansar. Salimos al patio donde fui ignorado por la mayoría de los que estaban ahí, todos se centraban en sus tareas con el rostro cabizbajo. Cuando quise doblar a la derecha para buscar un lugar solitario, un cuerpo delgado chocó contra el mío de una forma que pareció provocada por él mismo.
—Fíjate por dónde caminas, estorbo —insultó Min Yaul masticando asquerosamente una goma. Giré rápidamente con temor a que fuera a lastimarme de nuevo, por lo que eso lo hizo esbozar una sonrisa burlona—. ¿Estás asustado?
—Déjame en paz —gruñí en un tono agresivo.
—Eso no es muy amable de tu parte
—¿No me digas? —cuestioné con sarcasmo—. Entonces me parece que eres un estúpido.
—¡Imbécil, hijo de puta!
Alzó su puño para estamparlo contra mi cara, sin embargo, otra mano lo detuvo. Mis ojos quedaron perplejos ante la presencia de un chico totalmente diferente al resto. Era alto, pues sobrepasaba por mucho a Min Yaul. Iba vestido en un traje n***o y camisa de vestir de color blanco, a simple vista parecía ser alguien importante y lo confirmé cuando el rostro de Min Yaul palideció.
—¿Qué no escuchaste? —musitó. Su tono era sereno pero hizo que Min Yaul diera un respingo—. Dijo que lo dejaras en paz.
Alejó el puño de Min Yaul con brusquedad. A pesar de ser delgado, su fuerza fue tan grande que lo hizo retroceder un par de pasos. Min Yaul sostuvo su muñeca presionando ligeramente sobre ella.
—¿Qué? —se burló, dirigiéndose a mí—. ¿Es que acaso te conseguiste un puto guardaespaldas?
—No sólo uno —contribuyó aquel chico con un aura de superioridad—. Mira a tu alrededor.
Min Yaul visualizó todo en 360 grados, yo hice lo mismo. Los demás presos habían dejado de barrer el suelo y sostenían sus escobas como si fueran un bate de béisbol, cada uno tenía la mirada fija en aquel chico, el cual por primera vez, se encontraba completamente solo.
—¿Dónde están tus amiguitos ahora? —inquirió en tono burlón—. ¿No me digas que se escondieron después de la paliza que les di?
—Esto no es asunto tuyo, Bou Hui —advirtió cuidándose la espalda—. Tae Joon está bajo mi cargo, es mío ahora y haré con él lo que me venga en gana.
—¡Yo no soy tu puto objeto! —exclamé con rabia.
Eso llamó la atención de ambos.
—Tiene razón —asintió el otro chico—. Entonces dejaré que ambos se enfrenten en este momento, uno a uno, sin que nadie interfiera.
—¿Qué? —dijimos Min Yaul y yo al unísono.
—¿Tienes miedo de no poder sin tus guaruras, idiota?
Observé lo tensa que estaba su mandíbula. Apretó los puños hasta que sus nudillos quedaron blancos. Podía ver como la rabia lo carcomía por dentro. Y a mí, el miedo.
—Por supuesto que no —soltó una sonrisa bufona.
Entonces, los presos despejaron el lugar formando un círculo grande a nuestro alrededor. Min Yaul preparaba sus puños de una manera extraña, los frotaba como si estuviésemos a menos cinco grados. El tal Bou Hui dio un par de palmadas fuertes en mi espalda y después sonrió.
—Ánimo, puedes ganarle a ese idiota —murmuró—. No es nadie sin los perros a su lado.
—Nunca he peleado —anuncié.
—Siempre hay una primera vez —terminó, para luego empujarme hacia el centro del círculo donde aguardaba Min Yaul con los puños bien cerrados.
¿En qué me había metido? ¿Quién le dijo a ese imbécil que quería pelear con él?
Estaba ante la mirada de al menos treinta presos, si me dejaba golpear por un bastardo como Min Yaul, quedaría en ridículo durante mis años dentro de la prisión, comería ratas por el resto de mis días y recibiría palizas diarias, no sólo de los Min, sino de todos los presentes.
—¡Acércate, mariposita! —retó Min Yaul—. ¿Tienes miedo?
¿Miedo? Sí, claro que lo tenía. Pero también odio. El odio se estaba volviendo parte de mí, no me importaba lo que le sucediera a este gran hijo de perra, sólo quería acabarlo, tenía que hacerlo o eso me atormentará por el resto de mis días. Di el primer golpe. Estampé mi puño contra su nariz, no me contuve, no fue un golpe débil, pero tampoco tan fuerte como para sacarle sangre, sólo llevó su cabeza hacia atrás por el impacto. Los espectadores se burlaron tanto, que encendieron a Min Yaul. Acaricié mis nudillos ante el duro hueso de su nariz. Era la primera vez que había sentido la sensación de dar un golpe.
—Eso es por el balde de orines —advertí—. No me contendré por todas las que me has hecho
Sonrió levantándose la punta de la nariz con el dorso de su mano.
—Quiero ver que lo intentes.
Lancé un segundo golpe, sin embargo, él fue más rápido. Se hizo a un lado dejando mi brazo en el aire, por lo que aprovechó y lo tomó para después doblarlo por mi espalda. Eso me hizo soltar un grito ahogado. Pero no me dejaría atrapar tan fácil. Mi cuerpo estaba tan cargado de rabia que sentía como reaccionaba por sí solo. Elevé el talón de mi pie con fuerza y golpeé su entrepierna, lo que lo hizo soltar su agarre dándome a mí la oportunidad de golpearlo en el estómago con el mismo pie. Se inclinó ligeramente hacia abajo en busca de aire, sin embargo, no lo dejé. Mi puño fue directamente a su pómulo con fuerza y él cayó al suelo con el dolor por los cielos. Mi respiración comenzaba a acelerarse por la adrenalina. Ahora no quería detenerme, quería seguir golpeándolo, seguir escuchando sus quejas de dolor. Hacer que lamentara el haberme hecho daño. Me monté sobre él y plasmé nuevamente mi puño, esta vez en su ojo. Trató de cubrirse el rostro pero fui más rápido y golpeé su labio. La intensidad de mis golpes incrementaba cada vez que notaba lo débil que se encontraba.
—Esto es por tirarme excremento —solté un golpe más en su nariz. Esta ya estaba chorreando sangre—. Y esto por las quemaduras de ayer—. Le di otro golpe más en su ojo, luego dos más en sus labios, otros tres en su pómulo y otros cinco más en la nariz. Los demás golpes le dieron en todas partes de su cara, lo único que quería era destrozársela a como diera lugar.
A ese grado, mis golpes ya no estaban siendo coordinados, sólo golpeaban lo que fuera parte de Min Yaul. Sus brazos se extendieron en el suelo anunciando su derrota. Sus ojos estaban cerrados y el cuerpo le pesaba menos. ¿Eso era todo? ¿Ni siquiera iba a defenderse? ¡No! ¡Esto no podía quedarse aquí! ¡Ese hijo de puta pagaría todas y cada una de mis lágrimas!
Alcé mi puño para darle el golpe final pero un par de brazos rodearon mi pecho y me levantaron del cuerpo herido de Min Yaul. Giré para enfrentarme a quien quiera que me hubiera interrumpido, pero me detuve al ver la expresión orgullosa de Bou Hui.
—Me parece que ha tenido suficiente —dijo.
—No es verdad, tiene que pagar todo lo que me ha hecho —me devolví al cuerpo de Min Yaul pero enseguida me detuvo.
—Estás aquí porque eres inocente —contribuyó—. No hagas nada que te condene a más años de prisión.
Si tan sólo ese Bou Hui no tuviera razón...Min Yaul estaría muerto justo ahora. Relajé mi cuerpo lo más que pude. Noté las heridas en mis puños y la sangre salpicada en mi uniforme. ¿Por qué esto me causaba satisfacción? Me había desquitado de una buena manera. ¿Esto lo haría detenerse por un tiempo? ¿Qué pasará con los otros dos? No era momento de pensar en el sufrimiento que iba a recibir por parte de ellos. Ahora yo había ganado esta pelea y estaba dispuesto a enfrentarme nuevamente si fuera necesario.
—Sabía que podrías —sonrió orgulloso de mis actos.
—Estaba cansado de él.
Bou Hui asintió dándome toda la razón. Ahora que lo había recordado todo, fue gracias a él que la pelea tomó este rumbo. Desconocía sus intenciones, pero en parte agradecí que me incitara a hacerlo.
—¿Por qué hiciste todo esto? —le pregunté.
—¿No querías defenderte? —elevó una de sus cejas—. Ese malnacido se merece más que los golpes que acabas de darle. Y por lo que sé, tú eres el primero que se ha enfrentado a él.
El timbre sonó anunciando el fin de nuestras tareas. Los guardias corrieron hacia Min Yaul para tratar de ayudarlo, mientras los demás presos se alejaron del patio para caminar por los pasillos directo a sus celdas. El oficial Ko y otro más se encargaron de levantar el débil cuerpo de Min Yaul. Por el rostro, le escurría la sangre que todavía no le coagulaba. Enredó sus brazos alrededor de los cuellos de los oficiales y lo ayudaron a caminar hasta un pasillo diferente a todos los que conocía.
Quise interrogar más a Bou Hui, pero en tan sólo un instante había desaparecido o quizá se mezcló ante la multitud que no fui capaz de distinguirlo.