Sebastian
Definitivamente, hoy es un día de perros. No conforme con haberme despertado tarde porque mi maldit4 alarma no sonó, ahora resulta que tengo que tolerar a una asistente incompetente que no puede hacer ni una sola cosa bien.
La pequeña chica frente a mí tiembla como una hoja y se ha quedado sin palabras.
—A ver, Patricia, explícate bien. ¿Qué fue lo que hiciste?
—Lo siento tanto señor Sinclair, le juro que no fue mi cul…
Levanto la mano para detenerla ahí mismo. Si hay algo que odio con todo mi ser, es que se excusen con la frase barata de “no fue mi culpa”.
—Ahórrate las excusas y dime ¿¡qué fue lo que hiciste!? —grito.
Ella se encoje en sí misma y cierra los ojos.
—Confundí las horas de sus reuniones —susurra.
Siento que me está colmando la paciencia. Una de las venas de mi cabeza está a punto de brincar.
—¡Dilo todo completo!
—Su reunión con el productor Collins era a las siete, pero llamó para pasarla a las dos de la tarde y olvidé que era la misma hora de su reunión con la señorita Kate —dice todo de golpe, pero puedo entenderla perfectamente.
¿Acaso puede haber alguien más inepto que esta mujer? Lo dudo mucho. Por su culpa, tendré que dejar plantado a uno de los dos y eso es inconcebible.
Kate, una de las cantantes más cotizadas de la década, y Collins, el mejor productor y que cuesta una millonada contratar. El peso de la balanza es difícil, pero me inclino más por Collins, lo necesito para la nueva estrella que me propongo lanzar, si lo pierdo, estaré completamente jodido.
—Lo lamento tanto señor Sinclair, le juro que…
—Basta, basta de juramentos y excusas baratas. Me tienes harto Patricia. Recoge tus cosas y te largas de mi disquera ahora mismo. Pasa por recursos humanos para que te den tu liquidación. Cuando regrese a mi oficina, no quiero ver ni tu cara asomada por ahí, ¿quedó claro?
—S-sí señor.
—¡Muévete! Me haces perder dinero.
Patricia sale corriendo hacia el ascensor y la pierdo de vista cuando entra al aparato. Esto es insólito.
Doy media vuelta y recojo mi café de la zona de comida antes de subir a atender a Collins, lamentablemente Kate tendrá que esperarme, o se irá. Saco mi celular del bolsillo para avisarle al recepcionista del piso que les pida esperarme, cuando, de la nada, una mujer histérica se choca conmigo.
Todo el contenido del café se derrama en mi saco. Doy gracias que no está caliente, o hubiese sido mucho peor.
—¡Agh! ¡No puede ser! ¿Es que no se fija por dónde va?
—¡Oh my God! Lo siento tanto, perdóneme, yo… no lo vi —dice la chica con la mirada fija en mi pecho. Trata de limpiar el desastre, pero lo único que hace es empeorarlo todo.
—Sí, eso es evidente.
—Perdone.
Ella trata desesperada de quitar el líquido marrón, como si con eso pudiese desaparecerlo. Empujo sus manos de mi cuerpo y chasqueo la lengua.
—Solo lo está arruinando más, déjelo así.
—No, no podría, por favor, déjeme lavarla para usted, le prometo que se la devolveré como nueva.
Solo cuando dice eso es que me detengo a mirarla. La chica es guapa, demasiado guapa diría yo. De hecho, tiene la apariencia de una artista. Su cabello rubio y esos ojos verdes me miran con súplica. Es evidente que está avergonzada por lo que hizo, y la verdad es que tengo prisa, ya voy tarde, y con todo lo que está pasando, no tengo tiempo de cambiarme.
—Bien.
Me quito el saco ante sus ojos, ella parece sonrojarse, pero me hago el desentendido. Se muy bien el efecto que causo en las mujeres.
»Llévela a esta tintorería, si le dice que es para Sebastian Sinclair se la entregarán en veinte minutos. Luego vuelva aquí y sube directamente al piso cinco, le dice a la recepcionista que es para mí y la dejará pasar.
—Está bien, y de verdad lo lamento mucho señor Sinclair.
—Tengo prisa, voy a una reunión, así que apresúrese.
Salgo disparado a toda prisa para alcanzar el ascensor que me llevará hacia la sala de reuniones. Mientras espero, la chica se va corriendo con la tarjeta que le di. No tengo idea de quién es ni lo que hace aquí, pero sin duda terminó de arruinar mi día.
Cuando llego hasta la sala de reuniones, Collins ya se encuentra ahí y no parece para nada contento.
—Señor Collins, cuanto lo siento, no quería hacerlo esperar.
El productor de cabello verde y ojos azules me mira molesto, suspira y entonces se descruza de brazos.
—Mira Sebastian, sabes que estoy aquí por el gran cariño que le tengo a este lugar y a tu padre, pero no vuelvas a hacerme esperar. ¿Y qué es eso de llamarme señor? No tengo cincuenta años, por favor, dime Jake.
—Está bien, y lo siento de nuevo, Jake.
Tomo asiento y lo invito a sentarse a mi lado. El productor, al que le llevo al menos unos seis o siete años, se sienta en la silla giratoria y comienza a moverse para todos lados. Si no fuera porque es uno de los mejores, me rehusaría a trabajar con él, pero estoy desesperado.
—Me dijiste en el correo que querías que te diera un nuevo éxito, pero, mi amigo, yo no puedo hacer eso si antes no sé con quién voy a trabajar.
—Todavía no tengo a la estrella, de hecho, estamos haciendo audiciones ahora mismo.
—¿Recién? Entonces llámame cuando la tengas —dice poniéndose de pie.
—Jake, no te vayas por favor. Necesito que me confirmes si puedes hacerlo.
Él me mira con una ceja enarcada y se echa a reír.
—Llámame cuando la tengas —repite.
No tengo tiempo para perseguirlo, debo llegar con Kate antes de que se impaciente más. Salgo corriendo a toda prisa hasta la otra sala de reunión, pero cuando abro la puerta, descubro que ya no hay nadie.
—Lo siento señor Sinclair, la señorita Kate se fue.
—¡Maldición! —exclamo apretando los puños—. Mándale una cesta con… no sé, con algo que le guste, y pídele disculpas de mi parte.
—Por supuesto, señor Sinclair.
Después de este día tan desastroso, no puede salir algo peor, ¿o sí?
Subo a toda prisa hasta mi oficina, todavía me queda muchísimo trabajo que hacer antes de poder irme a descansar. Y es que nadie lo sabe, pero mi empresa está en números rojos. Solo el contador y yo estamos al tanto. Si mi abuelo se enterase de que estamos al borde de la quiebra, me desheredaría sin dudarlo.
Por eso estoy buscando tan desesperado una nueva artista, necesito a alguien fresco, novedoso, que sea joven y que pueda ir con las nuevas tendencias de la industria. Le encargué esa tarea a mi productor fijo en la empresa, sé que él podrá encontrar a la indicada porque hace magia con cualquier chica a la que le ve potencial.
Mientras estoy trabajando recibo un mensaje de un número anónimo. Es común en un rubro como el mío que lleguen ese tipo de mensajes. Los desesperados son expertos en conseguir mi número privado para suplicarme que les deje grabar alguna canción en mi disquera.
No le hago caso, hasta que entra un nuevo mensaje.
“Paga lo que nos debes, Sinclair. El jefe no va a esperarte más”.
Tomo el celular y elimino el mensaje sin siquiera abrirlo. Esto no me puede estar pasando a mí. De repente, la chica de la recepción me llama por el intercomunicador. Bloqueo el número y luego respondo a la llamada de la recepcionista.
—Señor Sinclair, aquí hay una chica que asegura que le trae su saco.
—Sí, déjala pasar.
A los pocos minutos, la chica misteriosa abre la puerta con timidez. Lleva el saco en un gancho muy bien planchado y acomodado en una bolsa transparente.
—Aquí le traigo su saco.
—Por un momento creí que huirías con él y no volverías.
Ella abre la boca con sorpresa.
—Jamás haría algo así —dice dejándolo sobre la silla frente al escritorio. Tomo el saco y luego de asegurarme que está en orden, me lo coloco.
—Fuiste bastante rápido. Pareces una chica eficiente.
—No quería importunarlo más, de verdad lo lamento mucho —responde agachando la cabeza. Da media vuelta dispuesta a irse, pero en ese momento se me ocurre una idea.
De todos modos, necesito una asistente personal ahora mismo y ella parece menos torpe que la que acabo de despedir.
—Espera un momento.
Ella se da media vuelta con lentitud, pensará que le criticaré algo de lo que hizo.
—¿Sucede algo malo con el saco?
—No, no, de hecho, está perfecto. Dime una cosa, ¿qué hacías en la disquera?
—Ah… este… yo estaba… a-acompañando a una amiga, sí.
—¿A lo de la audición?
—Sí, eso mismo —contesta con una sonrisa tímida. Oculta su cabello detrás de las orejas, dejándome ver su radiante belleza.
—¿Cuál es tu nombre?
—Abby Green.
—¿Estás buscando trabajo? Necesito una nueva asistente y creo que podrías ser tú.
Abby abre los ojos hasta el límite.
—¿Yo? Pero…
—Si no lo necesitas puedo buscar a alguien más.
—Ah… no, no. Es decir, sí, sí necesito trabajo.
—Excelente, dame tu número y le pediré a recursos humanos que te envíe un contrato. ¿Puedes comenzar mañana?
—¿Mañana?
—Necesito a alguien hoy, pero es mejor que sepas lo que haces. Tienes que saber que odio la impuntualidad y el desorden. Te enviaré personalmente todo mi itinerario y cómo deberás organizarlo, ¿puedes hacerlo?
Ella parpadea varias veces, como si estuviese en shock y asiente lentamente. Voy a tomar eso como un sí.