Narra Emily
—No puedo permitir que Mathew entre a casa, mamá. Me moriría de la vergüenza cuando se dé cuenta que solo hay dos mujeres a cargo de nosotros. ¿Qué le voy a decir?
—Lo haremos pasar al jardín, no tiene por qué enterarse a simple vista de lo que ocurre con nuestra economía.
—Me dejará en el momento que se entere. Seré una fracasada, me convertiré en el hazme reír de todos, no puedes permitirlo.
Laura tapa su rostro con el paño que se limpió la boca, es la tercera vez que la veo llorar en medio de la comida.
—Deja de preocuparte por eso —dice mi padre calmando la situación de vida o muerte de mi hermana.
Esa era nuestra conversación familiar a la hora del almuerzo.
—¿Cuándo será la boda de Emily? No creo poder aguantar mucho en esta terrible situación. Si tan solo mi prometido se apresurara con los tramites de nuestra boda y me saca de este apuro antes que sea tarde.
Yo solo rodaba un guisante de un lado al otro de mi plato con el tenedor, mis ánimos se fueron abajo desde que supe la manera en la que podía ayudar a mi familia.
—La señora O´Brien vendrá a conocer a Emi, de paso charlaremos algunos asuntos relacionados a la boda; por lo que escuché será en unos dos días.
—¿Dos días?
—Sí, es que es una mujer de edad un poco avanzada, es claro que tiene cierto afán en encontrar una esposa para su hijo, quizás siente que necesita la ayuda de alguien más joven para lidiar con él. Entiendo que tenga prisa y lo valoro, porque nosotros también la tenemos.
—Te encargas de ese asunto, cariño. Estaré ocupado para cuando ella venga —comenta mi padre retirándose de la mesa.
Miré su plato y casi no tocó la comida.
—Claro que sí, yo le hago frente a la boda; la verdad, la señora Amelia O´Brien me agrada demasiado.
Margaret me sonríe y sigue comiendo con mucho apetito, parece que es la única que puede comer con tranquilidad.
Al final de la comida le ayudé a Anita con la cocina, soy consciente de todo lo que hay que hacer en casa y al estar sola dándose combate con todo, quise darle una mano.
—Señorita, vaya a su habitación, si su padre la ve ayudándome, se molestará conmigo.
—Él está en su despacho, mientras esté allí no se da cuenta de lo que pase a su alrededor.
—Señorita, Emily ¿puedo hacerle una pregunta?
Acomodé el ultimo plato en su lugar y asentí a lo que decía.
—¿También me despedirán? Es inevitable no escuchar lo que hablan, además, acaban de despedir a tres de mis compañeras, uno de los choferes también fue despedido. ¿a mí también me despedirán?
La mirada de Anita expresaba temor, no sabía que decir, mi padre quería que solo nos quedáramos con Rosario —la ama de llaves— y que esta resuelva el resto de funciones de la casa; porque siente que Margaret no puede hacerse cargo a todas estas cosas, nunca ha entrado a la cocina a freír un huevo o a servirse un vaso de agua.
—Pensemos de forma positiva, todo estará bien —dije dándole palmaditas en su hombro.
Estaba algo dispersa por lo que pasaba, en casa el ambiente se hace tenso, cada quien busca refugio en su lugar seguro; Laura está en el jardín con su prometido al que tratan como un rey para que no se dé cuenta que la mujer con la que será no tiene un peso en su cuenta, mi padre está en su despacho revisando por quinta vez los informes financieros de la joyería, Margaret está en el Spa porque necesita relajarse, según el estrés no la deja hacer nada, pero me pregunto ¿Cuándo ha hecho algo?
—¡Estoy en casa! Rosa, tráeme un poco de té verde. Oh, olvidé que Rosa ya no está. ¡Anna!
—Deme un segundo, señora Murphy, ya lo preparo.
Salí de la pequeña biblioteca que tenemos en casa, la voz de Margaret es algo irritante, mi hora de lectura se vio interrumpida por ella. Aproveché que estaba sola para poder hablarle del asunto matrimonial antes de la llegada de Amelia O´Brien.
—Margaret, ¿podemos hablar un momento?
—Mi niña, no me digas Margaret, puedes decirme mamá.
¿Mamá? En veinte años que tengo viviendo con ella nunca me pidió que la llamara de esa forma. la mujer recibe su taza de té y la deja en un centro de mesa.
—¿Qué necesitas?
—Quería hablarte sobre las condiciones para la boda con el señor Walker.
—¿Qué condiciones? —cuestiona mirándome intentando fruncir su ceño, aunque no puede, los químicos inyectados en su cara se lo impiden.
—Sí, es que durante la comida estuve pensando que esto es una forma de ayudarle a papá; por lo que me imagino que hay algún tipo de acuerdo matrimonial.
—La familia Murphy no hace acuerdos con nadie.
Margaret toma su taza de té con una elegancia que solo se ve en su cabeza, sus enormes uñas hacen parecer que le cuesta trabajo sostener la pequeña oreja de la taza.
—Pensé que harían algún acuerdo económico, que le contaría a la señora Amelia la situación económica de la familia y así poder ayudar a solventar…
—¡¿Cómo se te ocurre?! Jamás le diría a la señora O´Brien que somos pobres, no quiero que sienta lastima de nosotros, ni más faltaba. No quiero que vea este matrimonio como una obra de caridad con nosotros, todo lo contrario, quiero que ella se dé cuenta que le estamos ayudando, que es ella la que se sirve de nuestra familia.
—Entonces ¿Qué sentido tiene que haga esto? Tiene que contarle la verdad, seamos sinceros con ella y hagamos un…
—¡No! De mi boca jamás saldrán esas palabras, esa mujer no se creerá más que yo y menos, menos me mirará por encima de su hombro.
—Margaret.
—Eso no se discute, Emily. Cuando la mujer venga mantendrás esa lengua bien guardada ¿de acuerdo?
Tensioné mi mandíbula para no tener que hablar, pero por más que quise quedarme callada, un leve impulso me ganó.
—Entonces ¿para qué me casaré con ese hombre? No tiene sentido que haga tal acto de amor si no habrá ningún beneficio para mi padre.
—No me hables de esa forma muchachita.
Margaret articuló demás esas palabras por lo que debió masajear sus mejillas para no arrugarse.
—Mira, esto será sencillo. Ese tal Alexander lleva años postrado en una cama, la ultima vez que hablaron sobre él dijeron que no había muchas posibilidades para él. Pienso que en un par de meses se irá de este mundo infernal y será allí cuando nosotros podamos ver los frutos de tu valioso sacrificio por amor a tu familia.
—¿Qué pasará en esos meses con mi padre?
—Lo resolverá, de eso estoy segura, lo que importa por ahora; es que la dignidad de la familia se mantenga arriba.
No sirve de nada eso de la dignidad y lo de mantener el apellido en el estatus más alto si de puertas para dentro estamos en medio de una odisea que me empieza a ahorcar sin piedad.
—Señora Murphy, llegó la invitada que esperaba.
—¡Oh, perfecto! Hágala pasar, Anna. Pero eso sí, que por nada del mundo Mathew Holman la vea en la casa.
—Como diga, señora.
Margaret se sienta mejorando su postura y cruzándose de piernas.
—Buen día —saluda la mujer.
Hace un tiempo no la veía, ya no tenía recuerdos de algunos detalles de su físico.
Me puse de pie para saludarla, le extendí mi mano para presentarme, pero esta me da un abrazo.
—Emily, es un gusto conocerte.
Quedé algo impactada, pero no era algo que me molestaba; todo lo contrario, sentí calidez en su abrazo.
—También es un gusto, señora O´Brien.
—Dime Amelia —responde poniendo sus manos en mis hombros y alejándose un poco de mí—. Oh, déjame verte, que bonita eres.
La mujer mira mi rostro con detalle. Sus ojos analizaron cada parte de mí, era como un escáner que aprobaba lo que veía. Por un momento noté algo extraño o poco usual en la mujer de avanzada edad, el color de sus ojos era diferente. Tenía uno de ellos de color azul y el otro café ¿Cómo no pude notar algo tan increíble la última vez que la vi?
—Eres justo lo que buscaba, Emily. Tienes un ángel que puedo sentir en tu aura.
—¿Laura? —pregunta Margaret algo fuera de lugar—. Mi hija menor es aún más hermosa, espero pronto pueda charlar con ella, pero está en este preciso momento con su prometido.
—Espero no haberlas interrumpido —dice la mujer de elegante vestimenta.
—No, claro que no, estábamos esperándola; la verdad estamos ansiosas por iniciar los preparativos de la boda.
Ruedo mis ojos al escucharla, que modesta es.
—Todo está listo, señora Murphy —responde Amelia—. Vengo a buscar a Emily para que se pruebe el traje de novia que diseñaron para ella.
Los ojos de mi madrastra se iluminan, era como si hubiese escuchado que ganó la lotería.
—¡Claro! Cariño, ve con tu suegra, no la hagas perder tiempo. ¡Date prisa!