PRÓLOGO
Hospital Central 03:17 a. m.
Hay dos reglas sagradas que todo residente aprende a golpes durante su primera guardia nocturna.
La primera es nunca prometerle a un paciente algo que no puedes cumplir; la falsa esperanza es un lujo que la medicina no se puede permitir.
La segunda...
Nunca, bajo ninguna circunstancia, te rías en el pasillo principal de terapia intensiva.
Los médicos siempre sueltan una risa nerviosa cuando la escuchan, creyendo que es una broma pesada. Las enfermeras, en cambio, jamás bajan la guardia. Ellas no se ríen porque conocen demasiado bien la historia.
Dicen que, cuando una persona está a punto de dejar de respirar una mujer aparece frente a ellos.
Camina despacio, con elegancia que desafía el caos de las urgencias. Lleva la bata blanca perfectamente lisa el cabello oscuro recogido y un cubrebocas n***o que oculta cualquier rastro de expresión facial.
Nunca habla. Nunca emite un solo sonido.
Los psiquiatras de guardia insisten en que se trata de un delirio colectivo provocado por las veinticuatro horas sin dormir y el desgaste mental de estár en el hospital. Pero los que la han visto juran que, después de verla cruzar la puerta de una habitación, el monitor cardíaco deja de sonar de golpe, marcando una línea plana.
En el Hospital Central nadie sabe exactamente cómo empezó la leyenda.
Algunos culpan a un viejo expediente perdido en el archivo muerto; otros, a un amor obsesivo que terminó en tragedia dentro del quirófano.Lo único seguro es que, cuando un estudiante nuevo pregunta por ella en medio de la madrugada, la respuesta siempre les congela la sangre en las venas.
Se miran de reojo, suspiran con resignación y murmuran con la advertencia que todos temen escuchar.
—No le tengas miedo a la muerte, ten miedo de la doctora que llega antes que ella.