Laura
"La arteria radial es el canal más expuesto del cuerpo; bastan tres dedos presionando la muñeca para adueñarse del pulso de una persona, delatar su miedo y tomar el control de su vida." 🖤
02:53 a. m.
Hay personas que necesitan café para sobrevivir a una guardia nocturna.
Yo necesito orden.
El agua tibia cae sobre mis manos mientras acciono el dispensador de jabón antiséptico. El aroma a clorhexidina invade el pequeño lavabo del baño del personal y, por un instante, el resto del hospital desaparece. Sigo el mismo procedimiento de siempre. Palma contra palma. Dorso. Entre los dedos. Pulgares. Uñas. Muñecas.
Treinta segundos exactos ni uno más ni uno menos.
La rutina tiene algo tranquilizador. Las personas fallan, los protocolos no.
Cierro la llave con el codo y tomo una toalla desechable. La deslizo con cuidado sobre mi piel hasta dejarla completamente seca. No soporto la sensación de humedad atrapada entre los dedos.
Levanto la mirada.
El espejo me devuelve el reflejo de una mujer que aprendió hace muchos años que la perfección no es un talento; es una decisión diaria.
Mi bata blanca está impecable.
Paso ambas manos por las solapas, alisándolas con delicadeza. No hay una sola arruga, pero aun así lo hago. Después acomodo el cuello. Enderezo el gafete apenas unos milímetros hacia la derecha y verifico que el estetoscopio cuelgue exactamente al centro de mi pecho.
Mucho mejor.
Del bolsillo saco un pequeño gloss color nude. Una capa ligera.
Lo suficiente para evitar que mis labios se resequen.
Nunca me han gustado los labiales rojos. Demasiado escandalosos. Demasiado necesitados de atención.
Prefiero que me recuerden por mi trabajo.
No por mi boca.
Mi armadura es la perfección.
La puerta del baño se abre de golpe.
—¿Doctora Duarte? Pensé que ya se había ido.
Es Sofía, una residente de primer año. Lleva el cabello desordenado, el cubrebocas colgando de una oreja y unas ojeras tan oscuras que parecen pintadas.
Le sonrío.
Una sonrisa pequeña.
La suficiente para tranquilizarla.
—Todavía no.
—¿Cómo le hace para verse tan... descansada?
Casi río.
Si supiera que llevo más de treinta horas despierta...
—La práctica.
Miento con naturalidad.
No existe práctica capaz de acostumbrarte al cansancio.
Ni al olor del hospital.
Ni a la muerte.
Sofía suspira mientras se acerca al lavabo.
—Algún día quiero ser como usted.
La frase me atraviesa con una extraña incomodidad.
No porque me moleste.
—No quieras ser como nadie —respondo mientras acomodo nuevamente el puño de mi bata—. Solo conviértete en una buena doctora de la cual te sientas orgullosa.
Ella asiente con admiración.
—Buenas noches, doctora.
—Buenas noches.
La puerta vuelve a cerrarse.
Otra vez estamos solos.
El espejo y yo.
Durante unos segundos observo mi reflejo sin pestañear.
Los hospitales tienen una curiosa forma de desgastar a las personas. Las espaldas comienzan a encorvarse. Las batas dejan de plancharse. El cabello termina recogido de cualquier manera. El cansancio encuentra la forma de instalarse detrás de los ojos.
Yo me niego.
Mientras mi uniforme permanezca impecable, todavía puedo convencerme de que el caos no ha conseguido tocarme.
Miro el reloj de pared.
02:58 a. m.
Cinco minutos.
Cinco minutos para terminar la guardia.
Al salir del baño, el silencio del ala norte me recibe como un viejo conocido.
Las luces fluorescentes parpadean sobre los pasillos casi vacíos. A esa hora, el hospital deja de pertenecer a los familiares ansiosos y a los médicos que corren de un lado a otro.
A las tres de la mañana...
El hospital pertenece a quienes cargan secretos.
Y yo estoy a punto de enfrentar el mío.