4 EL CORONEL CALLAHAN

1229 Words
TESSA Me puse la camisa de Brett a toda prisa, mis manos temblaban tanto que apenas podía abrochar los botones. El pánico se instaló en mi pecho, sabía que mi padre tenía informantes en toda la base, pero no creí que el rastro de nuestro asalto al juzgado llegara tan rápido a su escritorio. —Quédate aquí —me susurró Brett, terminando de subirse el cierre del pantalón. Su rostro había cambiado; ya no era el amante tierno de hace unos minutos, era el Capitán Dalton preparándose para el impacto. —Es mi padre, Brett. No voy a esconderme como si hubiera cometido un crimen —respondí, saliendo de la cama y buscando mis pantalones. Brett abrió la puerta y el coronel Morgan Callahan estaba allí, impecable en su uniforme de servicio, con la gorra de mando bajo el brazo y una expresión que podría haber congelado el desierto de Texas. No venía solo; dos oficiales de la policía militar estaban parados a sus espaldas, rígidos. —Capitán Dalton —la voz de mi padre era un fría y de mando—. Espero que tenga una explicación coherente para la notificación que recibí del registro civil hace media hora. —Señor, permítame explicarle... —empezó Brett, cuadrándose de inmediato. —¡Papá, basta! —intervine, colocándome al lado de Brett y tomando su mano con firmeza. Mi padre clavó su mirada en nuestras manos entrelazadas y vi cómo una vena se hinchaba en su sien—. No somos criminales, nos casamos porque nos amamos y porque Brett se va mañana. Mi padre entró al departamento sin pedir permiso, haciendo que los oficiales se quedaran afuera. Cerró la puerta con un golpe seco que resonó en las paredes vacías. Se quedó mirándonos en silencio, recorriendo la habitación con una mezcla de decepción y furia contenida. —Eres un impulsivo, Dalton. Siempre lo has sido —soltó mi padre, señalándolo con un dedo acusador—. Eres el mejor piloto de esta base, el más temerario y el que más récords ha roto, pero como hombre... como hombre no tienes ni un gramo de prudencia. ¿Casarte en secreto? ¿Llevarte a mi hija a un juzgado de mala muerte a las tres de la mañana? —Señor, con todo respeto, mi intención no fue faltarle al respeto a su familia —dijo Brett, manteniendo la mirada—. Pero no pienso irme a Medio Oriente dejando a Tessa en el limbo... Mi padre soltó una carcajada amarga y se paseó por la pequeña estancia. —¿Limbo? Dalton, tu vida pende de un hilo cada vez que subes a esa cabina. Eres un adicto a la adrenalina, no siento que mi hija tenga ningún futuro a tu lado. Solo le estás asegurando un corazón roto. Tessa, ¿en qué estabas pensando? Has tirado por la borda años de disciplina por un arrebato romántico. —No es un arrebato, papá. Es mi vida —le respondí, plantándole cara—. Brett es el hombre que elegí y si él se va mañana, quiero que sepa que tiene una esposa aquí esperándolo. No me importa el protocolo ni lo que piensen los demás oficiales. El silencio volvió a caer sobre nosotros, pesado y asfixiante. Mi padre nos miró a ambos durante lo que pareció una eternidad. Vi cómo su postura se relajaba apenas un milímetro, no por aprobación, sino por la resignación de saber que ya no había vuelta atrás. Los papeles estaban firmados y el sello del estado era legal. —Está bien —dijo finalmente, suspirando con pesadez—. Si esto es lo que quieren, tendrán que hacerlo bien. Mañana mismo notificaremos a la comandancia. Dalton, te darán cuarenta y ocho horas de licencia administrativa antes del despliegue para que, al menos, tengan una apariencia de luna de miel, pero escúchame bien... Se acercó a Brett hasta quedar a centímetros de su rostro. —Cuando vuelvas de esa asignación, quiero una boda por la iglesia. Quiero que mi hija camine por el pasillo central de la capilla de la base con toda la dignidad que se merece. Y más te vale volver entero, porque si dejas a mi hija sola después de esta estupidez, yo mismo te buscaré en el más allá para pedirte cuentas. Brett se cuadró de nuevo, esta vez con una chispa de esperanza en los ojos. —Señor, le doy mi palabra. Al volver, no solo nos casaremos por la iglesia. Pediré un mes completo de licencia y me llevaré a Tessa al Caribe, le daré la vida que se merece. —Eso espero, Capitán. Por ahora, tienen hoy y mañana. Vayan a la oficina de personal, arreglen sus papeles de beneficiarios y traten de no hacer más locuras —mi padre me miró una última vez, con una tristeza que me partió el alma—. Cuídate, Tessa. No sabes en lo que te has metido. Salió del departamento sin decir más. Me desplomé en el sofá, sintiendo que toda la adrenalina de la noche se evaporaba, dejándome exhausta. Brett se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos, dándome ese calor que se había convertido en mi único refugio. —Lo logramos, nena —susurró él, besándome la sien—. Tu viejo no me fusiló. —Casi lo hace —me reí bajito, aunque todavía tenía ganas de llorar—. Brett, ¿en serio nos vamos al Caribe cuando vuelvas? —Un mes entero Tess, te lo prometo. Arena blanca, agua cristalina y nada de uniformes. Solo tú y yo celebrando que sobreviví a seis meses de arena y calor. —Te voy a tomar la palabra y más vale que empieces a empacar tu traje de baño, porque no pienso dejar que te escapes de esa promesa. Pasamos el resto de la mañana entre oficinas burocráticas, firmando formularios que nos acreditaban legalmente como esposos. Cada firma se sentía como un escudo, una capa de protección contra la incertidumbre del mañana. Pero mientras caminábamos por la pista de la base, viendo cómo los mecánicos preparaban los aviones para el despliegue, la realidad empezó a filtrarse. —Mañana a esta hora estarás en el aire —dije, mirando el enorme hangar donde el escuadrón Fénix descansaba. —Estaré pensando en ti en cada milla —respondió él, deteniéndose para mirarme—. Tessa, estos meses van a pasar rápido, lo juro. —Lo sé, pero el tiempo en la base se siente diferente cuando no estás. —Escríbeme todas las semanas, quiero saber qué desayunaste, qué casos tuviste en urgencias... quiero sentir que sigo aquí, contigo. Lo abracé en medio de la pista, ignorando las miradas de los soldados que cargaban equipo. No me importaba el reglamento, ni la jerarquía, ni el qué dirán. En ese momento, Brett era mi mundo, y el mundo estaba a punto de marcharse a miles de kilómetros de distancia. —Te amo, Brett Dalton —le dije contra su pecho, escuchando el latido fuerte y rítmico de su corazón. —Te amo más que al cielo, Tessa. Y voy a volver por ti, aunque tenga que volar a través del mismo infierno. La tarde cayó sobre la base, era nuestra última noche de paz antes de la tormenta, y pensábamos aprovechar cada segundo hasta que el primer motor rugiera en la madrugada.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD