TESSA
Escuché el impacto de la madera contra el soporte metálico, una vibración fuerte, pero no me moví, me quedé rígida, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que las uñas se me enterraban en las palmas, mi padre me rodeó los hombros con su brazo, apretándome contra su costado con una urgencia que nunca le había visto. Sentí su mano temblar sobre mi hombro, un temblor humano que intentaba ocultar manteniendo la barbilla en alto.
—Respira, Tessa. Solo respira conmigo —me susurró al oído, y su voz no era la del coronel Callahan, era un ruego que me pedía que no me hiciera pedazos ahí mismo—. No te sueltes ahora, hija. Aquí estoy, no te voy a dejar caer.
—No hay nada ahí dentro, papá —le respondí en un hilo de voz, sin quitar la vista de la superficie del féretro—. ¡Estamos enterrando nada! ¡Es una farsa, el puede estar allá afuera aun con vida!
—Lo sé, nena, es lo que todos quisiéramos, pero lamentablemente no es así —él apretó más su agarre, como si temiera que yo fuera a salir corriendo hacia la fosa—. Pero él se merece este honor, hazlo por él, aunque nos duela el alma. Quédate conmigo un minuto más.
Vi a John Miller a unos metros, al frente del escuadrón de cargadores. Estaba firme, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas y su mandíbula apretada. Él lo vio, estuvo ahí. Él vio cómo el avión de Brett se desintegraba contra el suelo de aquel cañón. Él volvió y Brett no. Sentí un impulso salvaje de correr hacia él y arrancarle las insignias del pecho con las uñas hasta que sangrara.
—¡Tú deberías estar ahí dentro! —le grité, señalando el ataúd con un dedo que no dejaba de temblar—. ¡Tú volviste a tu casa y a él lo dejaste quemándose en ese maldito desierto! ¡Mírame, cobarde! ¡Mírame!
John no respondió, solo cerró los ojos con fuerza y una sola lágrima rodó por su mejilla, perdiéndose en el cuello de su guerrera. Mi padre me sujetó del brazo con más firmeza, mientras el oficial de guardia daba la orden final con un grito que me desgarró los oídos.
—¡Escuadrón, atención! ¡Fuego!
El estruendo de las salvas me atravesó el corazón, el estallido me recordaba al rugido de los motores que Brett amaba más que a su propia vida, el mismo ruido que terminó por reclamarlo. Me llevé las manos al vientre de forma instintiva tratando de proteger ese secreto que apenas empezaba a latir con fuerza. Todavía no sabía si era niño o niña, pero en mi mente, siempre habíamos hablado de tener un varón. Si es niño, se llamará Logan, como mi abuelo, me había dicho Brett entre risas una noche mientras compartíamos una cerveza en el porche. Ahora, ese nombre me sabía amargo y dulce al mismo tiempo.
—Tessa, el General Vance... —mi padre me dio un leve empujón hacia el frente, pero no me soltó la mano hasta que estuve a un paso del General.
Caminé sobre la hierba perfectamente podada, sintiendo que el mundo se movía en una cámara lenta insoportable. Me detuve frente a Vance, él sostenía la bandera perfectamente doblada en ese triángulo. Trece movimientos exactos para resumir la vida del hombre que me hacía el amor con desesperación hace apenas nada, prometiéndome que siempre encontraría el camino de vuelta.
—En nombre del Presidente de los Estados Unidos... —empezó Vance, pero sus palabras se volvieron un zumbido borroso, un ruido blanco que no significaba nada frente a mi pérdida.
Me entregó la tela, yo la apreté contra mi pecho con una fuerza que me dejó sin aire, enterrando mi cara en el tejido, un sollozo animal, un gemido que no reconocí como propio, se escapó de mi garganta y resonó en todo el campo santo.
—¡Brett! —grité, y el nombre me quemó la garganta—. ¡Dijiste que volverías! ¡Me lo juraste por nosotros! ¡Mentiroso! ¡Vuelve ahora mismo!
Me desplomé de rodillas sobre la tierra, aferrada a la bandera como si fuera su cuerpo recuperado de las llamas. Mi padre cayó al suelo conmigo, arrodillándose, envolviéndome en un abrazo desesperado mientras yo me sacudía por el dolor.
—¡No lo bajen! ¡Deténganse! —rugí, viendo cómo el féretro descendía lentamente—. ¡Abran la caja! Esta vacía porque el sigue allá afuera, esta vivo y lo dejarón a su suerte.
—Ya está, Tessa... ya está, mi niña —mi padre lloraba abiertamente sobre mi cuello, perdiendo toda la compostura militar, apretándome contra su pecho—. Déjalo ir, vida mía. Tienes que dejarlo descansar, por favor, mírame.
Sentí otras manos, unas manos grandes y fuertes que me rodeaban la cintura por detrás, intentando separarme del borde de la fosa. Preston Mercer me levantó del suelo con una firmeza que no aceptaba réplica, cargándome casi en vilo. Me revolví buscando soltarme para saltar detrás de esa caja de madera vacía. Quería que la tierra me cubriera a mí también para dejar de sentir este incendio que me devoraba por dentro.
—¡Suéltame! ¡Tú estás vivo y él no esta! ¡yo quiero morir con él! —le grité en la cara, golpeando su pecho con mis puños, descargando en él todo el odio que sentía por el destino—. ¡Ojalá hubieras sido tú! ¡Ojalá hubiera sido cualquier otro y no mi Brett!
Preston no se inmutó ante mis insultos. No soltó su agarre ni me reprendió, me cargó hasta el coche oficial, ignorando mis golpes y mis gritos, y me metió en el asiento trasero. Mi padre subió a mi lado y me tomó la cabeza, apoyándola en su hombro mientras yo seguía sollozando el nombre de Brett hasta que la garganta se me cerró y me quedé sin voz, solo con un jadeo seco y doloroso.
Al llegar a la casa de la base, la encontré invadida. Había oficiales por todos lados, esposas de pilotos con bandejas de comida, gente hablando en voz baja sobre el heroísmo y el valor, me daban náuseas, todos ellos planeaban su cena y su mañana mientras mi vida se había quedado sepultada en ese agujero n***o del cementerio.
—Lárguense todos de mi casa ahora mismo —dije al entrar, con una frialdad que detuvo las conversaciones de golpe.
—Tessa, cariño, solo queremos acompañarte en este momento... —empezó Jessi, acercándose con una taza de té que humeaba.
—¡He dicho que se larguen! —golpeé la mesa de la entrada con toda mi fuerza, haciendo que un jarrón de flores blancas saltara por los aires y se hiciera añicos en el suelo—. ¡No quiero su comida, no quiero su lástima y no quiero sus malditas caras de funeral! ¡Fuera de mi vista!
La gente empezó a salir en un silencio incómodo, dejando las bandejas sobre los muebles. Subí las escaleras corriendo, tropezando, entré en nuestra habitación y eché la llave apoyando la espalda contra la madera. El silencio me golpeó de lleno. Ahí estaba todo: su chaqueta de vuelo colgada en el respaldo de la silla, sus botas gastadas en el rincón, el aroma a su loción todavía flotando en el aire.
Me quité el vestido a tirones, rompiendo la tela en un arranque de furia, arrojando la tela al suelo como si me quemara. Me quedé en ropa interior, tiritando de un frío que nacía de lo más profundo de mi alma, un frío que ninguna manta podría quitarme jamás. Me acerqué al espejo de cuerpo entero y me miré el vientre, todavía plano y firme, donde latía la única prueba de que Brett Dalton alguna vez existió y me amó.
—Estamos solos —susurré, hundiéndome los dedos en la piel del estómago—. Tu papá nos dejó antes de que pudiéramos decirle que venías en camino. Se fue y nos dejó este desastre.
Me tiré en la cama, del lado donde él solía dormir, buscando desesperadamente el calor de su cuerpo que ya no estaba. Enterré la cara en su almohada y aspiré el aroma que ya casi no permanencia, buscando cualquier rastro de su piel. Me quite el anillo que me dio y lo coloque en mi cadena y volví a colgarla en mi cuello.
—¿Cómo voy a hacerlo sola, Brett? ¿Cómo voy a mirarlo a la cara y decirle que su padre es un héroe cuando lo único que quería era que fueras un cobarde que se quedara conmigo? —le pregunté a las paredes vacías, gritándole a la oscuridad.
Afuera, el rugido de un caza despegando me recordó que la maquinaria de la base no se detenía por una mujer rota. La vida seguía, mecánica, indiferente y cruel. Me hice un ovillo sobre las sábanas frías, aferrando la bandera doblada contra mi pecho, como si fuera el cuerpo que nunca pude recuperar de las llamas.
—Me dejaste, Brett —susurré a la almohada que aún olía a él—. Me dejaste con una tumba llena de nada y un hijo que va a preguntar por ti cada mañana.