Boquiabierta, atónita, realmente asombrada por lo que acabó de decir, subo el último escalón que me separa de la puerta. Rashid tiene el don de cautivar con palabras. Es una virtud suya tan deliciosa para los oídos de cualquier persona como peligrosa. Uno puede actuar motivado por su melódica e hipnótica manera de hablar y perder el rumbo acerca de lo que verdaderamente quiere hacer. Por ejemplo, yo no quiero darle a entender que me muero de ganas por lanzarme a sus brazos. No quiero que comprenda el poder que tiene sobre mí cuándo pronuncia cosas tan ridículamente tiernas. No quiero. No quiero que sepa que cada segundo que pasa, lo amo más y más. —No lo tendrás sencillo —digo—. Ya nada te lo pondré sencillo. Estiro la mano para agarrar el picaporte y abrir, pero su voz gruesa

