Tras cerciorarme de que se fue; que el ruido del motor se alejó de mis tímpanos, y la imagen del Audi color n***o de mis ojos, cierro la puerta. Inhalo profundamente; aspiro la mayor cantidad de aire que puedo y después, exhalo en un soplido. «¡Qué hombre!» Le paso llave a la cerradura, y con una mueca en mi cara que mezcla la felicidad de estar junto a él, con la frustración porque se ha ido, giro sobre mis talones y empiezo a caminar lentamente al living, alias cocina y comedor. El arabillo no se imagina cuánto padezco la ansiedad. De seguro hasta me costará pegar el ojo por pensar, pensar y pensar en su sorpresa. Es decir, no es que no me gusten porque literalmente las amo, pero cuando tengo que esperar para develarlas... ¡Ahí viene el grandísimo problema! Me pongo impaciente, an

