—¡Nicci! —dice Bruna de manera alterada y zamarreándome—. ¡Nicci, Nicci, Nicci! Me desperezo y giro en la cama. Estuvimos despiertas hasta que salió el sol, me costó enormidades conciliar el sueño y viene a molestarme. —¡Déjame dormir! —me quejo con ronquera, hundiendo mi cara en la almohada. —¡No, Nicci, no! —chilla con desesperación, una alarmante desesperación que lentamente empieza a despabilarme—. ¡No puedes seguir durmiendo, ya dormimos demasiado! ¡Dormimos suficiente, diría yo! «Ay por Dios» ¡Suficiente fue soportarla ocupando mi cama, aplastándome con sus piernas y codeándome! —No me quiero levantar; apaga la luz. —¡Está bien! —bufa—. Son cuatro y media de la tarde, tu teléfono está que suena y suena, y de seguro te importa un bledo que hayas olvidado tu cita. De inm

