2. ¿Pero qué hace aquí solo? (Pasado)

1186 Words
. Al ver la mirada grisácea del joven, tan característica de los Ivanov, el chófer maldijo en voz baja. Se agachó apresurado al reconocer al nieto de su jefe y lo ayudó a levantarse. Una gota de sangre mancillaba su mejilla, fruto de un corte en la ceja. El chófer sintió un fuerte escalofrío, al comprender que la víctima era la única persona que podía poner en riesgo mucho más que su empleo. —¿Señorito Vladímir? ¿Qué hace solo en este lugar? —preguntó con voz entrecortada. — ¿Qué pasa porque hemos parado?—Preguntó Bradley al sentir el vehículo detenerse, había estado en silencio durante todo el trayecto, no necesitaba hablar, tanto él como su jefe sostenían una conversación silenciosa a través de sus miradas. Sergey, ignorando a los invitados, abrió la puerta del copiloto y salió sin responder. Al reconocer al chico atropellado, supo que no era del todo correcto invitarlo a subir al auto. Yuri, su jefe, detestaba que su nieto se involucrara en los negocios familiares, pero sin duda alguna, le enfurecería aún más saber que lo habían dejado solo en la ciudad sin protección. ¿Qué pensaba el inútil de su padre? Sergey a veces dudaba que la misma sangre de su jefe corriera por las venas de Alexei. — Tranquilo, Bradley, no pasa nada. Deja que se encarguen ellos —dijo Russell, intentando calmar a su mano derecha. Sin embargo, era él quien estaba más alerta. El mafioso americano estaba dispuesto a matar a la mayoría de los hombres de Yuri si estos osaban tenderles una trampa. — Parece que el tipo al que han golpeado no es un simple vagabundo, porque lo van a subir con nosotros — observó Bradley, atento a lo que sucedía fuera a través del cristal de la limusina. — ¿Y si es un sicario? —bromeó Ethan con tono despreocupado. No obstante, el ex agente de la CIA no pasó por alto la manera en que su jefe buscaba tener acceso al arma que escondía bajo la axila. — No, yo... yo solo iba a...,— respondió Vladímir, sorprendido por el trato cuidadoso con el que Sergey examinaba la herida en su ceja, presionándola con un pañuelo mientras lo guiaba hacia el asiento trasero de la limusina. Allí lo esperaban dos hombres desconocidos para el joven. No podía saber que se trataba del socio americano de su abuelo y su mano derecha. — Disculpen las molestias, pero el nieto del señor Ivanov los acompañará en el viaje a la mansión. — Pero yo iba a... — Usted no decide nada, joven Vladímir —lo interrumpió el Escolta, obligándolo a entrar con un leve empujón y haciéndolo sentar con fastidio en el espacio que aquellos hombres le habían dejado libre. — ¡Vaya! Qué grata sorpresa conocer al nieto de Yuri —Russell le sonrió con un guiño mientras tomaba un par de fresas del cuenco dispuesto en el interior del vehículo para los pasajeros, no sin antes ofrecerle una al recién llegado—. ¿Gustas? Deberías comer algo dulce, no parece ser un buen día para ti. — Encantado. Soy Vladímir, espero no molestar, mi idea no era encontrarme con ustedes — se sinceró ganándose una mirada severa del copiloto, quien giró el rostro solo para observar, por supuesto casi tuvo que morderse la lengua para no pedirle explicaciones al joven de lo sucedido frente a los americanos. Vladímir presionó el pañuelo que le había dado Sergey un par de veces más hasta que ya no le salía sangre de la ceja, sin dejar de observar a aquel hombre, no obstante le fue imposible evitar sonrojarse por la forma en que le guiñó el ojo. — Gracias…—Tomó la fresa que le ofrecía, sintiendo una extraña descarga cuando rozó sus dedos sin querer, apartando rápidamente la mano, para llevarse la fruta a su boca y co merla. — Tampoco nosotros esperábamos visitar al viejo Yuri, al menos no hoy, pero ya se sabe cómo son estas cosas —Russell observó al chico. No era un gran admirador de los jóvenes, pero este en particular le cautivó de tal manera que no pudo apartar la vista de él. Rubio, con ojos grises como el hielo que, sin embargo, no reflejaban la frialdad de su abuelo, sino que dejaban entrever una extraña e incomprendida ternura, algo que solo hombres como él, entrenados para ver más allá de una mirada, podrían descifrar. Piel clara, rostro casi angelical, y lo que más le llamó la atención fue ese extraño porte elegante, digno de la realeza más distinguida, en cada uno de sus movimientos finos, pulidos y precisos. — No me des las gracias, come otra —Russell se inclinó para tomar otra fresa y llevarla esta vez a los labios del joven, aprovechando el momento para acercarse y tomarlo del mentón para poder ver bien la herida en su ceja. — Sí, mi abuelo puede ser muy insistente —En ese momento, Vladímir odiaba su tez pálida. Estaba seguro de que con lo mucho que le ardía el rostro, su sonrojo no sería fácil de disimular. Abrió la boca para hablar, pero fue incapaz de pronunciar una sola palabra. Por suerte, la fresa le dio la excusa perfecta y decidió morderla, solo la punta, sin apartar sus ojos grises de la mirada azul que parecía escudriñarle el alma. — Necesitas dos puntos o te quedará una cicatriz fea. ¿No tendrán por aquí un botiquín de primeros auxilios? —El sonrojo en las mejillas del joven Ivanov hizo sonreír a Russell. Era tan adorable, tenía algo que hacía que su mirada y atención estuvieran fijas en él, como si de un imán se tratara y él fuera un burdo metal atraído por su magnetismo. — No lo sé... ¿Sergey, tenemos botiquín? —preguntó alzando un poco más la voz para que el hombre de confianza de su abuelo lo escuchara. — Bajo el asiento derecho, pero no se moleste, Russell. Creo que hace años que usted no ejerce y el médico del Señor Ivanov está en la mansión permanentemente. Además, una pequeña cicatriz en la ceja te hará más atractivo, Vladímir. A las chicas les gustan esas cosas —contestó el ruso sin girarse. —No estoy de acuerdo. Una cicatriz en un rostro tan hermoso como el del joven Ivanov no creo que lo haga más atractivo —Russell se atrevió a acercarse un poco más para ver la pequeña herida y aprovechar para seguir tocando y observando al joven—. No es necesario que molesten al viejo doctor de Yuri, Sergey. Yo mismo puedo atender algo tan pequeño. Soy médico cirujano, aunque ya no ejerza. No quedará cicatriz alguna, no te preocupes, ni siquiera recordarás este día, ya que no te quedará ninguna marca como prueba —le guiñó un ojo y se apartó nuevamente para buscar el botiquín bajo el asiento, tal y como Sergey había indicado—. Te dolerá un poco, pero será poco. Bradley, sírvele un poco de vodka al chico para el dolor.
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