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Me enamoré del hijo de mi enemigo.

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Blurb

El mafioso norteamericano Ethan Russell, o más conocido como el Rey n***o, jamás habría creído que se enamoraría del joven nieto de su socio Ruso Yuri Ivanov, un amor prohibido, no solo por la edad de Vladímir, sino por la intensidad con la que el chico parecía colarse bajo su piel. Ninguno de los dos tenía la posibilidad de salir entero de ese encuentro que terminó con el corazón roto del inexperto principe. Tres años después el destino los vuelve a unir en la cárcel, un lugar donde ninguno de los dos puede escapar. ¿Segundas partes nunca fueron buenas?¿El resultado volverá a ser el mismo? ¿Podrá el Rey n***o sobrevivir al despertar de la reina oscura que él mismo creó?

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1. Prepara todo (Pasado)
—Dos mercancías han llegado en un estado deplorable. No es la primera vez que esto sucede, ya van dos envíos consecutivos provenientes de Rusia con este tipo de problema. Debemos tomar medidas urgentes, ya que otro envío está programado para la próxima semana y es crucial que llegue en perfectas condiciones. Russell no reaccionó de inmediato, pero su silencio era elocuente. Su mirada azul zafiro se oscureció, evidenciando su profunda molestia. —Prepara todo, viajaremos a Rusia. Si ellos no saben cómo embalar la mercancía adecuadamente, tú les darás una lección. Mientras tanto, yo me reuniré con el viejo Ivanov. Algo me dice que él no está al tanto de estas negligencias. Con esa determinación, Russell dio por finalizada la conversación. Su objetivo era claro: viajar a Rusia para confrontar al hijo mayor de su socio, Alexei Ivanov, a quien consideraba el responsable de los daños en la mercancía. En su opinión, Alexei era un incompetente y una deshonra para su padre, lo que había generado una profunda rivalidad entre ambos que solo se intensificaba con el paso del tiempo. Una de las causas era que Yuri Ivanov siempre ponía al americano de ejemplo para su hijo. A veces, Russell se preguntaba cómo era el hijo que había perdido, si realmente era tan excepcional como lo describía Yuri o si era víctima de una idealización paterna. Sin embargo, algo era seguro: alguien como Yuri no podía haber criado a dos hijos inútiles. Rusia recibió a Ethan con un frío que calaba hasta los huesos. Sin embargo, a él no le importaba ese clima; al contrario, lo hacía sentir en casa. No podía explicarlo, pero llegar a Rusia era encontrar la paz que no encontraba en la bulliciosa Nueva York. — Señor Russell, el señor Ivanov nos ha enviado a buscarle y nos ha ordenado asegurarnos de que llegue sano y salvo a su casa. Ethan ni siquiera se extrañó al ver a Sergey, uno de los hombres del viejo Yuri Ivanov, esperándolo. Seguramente habían sido informados del destino de su vuelo desde el instante en que su avión privado abandonó los Estados Unidos y emprendió el vuelo directo a Rusia. Él habría hecho lo mismo en su lugar. Los hombres como ellos debían anticiparse y prepararse para todo, y la información era la clave. — Así que el viejo se ha enterado de mi llegada —dijo con una sonrisa socarrona. — El señor Yuri desea saber cuál es el motivo de su visita tan inesperada. Russell no respondió. Simplemente se desabrochó un botón del abrigo que lo protegía del frío y esperó a que Sergey le abriera la puerta de la limusina. Tras entrar en el vehículo, seguido por Bradley, su mano derecha. — He tenido problemas con dos de los últimos embarques que tu jefe me ha enviado. El lacayo asintió en silencio y se dirigió al chófer en ruso. Poco después, el coche emprendió su marcha hacia la mansión de Yuri Ivanov. Ethan tenía claro lo que ocurría: Alexei, el hijo de Yuri, era quien se encargaba de sus embarques y no le gustaba cómo se estaban realizando. El trato que tenían no era ese. Tenía que dejarle claro a Yuri que no quería a su vástago metido en nada que tuviera que ver con él. ************************ Para Vladímir, cada día era más difícil convivir con su padre y su estúpida obsesión por convertirlo en "un hombre". Si ser un hombre significaba parecerse a él en algún modo, no había nada que le hiciera querer serlo. No recordaba haber recibido jamás una palabra de apoyo o comprensión. Sin duda, cariño era pedir demasiado. Ni siquiera recibió consuelo cuando perdió a su madre un par de años atrás. Solo había recibido golpes desde entonces. En realidad, aquel día comenzó su infierno. Desamparado sin ella para protegerlo, a veces se preguntaba cuántas cosas habría vivido en manos de ese salvaje para que él se quitara la vida de la forma en que lo hizo. ¿Cuántas veces lo habría protegido su madre de saber lo que sucedía? ¿Cuántas cosas se le habían escapado de niño y su madre las había evitado para que no las viera y sufriera? ¿Cuántas veces había sido ella su escudo? Pero esta vez Alexei, porque se negaba a llamar padre a ese animal que por desgracia lo había engendrado, había hecho algo que Vladímir jamás podría perdonarle, incendiar la sala de baile en la que tantas horas pasó con su difunta madre. Poco le importó al bastardo de Alexei poner en riesgo la casa entera con tal de deshacerse de aquello que había hecho de su hijo un marica y a su vez, hacer que el único lugar seguro, de la casa para el joven desapareciera, que sus recuerdos con su querida madre se desvanecieran en medio de aquel humo n***o que parecía presagiar su futuro, tan oscuro como los restos de aquel incendio, tan borroso que era incapaz de vislumbrarlo. Aquella misma noche desapareció de la cárcel que Alexei Ivanov llamaba casa, poco le importaba ya estar allí, solo pretendía hacer y vivir su vida. En algo aquel animal tenía razón. Era hora de aprender a ser un hombre lejos de él, haciendo su propia vida, siendo libre y no, no podía esperar a cumplir los 18. Aunque solo faltaran unas semanas, debía alejarse de él en ese instante. Ese hombre era capaz de acabar con él antes de llegar a la mayoría de edad, porque su mera presencia consumía todo el aire de la estancia en la que se encontrara ahogándolo. Caminaba cubierto con una capucha por San Petersburgo. A esas alturas, ya lo estarían buscando, y él esperaba tener el tiempo suficiente como para llegar a la estación de trenes y largarse de allí antes de que alguno de los hombres de su padre lo encontrara. Había pensado en tomar un avión, pero siendo menor de edad no podía salir del país sin un permiso de un adulto a cargo y, por desgracia, ese era el mismo del que pretendía huir. Estaba tan distraído paseando que no se percató de aquel coche que casi lo atropella. El estruendoso ruido del frenado de los neumáticos lo alertó, pero no lo suficientemente rápido como para evitar el golpe que lo hizo caer. — Mierda, ¿De dónde ha salido ese?—Gruñó el chófer bajando rápidamente con la intención de cargarse al gilipollas de turno que se les había cruzado por delante, si no es que lo había hecho ya. Sin duda ese sería un mejor final para el pobre desgraciado. — Pero mira por dónde vas Imbécil — tragó saliva al darse cuenta de quién era — ¿Señorito Vladímir?

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