—¿Dónde estuviste? ¿Por qué no volviste al dormitorio ayer? Estaba preocupada por ti, tuve que llamar a tu mamá —me dice mi amiga, cuyos ojos reflejan una mezcla de preocupación y molestia mientras frunce el ceño.
—Ya no me digas nada, tengo mucha jaqueca, me duele la cabeza —murmuro mientras dejo caer mi bolsa y llaves en la entrada, sintiendo el peso del día sobre mis hombros.
—Estaba preocupada, ¿dónde pasaste la noche? —pregunta ella, su tono de voz denotando un atisbo de ansiedad mientras se sienta a mi lado, buscando respuestas en mi rostro.
—Con alguien desconocido, aunque no es un completo extraño, él me salvó de Henry —respondo, dejando escapar un suspiro al recordar el rostro sereno del joven que intervino en mi rescate.
—¿Así? ¿Cómo se llama? —indaga ella, con su teléfono en mano, lista para iniciar una investigación en línea, y yo simplemente encogiéndome de hombros en señal de ignorancia.
—La verdad no lo sé, no me lo dijo, pero es amable y guapo —digo con un gesto de desdén, intentando restarle importancia a la situación.
—¿Pasaste la noche con un desconocido? ¿Tú y él no...? —pregunta ella con un dejo de preocupación en su voz, sus ojos abriéndose un poco más mientras espera una respuesta que pueda calmar sus temores. —No tengo nada en contra de hacerlo con un desconocido, pero...
—Por favor, aún soy virgen, no pasó nada. Solo dormimos —trato de tranquilizarla, pero puedo percibir la incredulidad en su expresión.
—¿Solo dormir? —su tono denota su escepticismo, y yo solo puedo asentir en silencio, sintiendo el peso de la conversación sobre mis hombros.
—No me hagas más preguntas, dormiré un rato, tengo que estar en casa a las 2 —le digo mientras me estiro en la cama, mi cuerpo anhelando un breve escape en el mundo de los sueños.
Despierto a las 12 del mediodía, la sensación de urgencia me golpea al darme cuenta de lo tarde que es. Veo a Morgan absorta en su teléfono y la regaño por no haberme despertado antes. Me levanto de un salto y corro a la regadera, apenas dándole tiempo para responder, antes de comenzar a empacar con premura.
Mi sorpresa llega al ver a Henry parado en la entrada de mi habitación.
—¿Podemos hablar? —me pregunta con cautela.
—Ella no quiere hablar contigo, idiota —interviene Morgan, empujándolo hacia afuera con un gesto de desdén.
—Alto, Morgan, hablaré con él —le digo con firmeza, sintiendo un nudo en la garganta ante la perspectiva de enfrentarme a Henry nuevamente.
—¡Eres estúpida! Intentó propasarse —me dice Morgan, su tono lleno de indignación y preocupación.
—Pero estaba borracho, está tratando de disculparse —le explico, buscando su comprensión. Morgan deja de empujarlo, pero su semblante sigue mostrando su desaprobación mientras abandona la habitación murmurando entre dientes.
—Te dije que me dieras tiempo, ¿por qué no puedes respetar lo que te pido? Estoy realmente molesta contigo —le reprocho a Henry, sintiendo cómo mis puños se aprietan con frustración.
—Perdóname, quedé en darte tu tiempo, pero estaba borracho, no sabía lo que hacía. Por favor, no rompas conmigo, fue un error y no volverá a pasar —se disculpa sinceramente, y aunque mi corazón se ablanda ante su arrepentimiento, sé que las cosas no pueden seguir igual.
—Está bien, Henry, solo no quiero que se repita. Y ahora, gracias a esto, me doy cuenta de que más que nunca no estoy lista para entregar algo tan valioso —le digo con un suspiro resignado, perdonándolo rápidamente mientras luchaba contra las dudas que se agolpaban en mi mente.
—Si, princesa, no volverá a pasar —me abraza con ternura, y su gesto me reconforta en cierta medida.
—Más te vale —le advierto con un tono firme pero cariñoso, recordándole que mi confianza no se debe dar por sentada.
—¿A qué hora es la fiesta de tu papá? —me pregunta Henry con una nota de esperanza en su voz, pero yo simplemente señalo mis maletas a medio terminar, recordándole las prioridades del momento.
—Empieza a las 4, pero tengo que irme —le informo, consciente de que el tiempo apremia y aún tengo mucho por hacer antes de partir.
—Yo te llevo —me ofrece, y aunque su gesto es amable, sé que aún hay mucho por resolver entre nosotros.
—Está bien, solo terminaré de empacar, ¿me ayudarás? —le pido, agradecida por su disposición mientras nos adentramos juntos en la tarea de cerrar este capítulo de nuestras vidas.
Me despido de mis compañeros en el campo con un nudo en la garganta, sintiendo la nostalgia de los últimos cuatro años que pasé aquí, llenos de desafíos, risas y amistades que nunca olvidaré.
—¿Estás bien, amor? —me pregunta Henry con una nota de preocupación en su voz mientras me mira con atención, y yo simplemente asiento, incapaz de expresar la tormenta de emociones que agita mi corazón en este momento de transición y cambio.
—¿Qué te pasó? —le pregunté al notar un golpe en su rostro. Sus ojos mostraban una mezcla de dolor y frustración, mientras su mejilla todavía exhibía el rastro del impacto.
—Anoche un idiota me golpeó y ni siquiera le hice nada —dijo, su tono lleno de molestia, como si aún estuviera procesando lo sucedido.
No quise preguntar nada más; no estaba de ánimos para entablar una conversación con él. Llegamos a casa de papá, una imponente estructura de ladrillos rojos y ventanas adornadas con enredaderas que bailaban con la brisa.
—¡Bienvenida a casa, señorita Mills! —me saludó mi nana Rosita, con su cálido acento latino y una sonrisa que iluminaba su rostro arrugado.
—Gracias, Rosita. ¿Están mamá y papá adentro? —Pregunté mientras atravesábamos el umbral de la entrada, donde el olor familiar a comida casera llenaba el aire.
—Esta casa es enorme —pronunció Henry, su mirada vagando por los techos altos y los muebles elegantes que llenaban el recibidor.
—Lo sé, esta casa asombra a todos. Papá la diseñó hace años. Vamos, debes presentarte al resto de la familia —le dije, guiándolo por los pasillos ornamentados y las escaleras de mármol pulido.
—Hija, al fin estás aquí —dijo mi madre, su voz rebosante de alegría mientras me abrazaba con fuerza, envolviéndome en el aroma reconfortante de su perfume familiar.
Corrí a saludar a mi mamá, quien me dio un abrazo muy fuerte. Luego dirigí mi vista al hombre más hermoso del mundo, mi padre, quien me abrazó.
—Feliz cumpleaños, papi —le dije con una radiante sonrisa. Los abrazos de mis dos padres Cristian y Ray son los mejores, aunque no se comparan con los de mi madre.
—Papá, te presento a Henry, mi novio. —Mi papá se puso en pie y observó a Henry de arriba abajo, evaluándolo con ojos críticos que parecían leer más allá de su apariencia física.
—¿Henry, sabes correr rápido? —le preguntó, su voz grave resonando en el silencio del salón, mientras su mirada penetrante parecía buscar cualquier indicio de debilidad en el joven frente a él.
—Porque si te atreves a lastimar a mi hija, necesitarás correr muy rápido para salir con vida —dijo él, su tono serio dejando claro que no estaba bromeando. Observé a Henry, notando cómo su postura se volvía un poco más rígida, como si estuviera tratando de mantener la compostura frente a la intimidante presencia de mi padre.
—Sí, sí, señor, entiendo. Seré bueno con ella —dijo Henry, su voz un poco más tensa de lo habitual, mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas para calmar los temores de mi padre.
—Bueno, mi nombre es Cristian —dijo mi padre, extendiendo la mano para saludar a Henry con un gesto formal pero amigable, como si estuviera dispuesto a darle una oportunidad, aunque aún mantenía cierta reserva.
—Padre, por favor, deja de atemorizar a mi novio —le dije, tratando de aligerar la atmósfera tensa que se había formado entre los dos hombres.
—El que nada debe, nada teme, mi amor —dijo papá, su tono suavizándose mientras dirigía una mirada afectuosa hacia mí antes de volver a enfocarse en Henry. —¿Te quedas para la fiesta, muchacho?
—Sí, señor. Usted es el arquitecto por el cual decidí estudiar arquitectura. Estoy muy feliz de conocerlo. Espero algún día poder llegar a ser tan exitoso como usted. Es mi inspiración.
Las palabras de Henry fueron sinceras, su admiración por mi padre evidente en cada palabra que pronunciaba. Sentí un destello de orgullo al verlo expresar su gratitud de esa manera, aunque también me pregunté cómo reaccionaría mi padre ante semejante adulación.
—Adulador, el niño. ¿Henry, qué edad tienes? —dijo mi padre con indiferencia, aunque su tono sugería que estaba intrigado por conocer más sobre el joven que había conquistado el corazón de su hija.
—25 —respondió él, manteniendo la compostura a pesar de la mirada escrutadora de mi padre.
—¿No perdiste uno o dos años? ¿Por qué estás con mi hija? Disculpa, pero la mayoría de las personas se gradúan a los 22, como mucho a los 23. Yo me gradué a los 22, pero tú tienes 25. No pareces estar tan apasionado por la arquitectura, y cuando me ves, lo primero que haces es orinar sobre mis zapatos. Conozco gente como tú y no me agradas para mi hija, pero bueno, ella sabe lo que hace.
Las palabras de mi padre fueron directas, su tono firme pero no exento de una cierta dosis de preocupación paternal.
Mientras lo escuchaba hablar, me di cuenta de que estaba tratando de protegerme, aunque su enfoque poco convencional podía resultar intimidante para aquellos que no estaban acostumbrados a su franqueza.